Javier Fernández agradece el rescate de la memoria en Arnao, el campo de concentración olvidado en el que estuvo parte de su familia
"No hay que moralizar la historia", afirma el expresidente del Principado en la presentación del libro que documenta la prisión de la posguerra, obra de Fernando García

Por la izquierda, Fernando García, Eduardo Lagar y Javier Fernández. / Fernando Rodríguez
En 1977, mientras España pasaba la página de la dictadura, Manuel Fernández Montes solicitó un certificado de internamiento que documentase los 303 días que pasó, entre 1940 y 1941, en el campo de concentración de Arnao, en Figueras (Castropol). Miles de familiares de huidos republicanos, a los que se quería presionar para que se entregasen, fueron confinados allí desde la Guerra Civil hasta 1943, pero cuando preguntó, a Manuel le dijeron que el campo de Arnao no había existido, no al menos a efectos administrativos, o militares o gubernativos… "En aquel tiempo en el que España cambiaba y quería dejar de ser un país atrasado, autoritario y dictatorial para hacerse cosmopolita, abierto y democrático, el campo de Figueras se desvaneció".
Este relato es del hijo de Manuel, Javier Fernández Fernández, expresidente del Principado, que ayer volvió por un momento a las alambradas y los barracones durante la presentación, en el Club LA NUEVA ESPAÑA, de la segunda edición, revisada y ampliada, de "Memoria de Arnao. Campo de concentración de Figueras", el fruto de diez años de investigación del maestro jubilado e historiador Fernando García Rodríguez y el libro que ha devuelto la memoria a la historia olvidada de Arnao.
El autor y el expresidente reflexionaron sobre la obra y la memoria en un diálogo con Eduardo Lagar, redactor jefe de LA NUEVA ESPAÑA, en el que Javier Fernández contó algunos retazos de su historia personal en Arnao, donde estuvieron en aquella durísima primera posguerra, además de su padre, sus abuelos paternos y dos tías que estaban casadas con dos guerrilleros: Laura, esposa de Arístides Llaneza, y Celia, de Ursino Argüelles. Gracias a la investigación de Fernando García, eso dijo Fernández, de pronto "volvió a existir" aquello que había desaparecido y estaba "recluido en el territorio de la memoria de una generación que no lo conoció. Fernando rescató el campo de Figueras del campo de la memoria" y cuando el historiador le visitó en 2017, en su despacho de presidente del Principado, y le informó de su proyecto "fue como si el campo volviera a aparecer delante de mí, como si fuera una realidad casi física, con las alambradas, los barracones, los militares que lo vigilaban y los hombres y mujeres que estaban allí".
El investigador ha documentado la existencia de 2.300 prisioneros con nombres, apellidos y periodo de estancia, aunque "sólo de un tercio conocemos también su lugar de procedencia" y el motivo por el que el régimen los había catalogado como "presos gubernativos". El eufemismo escondía en realidad su oscura condición de "rehenes" para tratar de forzar la entrega de sus familiares "fugados".

Público asistente al acto. / Fernando Rodríguez
"El libro ofrece precisiones que no me podía imaginar", dijo Fernández, "reconfortado" por el hallazgo de datos desconocidos –el certificado y la fecha de la muerte de Teresa Valles, "una tía de mi suegra de la que se hablaba en mi familia y que murió allí"–, pero también por el espíritu y el valor de una obra en la que Fernando García "no valora, no dice lo que está bien o mal. Pone a nuestra disposición el resultado de una investigación basada en los archivos donde el pasado se conserva tal y como fue. Es un libro de historia, sí, pero la historia no hay que moralizarla ni judicializarla, ni enfrentar dos memorias que compitan entre sí".
El expresidente del Principado regresa de algún modo así, a través del libro, al lugar al que sus familiares nunca quisieron volver, al espacio "remoto y casi fantasmal que formaba parte de un relato familiar lleno de miedos, ausencias y silencios". Revivió el frío que le contaban que pasaban, la carretera en la que les obligaban a trabajar, "el pelo cortado al cero de mi tía Laura" o los padecimientos que la posguerra ya había normalizado. Las víctimas "no eran gente muy marcada políticamente y sin embargo tuvieron que sufrir toda aquella fuerza represiva".
Por eso conviene esta manera de rescatarlas del olvido. Porque si existe una "memoria colectiva", y se entiende como el recuerdo que "una sociedad construye y preserva sobre lo ocurrido en ella, lo mejor es que lo construya a partir de documentos, de hechos, de la realidad burocrática y administrativa documentada".
El libro de Fernando García documenta al menos diecinueve niños menores de 15 años en el campo de Arnao, pero ha comprobado que el gran drama no estaba allí, sino fuera, en "la destrucción que generó" en aquellas familias rotas, con "los hombres fuera de control y las mujeres y los niños en un campo de concentración… Hubo familias que nunca más volvieron a ser familias".
"El conocimiento es la base de la convivencia", concluye el autor. "Conocer el pasado bien, con documentos, es la mejor manera de que termine de pasar", subraya el exdirigente socialista, y los dos convienen que aquella España no es esta ni hay paralelismo que las equipare. "En España hay una historia, pero dos memorias, y eso genera un conflicto", remata Fernández, el político al que su madre le decía, por el puro miedo heredado de aquella posguerra, "que no me metiera en política". El campo, por cierto, "no tuvo los efectos disuasorios" que perseguía. Se clausuró en 1943, "y mis tíos partieron desde Luanco hacia Francia en el 48".
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