Historias heterodoxas
La poza de Sócrates

La poza de Sócrates
Seguro que saben bien quién fue Sócrates Quintana, también conocerán su faceta artística y a lo mejor hasta recuerdan que en Mieres se conserva gran parte de su obra, repartida en colecciones particulares y, sobre todo, en un lote de 23 grabados y varios óleos y acuarelas que él mismo donó al Ayuntamiento en 1972 y que -por esas cosas que pasan y a las que ya estamos habituados desde siempre- después del momento de euforia inicial y agradecimiento se arrinconaron en un oscuro y húmedo almacén municipal, de manera que cuando se quisieron exponer, dos décadas más tarde, con motivo del centenario del nacimiento del pintor, hubo que restaurarlas.
Por cierto, quien se encargó de aquella labor fue Inocencio Urbina, digno heredero del título de «pintor de Mieres» por el que Sócrates fue conocido popularmente hasta su muerte.
Pues bien, nuestro hombre vino al mundo en la villa del Caudal el 18 de diciembre de 1891, cuando su madre Aurora sólo contaba 17 años, ocho menos que Samuel, su padre, un hombre que tenía querencia por los filósofos griegos y no dudó en bautizar a otro de sus hijos, también nacido en Mieres, con el nombre de Diógenes, aquel que elevó el cinismo a la categoría de escuela de pensamiento. Desde su infancia vivió en Madrid, allí estudió en la Escuela de Artes y Oficios y en el Círculo de Bellas Artes y a lo largo de su existencia obtuvo un sinnúmero de premios y galardones relacionados con esta actividad. Pero hoy, aunque no lo parezca por las líneas que llevan leídas, no voy a contarles nada más sobre la habilidad y el gusto para la composición pictórica que tenía Sócrates.
Eso pueden leerlo en cualquier enciclopedia y supongo que verlo de cerca cuando se inaugure el Museo de la Tonada, porque allí no puede faltar el fantástico cartel encargado para el homenaje a Juanín de Mieres en mayo de 1957, que se trabajó en tonos rojos y negros a partir de un boceto realizado en directo sobre una actuación del «Almirante de la canción asturiana». Quienes vieron cantar a Juanín en aquellos años y comparan su recuerdo con la pose del cartel, afirman que es imposible expresar más cosas con un dibujo tan sencillo.
En fin, a lo que iba. Vamos a cambiar de escenario y dejar por un momento nuestra montaña central para ir hasta la Sierra madrileña, concretamente a un kilómetro al sur del puerto de Cotos, junto al refugio del Pingarón, donde el arroyo de las Guarramillas forma con una pequeña cascada una pequeña poza que los montañeros conocen como la Poza de Sócrates. Lo lógico es pensar que el lugar se llama así en honor del sabio griego y, de hecho, si ustedes preguntan a los visitantes que se acercan hasta el paradisiaco enclave, todos le contestarán que no hay nada más que ver la soledad del sitio, con el rumor constante de las aguas que caen desde las rocas y el gran tejo que ofrece su sombra para el descanso tras la caminata, para explicar la vinculación con el filósofo. Y, sin embargo, no es así.
En realidad, la Poza recuerda con su nombre a nuestro Sócrates Quintana, quien fue fundador del Club Alpino Español y uno de los pioneros del deporte de montaña en este país. Él descubrió muchas de las sendas de las que todavía disfrutan los aficionados y tuvo bajo su cargo el albergue que aquella sociedad abrió en el mencionado puerto de Cotos.
En su intento por mejorar las instalaciones -les estoy hablando del año 1914- tuvo la idea de reformar el remanso que formaba la Naturaleza aumentando su capacidad con un oportuno murete de piedra formando así una pequeña piscina para el solaz de los montañeros. Pueden suponer también que, años más tarde, cuando se empezó a mirar por las cosas de la ecología con una visión más moderna, la pequeña obra fue retirada y las aguas volvieron a su cauce natural. Pero, con todo, el Club Alpino nunca olvidó las buenas intenciones de su pionero y en 1983 sus miembros colocaron allí una placa en honor del mierense. También es normal que se imaginen, y estarán en lo cierto, que dado lo solitario del lugar, la placa pasó pronto a mejor vida para divertir a esos gamberros que nunca faltan a la cita con su propia tontería.
En efecto, Sócrates destacó en las primeras décadas del siglo XX como montañero en todas sus variantes, desde la caminata al alpinismo, pero no fue esta su única actividad deportiva. Sorpréndase al saber que en abril de aquel mismo 1914, cuando se celebraron en la capital los llamados «Juegos Olímpicos Madrileños», el dinámico artista batió todos los récords absolutos al aire libre en las diferentes modalidades de vallas, y no sólo eso: interesado en los nuevos deportes que estaban asomando por las fronteras europeas, fue también buen gimnasta y campeón de lanzamiento de disco, salto de altura y pértiga. Ahora esto sería imposible, pero eran otros tiempos y otras gentes capaces de todo, hasta de seguir su lista de éxitos con triunfos en el ciclismo y la esgrima?
No me resisto a contar en este punto lo que Sócrates Quintana respondía en una entrevista para «Comarca» en el mes de julio de 1967 cuando él ya tenía 76 años y sorprendía a sus amistades de infancia conduciendo de una tirada desde Madrid hasta aquí su propio Seat 600, algo que en aquella época ya era reseñable por sí mismo. Pues bien, se le preguntaba por sus métodos de entrenamiento en la juventud y su respuesta era ésta: «Nunca tuve entrenador ni cosa parecida. Por ejemplo, en salto de pértiga, me inspiré y aficioné nuestros guirrios, de verlos aquí en Mieres saltar con la garrocha», ¿Lo quieren más auténtico?
Y aún no he terminado, vamos ahora al fútbol: Sócrates, viviendo en la villa del oso y el madroño, adonde lo llevaron al cumplir los 9 años, nunca perdió la vinculación con la cuenca del Caudal e incluso la aumentó al final de su vida. Aquí pasó los veranos de niñez y adolescencia y su inquietud deportiva lo movió a integrarse en una de las primeras escuadras de la Gimnástica de Oñón, a pesar de que él era del barrio de La Villa; en aquellos encuentros de patatal se descubrió su valía y al volver a casa pasó nada menos que al Atlético de Madrid.
Con ellos estuvo varias temporadas y jugó la final del Campeonato de España en 1914 contra el Español. Luego, cuando los grandes clubes empezaron a hacerse profesionales, tuvo que elegir entre el pincel y el balón, y se quedó con lo primero, aunque siguió ligado a los estadios como árbitro, llegando a pitar en 1920 varios partidos del Real Madrid.
Al año siguiente, una beca de la Junta de Ampliación y Estudios e Investigaciones Científicas del Ministerio de Instrucción Pública lo llevó a perfeccionarse en el dibujo artístico aplicado a las industrias del libro y el cartel en diferentes instituciones de Inglaterra, Alemania, Francia y otros países europeos, obteniendo varios premios a su regreso. Con ello su vocación ya no tuvo marcha atrás, aunque el arte tampoco dio nunca lo suficiente para mantener la economía familiar y tras su matrimonio con María Rosa Castilla Polo tuvo que trabajar para el Ministerio de Hacienda, como administrativo en la Casa de la Moneda.
Lo curioso es que en las historias que se vienen publicando sobre el atletismo español Sócrates Quintana, como es lógico, no deja de aparecer, pero nunca en su condición de asturiano. Cuando compitió en Madrid lo hizo dentro de la Federación Castellana y así se le considera generalmente madrileño, aunque los expertos en pértiga no dudan en incluirlo -no sé con qué criterio- entre los pioneros vascos como José Luis Elósegui, Julio Barrena y Juan B. Reice, aunque la palma del disparate se la lleva el propio Atlético de Madrid, que en algunas de sus publicaciones, al citarlo en la plantilla del club, lo hacen separando nombre y apellido y convirtiendo así al mierense en dos personas. Vean, por ejemplo, la alineación oficial del año 1918: Carcer, Goyarrola, Nevada, Garrido, Sáez, Iturbe, Sócrates, Quintana, Patarrieta, Fajardo, Yáñez, Arzadún y Madariaga.
Aunque no me extraña que considerando todos los campos que tocó en su existencia haya quien piense que es imposible que un solo hombre haya podido ser colaborador y amigo de José Ortega y Gasset en su «Revista de Occidente», presidente de la Unión de Dibujantes Españoles, pintor, grabador, cartelista, ciclista, futbolista montañero y atleta de éxito, además de funcionario, y cien cosas más. Por haber vivido plenamente y ser siempre amigo de tus amigos, aquí va hoy un pequeño homenaje a tu memoria, Sócrates.
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