El profeta del hormigón

El profeta del hormigón
La necesidad de salvar el cauce del río Caudal para unir las dos orillas del valle de Mieres hizo que a lo largo de la historia se tendiesen varios puentes, de todas clases, estilos y materiales por diferentes puntos. Sin duda, el más famoso fue el puente de «la perra», llamado así, como ustedes saben, porque ésta era la tasa establecida para su utilización. Aunque en realidad el puente no fue siempre el mismo, ya que, a medida que la necesidad lo hizo preciso, fue mejorando su estructura para cumplir mejor su servicio.
El más antiguo de los que se colocaron en este lugar se debió a la iniciativa de los industriales de la villa en 1874, cuando se dieron cuenta de que su empecinamiento en obligar a las vías del flamante ferrocarril a discurrir por el otro lado del río para dejar libre la vega había traído como consecuencia la necesidad de establecer aquella comunicación para la buena marcha del comercio. Dos años más tarde ya fue el Ayuntamiento quien asumió la construcción de otro de más envergadura, aunque seguía siendo de madera. Por fin, en 1909, se abrió al tránsito de personas y mercancías, uno de los primeros puentes que se construyeron en España con hormigón. Vamos a saber algo sobre quién lo diseñó.
El hormigón ya se empleaba en el Imperio Romano, e incluso antes si hacemos caso de los arqueólogos que remontan una técnica parecida nada menos que 5.000 años atrás, cuando en el norte de Chile usaban algo parecido utilizando como conglomerante algas calcinadas mezcladas con agua de mar para fabricar las paredes de las chozas. Lógicamente, el hormigón armado es otra cosa, más eficaz y mucho más fuerte al reforzar con barras o mallas de acero y ahora también con fibras plásticas, de vidrio, de acero o diferentes combinaciones según las características de la obra. Lo patentó el constructor William Wilkinson en 1854 y luego se popularizó por Europa justo con el inicio del siglo XX.
En España los pioneros en trabajar con él fueron el catalán Francesc Macià y el ingeniero de caminos José Eugenio Ribera, nacido en 1864, viajero impenitente y autor de numerosas obras concluidas con este material. Pues bien, a finales del siglo XIX nuestro hombre ya se encontraba en Asturias trabajando sin parar, tanto en construcciones menores como en otras de tanta importancia como los forjados de la cárcel de Oviedo, el tablero del puente de Ciaño o el depósito de aguas de Llanes, por citar algunas, y fue a él -verdadero profeta de las bondades del hormigón en aquellos años- a quien se le encargó la nueva obra para salvar el cauce del río Caudal.
Si los curiosos quieren conocer hasta el último detalle las condiciones que debía reunir el puente que sustituyese al viejo «de la perra», pueden leerlas en la Revista de Obras Públicas del 20 de noviembre de 1902, pero sepan que se exigía que estuviese emplazado en el mismo lugar del anterior, que su longitud alcanzase los 110 metros y estuviese formado por dos grandes arcos y tres tramos rectos apoyados sobre cuatro pilares para soportar adecuadamente una calzada central de cinco metros y dos andenes de un metro cada uno para peatones.
Una magna obra cuyo presupuesto de ejecución material ascendía a 178.292, 83 pesetas más un 15 por ciento destinado a imprevistos, gastos de dirección, administración y beneficio industrial. Total: 205.036,63 pesetas, que lógicamente el Ayuntamiento de Mieres era incapaz de asumir. De manera que tardó en hacerse, pero se hizo, porque, aunque ustedes no se lo crean, en otros tiempos los diputados asturianos en Madrid tenían voz y autoridad para defender nuestras cosas sin limitarse como ahora a recoger las migajas que nos dejan otras regiones, más que nada por cumplir.
En fin, en esta ocasión fue el discutido aunque eficaz Melquíades Álvarez quien más insistió en el tema y por ello en 1908, cuando el político reformista aún andaba peleando por el inicio de las obras que tardarían unos meses en iniciarse, la Corporación acordó que el futuro puente llevase su nombre y así compaginó su denominación de siempre «de la perra» con otra más culta: «el Melquíades».
Entre tanto, en la primavera de 1903 José Eugenio Ribera pronunció una conferencia en el Ateneo madrileño en la que declaraba que había llegado la hora del hormigón. Según su teoría, en la exposición universal celebrada en París en 1899 el hierro había tocado techo -nunca mejor dicho- con la construcción de la Torre Eiffel, a la que no auguraba muchos años porque este metal tenía inconvenientes inevitables como la oxidación, el aflojamiento de los roblones o la deformación en caso de incendio.
Ahora vemos que el ingeniero exageró un poco y la torre sigue en pie, pero lo que él quería explicar con su argumento eran las ventajas del nuevo material y en su disertación no ahorró ejemplos ni fotografías para ilustrar al público con sus trabajos por toda la península y especialmente en Asturias. Con un poco de imaginación, vamos a escuchar sus palabras.
En Las Segadas -afirmó- acaba de aprobarse el proyecto para un puente de hormigón, sin armaduras, con articulaciones en la clave y arranques y con único arco de nada menos que 50 metros de luz y en Gijón se está levantando un cuartel en este material que tiene entre sus ventajas el evitar la propagación de insectos y microbios. Y qué me dicen ustedes -preguntó- del Teatro de Avilés con sus palcos en voladizo y columnas que llegan hasta los 20 metros produciendo el asombro de quienes las ven. Y es que el hormigón sirve para todo, incluso para soportar el calor de las industrias y los hornos.
Esta fotografía que ahora les enseño -dijo levantando la voz- es la de la casa de máquinas del Ayuntamiento de Mieres que alberga una caldera de vapor cuya elevada temperatura no ha producido el menor efecto en la terraza que la cubre, a pesar de su poca altura; en fin, les puedo decir que no hay proyecto que se resista a este material del futuro. Vean: fábricas, silos de carbón y de cemento en forma de tolva, depósitos de agua, pero les confieso que mi pasión son los puentes -y en este punto se detuvo a tomar aire mientras sacaba otro paquete de fichas-. Les voy a hablar de mi colaboración con el Ayuntamiento de Mieres porque he tenido la suerte de que en ese concejo asturiano se me diese carta blanca desde un principio para demostrar sobre el terreno mis teorías. El ejemplo que les muestro -dijo enseñando otra de las imágenes- es el primer ensayo que hice de tramos rectos en un puente muy oblicuo de 6 metros de luz, hace ya un lustro, y desde entonces circulan sobre él sin cesar pesados carros de carbón sin el menor problema. En cuanto a las bóvedas -volvió a rebuscar sobre la mesa-, éste es un puente construido en un pueblo llamado Cabojal, del mismo concejo, y para que vean que no estoy obsesionado con el hormigón armado, les diré que como allí tenía mampostería barata y grava gruesa abundante lo cambié por estos materiales, reformando el proyecto inicial porque así salía más barato.
Donde no renuncié al hormigón fue para reparar el viejo puente de Santullano, al que por su antigüedad las heladas habían descompuesto peligrosamente uno de sus parámetros. El trabajo lo pagó el Estado y lo hice a base de Portland colocado gracias a la cimbra que pueden ver en la fotografía. Y así se consiguió no sólo sustituir con ventaja la sillería defectuosa sino dar trabazón a la parte interior de las bóvedas que ya no hubo que demoler. Ahora, por último, les ruego que se fijen en este dibujo: es el proyecto de un nuevo puente en Mieres, con arcos de 35 metros, que en principio ya ha sido aprobado y en el que voy a experimentar con las posibilidades artísticas del hormigón, algo que hasta ahora he tenido un poco olvidado.
Y es que en él quiero demostrar el partido que puede sacarse sin aumento de gasto del sistema de moldeado, que permite obtener una decoración tan variada como se quiera, ya que con un mismo molde pueden repetirse los adornos en las diferentes partes de la obra que no exijan una ejecución simultánea?
José Eugenio Ribera concluyó aquel día su conferencia mostrando con orgullo el resultado de las pruebas de resistencia que había realizado en Oviedo y Gijón sobre sus materiales y que demostraban que lo que se construía con ellos era poco menos que indestructible. Nuestro entusiasta ingeniero murió en 1936, pero antes aún tuvo tiempo de ver cómo en la primavera de 1926 una riada se llevaba aguas abajo uno de los pilares del puente de Mieres, cuya reparación se prolongó hasta 1933, cuando fue reinaugurado. Ya lo ven, casi lo mismo que el caso del «Titanic». Ahora, bromas aparte, no me digan que no resulta imprescindible catalogar y proteger todas las obras que este hombre fue dejando por nuestro concejo. O lo que quede de ellas.
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