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Agradecimiento formal a los estetas

Si entendemos el arte como un fenómeno biológico o una necesidad terrestre y primitiva, es lógico pensar que el proceso creativo humano es similar al renacimiento primaveral. En temporada de duende —¡verde, verde!— el artista expulsa del cuerpo la materialización de su deseo, de su compulsión, de su año de descanso y relajación. Ese residuo es miel humana, pero siendo sincera, gore, desagradable y un pelín incómoda —hay días en los que no soy más que eso, disculpen— el artista tiene algo de perra de criadero, poniendo las tripas y el ser en engendrar corazón y mente para el disfrute ajeno. Que nuestro arte sea (o no) un digno ejemplar bien poco debería importarnos. Fue nuestro, fuimos con él —juntos y solos— en las tripas, aunque el artista tenga también algo de eugenista. Pero debemos olvidar la intimidad del proceso y entender que, por mucho que nos toque la narices, la sangre de nuestra sangre es producto y habrá gente que te lo compre (o no) según su pedigrí y su calidad anatómica —del estatus que le dé consumir tu arte, artista— y solo podemos rezar para que nuestro ambiguo retoño caiga en manos de un verdadero mecenas, alguien con una dimensión maternal vibrante que entienda que el arte es inseparable de su dimensión errada y vulnerable. Un sibarita que recuerde que el arte consumido fue puesto en el mundo para todos y que, si así lo desea, es suyo hasta olvidarlo o distraerse con otras cosas, como las moras salvajes. Allí, donde la expresión se disecciona asépticamente hasta matarla, o aquí, en la cabeza que la observa en su elemento, que germina el arte/simiente en otras cosas, en frutos íntimos que el artista no puede (ni debe) manipular.

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