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Francisco G. Redondo: "Torres Quevedo avanzó la IA en 1903"

"El ingeniero cántabro diseñó el primer robot de la historia y el teleférico del Niágara", explica el profesor de Historia de la Ciencia de la Complutense

De izquierda a derecha, Francisco González Redondo y César Luis González, el viernes, en el Club LA NUEVA ESPAÑA.

De izquierda a derecha, Francisco González Redondo y César Luis González, el viernes, en el Club LA NUEVA ESPAÑA. / Irma Collín

María José Iglesias

María José Iglesias

Oviedo

¿Puede pensar una máquina? La pregunta fue el eje de la conferencia impartida por Francisco González Redondo, profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad Complutense de Madrid, presentado por el profesor César Luis Alonso González, en un acto organizado por Tribuna Ciudadana, que recorrió la figura visionaria del ingeniero de Caminos, matemático e inventor, Leonardo Torres Quevedo (Santa Cruz de Iguña, Cantabria 1852; Madrid, 1936), y su papel en los orígenes de la inteligencia artificial.

Torres Quevedo, que ideó el primer teleférico del mundo en el monte Ulía de San Sebastián y posteriormente en el Niágara, fue el padre conceptual de la Inteligencia Artificial en 1903. "Frente a otros ingenieros que construían máquinas para resolver problemas concretos sin ser plenamente conscientes del alcance teórico de sus avances, Torres Quevedo comprendió que estaba inaugurando una nueva ciencia: la automática", señaló el conferenciante. En la primavera de 1914 presentó un tratado teórico y su demostración práctica: un autómata capaz de jugar al ajedrez. Aquel artefacto —considerado por muchos el primer robot de la historia— no solo ejecutaba movimientos legales; ganaba la partida y, si el adversario hacía trampa, se detenía, como si "se enfadara", tal como relató el profesor González Redondo. Décadas antes de que la cibernética se consolidara como disciplina —término popularizado en 1948 por Norbert Wiener—, Torres Quevedo ya había mostrado que una máquina podía tomar decisiones dentro de un sistema de reglas.

En 1956, figuras como Ángel González del Valle debatían en España sobre la capacidad de pensar de las máquinas cuestiones, cuando en realidad, tal como explicó el ponente, la teoría de conmutación, la "switching theory", ya había sido formulada por Torres Quevedo décadas antes. "El ingeniero español anticipó que, mediante cientos de miles de conmutadores y un adecuado entrenamiento, una máquina podría ofrecer respuestas almacenadas y dar la impresión de comunicarse con humanos", aseguró. El ajedrez fue solo una pieza de un universo mucho mayor. Torres Quevedo desarrolló el telekino, sistema pionero de control remoto con el que llegó a teledirigir vehículos y embarcaciones entre 1904 y 1909, e incluso un coche eléctrico en 1905. Patentó dirigibles y sentó bases fundamentales para la navegación aérea y el control automático. Su propósito era claro: sustituir no solo el esfuerzo físico, sino también el trabajo cognitivo del ser humano.

En 1913 construyó su máquina de multiplicar; en congresos internacionales, como el de París en 1920, presentó dispositivos analíticos que hoy llamaríamos computadoras. En Argentina dio a conocer diseños de máquinas capaces de reemplazar tareas obreras mediante procesos automáticos. El autómata, afirmó González Redondo citando al propio Torres, "procede en todo como un ser inteligente cuando debe elegir un camino. Esa capacidad de decisión, inscrita en un mecanismo, es el germen de la inteligencia artificial", concluyó.

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