La peregrinación de Guillermo Manier

La peregrinación de Guillermo Manier
El paso del Camino de Santiago por las Cuencas es un aspecto de nuestra historia que apenas se ha abordado, salvo por la iniciativa individual. Sólo alguna monografía sobre aspectos parciales, iniciativas de crear asociaciones locales con mejor voluntad que resultados y poco más. Eso sí, hace unos años se colocaron en las esquinas más insospechadas y sin ningún rigor unos azulejos con la venera de los peregrinos que supuestamente señalizaban el antiguo trayecto e incluso se clavaron en el suelo con el mismo fin unas conchas de metal que, después de ocasionar varios esguinces y traspiés de la sufrida ciudadanía, acabaron retirándose. Sin embargo, el asunto da para mucho y hoy, para abrir boca, vamos a ver un pequeño ejemplo.
Guillermo Manier fue un sastre, oriundo de La Picardie, una región del norte de Francia, que en 1726 decidió peregrinar a Santiago de Compostela, como lo hacían muchos de sus compatriotas. La originalidad de su periplo estuvo en el viaje de vuelta, que al contrario de lo que era habitual, realizó por el Camino de la Costa. Una vez en su casa, el galo tuvo la buena idea de escribir los recuerdos de su aventura española, pero tardó diez años en ponerse a ello por lo que muchos detalles ya se los había comido el olvido y el único recuerdo de pueblos que había visto de pasada y de muchas situaciones que no pasaban de ser anécdotas de una tarde eran las notas apresuradas que había ido tomando en su ruta. El capítulo más interesante de sus memorias es aquel en el que narra la historia de las reliquias depositadas en la Cámara Santa de la iglesia de San Salvador de Oviedo preocupándose además de relacionarlas todas. No sé si lo saben, pero además de una plétora de huesecillos pertenecientes a los santos más diversos, ustedes pueden orar en Oviedo ante recuerdos tan venerables como una sandalia de San Pedro, leche de la Santa Virgen, cabellos de la Magdalena, una ramita de la palma de olivo con la que Jesús entró en Jerusalén o un pedazo del pez asado que comió después de resucitar.
Parece ser que el francés hizo amistades y pequeños negocios en la capital. Allí conoció a otros peregrinos y compró algunos libros y piedras de cruz: «seis o siete docenas», escribe, «por cinco o seis cuartos, cada uno de los cuales vale dos ochavos de Francia». Para su conocimiento, las piedras de Cruz son en realidad quiastolitas, unos minerales que se encuentran en el occidente de Asturias y que tienen la particularidad de que al romperse presentan una cruz de diferente color en su centro como resultado de un tipo de mineralización de la pizarra. Seguramente las han visto, se conocen también con otros nombres: piedras de Santiago, de la culebra, de la suerte e incluso últimamente se venden en los mercados medievales que proliferan por Asturias llamándolas piedras celtas. El caso es que en otra época fueron consideradas piedras milagrosas y eficaces contra toda clase de enfermedades y asechanzas del maligno y gozaron de tanta fama que algunos peregrinos se desviaban de su ruta únicamente para hacerse con ellas, pero el bueno de Manier no supo cuidarlas. Según nos cuenta, después de comer y cenar en el convento de San Francisco de Oviedo se encaminó hacía el Sur con los dos cuartos que el Obispo daba a cada peregrino: «Saliendo de esta ciudad hemos ido a Olunguet (Olloniego). En Olunguet pasa una barca, donde hemos encontrado, en la montaña, a dos peregrinos vecinos nuestrosÉ lo que nos alegró a unos y otros. Pero no podíamos mostrar la alegría que teníamos unos y otros, porque uno iba y el otro volvía».
El francés se preocupa en aclarar que allí no había taberna ni pueblo y no dice nada del hospital de peregrinos, que sí sabemos que existía y en el que seguramente hizo su parada, pero cuenta «En ese encuentro perdí dos o tres docenas de mis piedras de Cruz», lo que nos da a entender que tal vez se puso más contento de lo que es conveniente para que las cosas sigan en su sitio; por otra parte, ya he contado más arriba que el texto se escribió una década después de que los hechos sucedieran, así que no se extrañen de que los nombres se parezcan poco a la realidad, yo les pongo entre paréntesis su correspondencia: «Fuimos a Robilia (La Rebollada), a Mire (Mieres), donde dormimos. Los alrededores de este país no son sino montañas y lugares impracticables para los carros. No pueden ir más que coches de dos por pequeños senderos que siguen la pendiente de las montañas, todos pedregosos, con rocas en los fondos, donde entre dos de esas montañas hay como precipicios». Teniendo en cuenta que se refiere a 1726, debemos suponer que su alojamiento en la villa del Caudal fue otro hospital, el de Santa Catalina, fundado alrededor de 1564 y que desde 1688 se emplazaba en la Paraxuela. Alberto Montero Prieto ha encontrado una referencia documental sobre este lugar con la anotación del fallecimiento en sus pobres instalaciones de otro francés de nombre Louis Cochais precisamente dos años después del paso de Guillermo Manier, lo que demuestra que la ruta jacobea por el territorio de la Montaña Central era bastante habitual para los peregrinos galos. Seguimos.
«El 19 a Ouches (Ujo), donde subimos una montaña hermosa rodeada de bosque, desde allí a la Pola, a Lona de La Poste (Pola de Lena), a Vesgalciet (Vega del Ciego), a Ambromannee (Campomanes), a La Frecha, a Veguellina, a Larmie (La Romía), a Paysajes (Pajares), donde dormimos en el hospital, en buenas camas. Hay allí una montaña donde hace frío todo el año, llamada el monte Estudes. El 20 fuimos a Santa María de ArbásÉ»
Efectivamente, en Pajares funcionaba por aquellas fechas el Hospital de San Miguel, que aunque no tenía capilla contaba con cocina, establo, pajar y, a lo que parece, unos aposentos dignos para los peregrinos, y también Arbas, donde los estatutos disponían la obligación de acoger a los viajeros dándoles por lo menos pan y vino. En este sentido, a Jovellanos no le parecía bien esta norma ya que juzgaba que las limosnas y el buen trato podían atraer a los holgazanes y vagabundos. Prácticamente, a partir de Ujo, Manier va citando todos los puntos que contaban con alguna instalación para atender el Camino: en la Pola estaba el pequeño Hospital de Ntra. Sra. de la Alberguería, con capilla y sólo dos habitaciones; en Vega del Ciego, el de Nuestra Señora de las Nieves; en Campomanes, el de Nuestra Señora de la Concepción, abierto en el primer tercio del siglo XVII y del que aún se conserva la capilla, aunque bajo la advocación del Santo Cristo; en La Frecha, el de San Andrés, fundado en las mismas fechas que el de Campomanes, y en Puente los Fierros, el de San Bartolomé. Sólo falta el de Villallana, que además era el más importante y que, según Alberto Montero, ya funcionaba en 1619.
A estos establecimientos acudían los peregrinos que debían acreditarse con documentos que certificasen que estaban haciendo el viaje por motivos religiosos y no por simple vagabundeo. Manier presentó para gozar de los beneficios de Mieres y Pajares un billete firmado por un sacerdote de Santiago dando fe de que había confesado en aquella ciudad y un certificado en latín de «viaje y comunión», obtenido tras recibir la eucaristía en la capilla de San Luis de los Franceses de la catedral compostelana, atestiguando que había hecho la peregrinación «devotionis affectu vel voti causa», es decir, por motivos religiosos. Un justificante parecido llamado la «Compostela» se otorga todavía a quienes lo solicitan después de haber recorrido como mínimo 100 kilómetros en su ruta jacobea. Los hospitales del Caudal no eran lujosos y en ellos debían convivir, a menudo, peregrinos y enfermos, pero contaban con lo suficiente para reponer fuerzas. Por ejemplo, el de Puente los Fierros disponía en 1750 de 6 lechos, pero sólo tenía un colchón de lana y un jergón, así que a los viajeros se les daba un fardo de paja para que con ella compusieran su cama. Ésta era la norma habitual en los otros albergues, donde se proporcionaba también bebida, comida y fuego y leña cuando la estación del año lo hacía necesario. También, por supuesto, asistencia religiosa y médica si se precisaba, y luego otra vez al camino. ¿No les parece que esta historia debe contarse?
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