06 de octubre de 2009
06.10.2009
Tribuna

De castilletes y conciliaciones

n El castillete del pozo Entrego ahora está huérfano, sin sala de máquinas y, encima, medio oculto

06.10.2009 | 02:00
De castilletes y conciliaciones

El pasado día 30 de septiembre, se publicaba un magnífico artículo de opinión en este diario acerca de la agresión al patrimonio de El Entrego firmado por Rubén Vega. En efecto, así es: una agresión en toda regla, sin paliativos de ninguna clase, y, por supuesto, a la vista está, sin intento alguno de conciliar la regeneración económica con la conservación y puesta en valor del patrimonio industrial. Parece entrarse ahora en la discusión acerca de si el nuevo edificio oculta o no -que lo hace, desde luego- el castillete, pasando por alto el hecho de que para su construcción se ha derribado una casa de máquinas. Un castillete sin una casa de máquinas no es nada; aliviará conciencias, vale, pero no explica, y no contextualiza nada. El castillete tiene la finalidad de colocar en el ángulo y la altura adecuadas las poleas que soportan los cables de los que penden las jaulas de transporte de hombres, carbón e insumos por la caña del pozo. Unos cables que sólo se pueden mover si existe una máquina de extracción, que se aloja en una casa de máquinas. De este modo, casa de máquinas y castillete forman una unidad indisoluble que queda materializada a través de los cables de extracción que unen los dos elementos, sin que demasiado importe de si éstos están o han desaparecido con el pasivo olvido y la activa desidia. El castillete del pozo Entrego, sin embargo, ahora está huérfano y, encima, medio oculto. El derribo de la casa de máquinas del pozo Entrego señala un cambio de tendencia sumamente peligroso en el patrimonio industrial puesto que es la primera casa de máquinas del patrimonio industrial heredado que se derriba en Asturias; ni en Solvay-Lieres se habían atrevido a tanto. No quiero entrar a valorar la existencia de superficie necesaria -que la había, créanme- en la antigua explanada minera de El Entrego para ubicar el nuevo edificio sin derribar nada de lo poco que quedaba ya, ni de la capacidad de algunos para valorar nuestro patrimonio con tan solventes conceptos como «viejo» o «feo», porque, ya puestos a opinar a la ligera, más feos son algunos y tenemos que seguir aguantándolos y sufriendo su incompetencia profesional sin que nadie haga nada para remediarlo.


Pero más serio y de más calado que todo esto son las preguntas lanzadas por Rubén Vega en su artículo: ¿Qué han hecho los entreguinos -habitantes de SMRA o asturianos en general, tal vez- para merecer esto? Nada, por supuesto. Pero cuando digo nada me refiero tanto a que no se lo merecen como al hecho de que no han hecho nada para remediarlo. Estoy seguro, así me consta, de que son muchos los que no entienden por qué la necesaria regeneración industrial tiene que pasar aquí sólo por el derribo de las viejas industrias a diferencia de ejemplos como Nord-Pas-de-Calais, como citaba Rubén Vega, a los que añadiría yo Le Creusot, Oberhausen y el Rhur, Iron Bridge... Y por eso, estoy seguro, también me consta, muchos ciudadanos no pueden entender -yo tampoco- por qué la casa del pozo Entrego se derriba, por qué toda la excelente maquinaria del pozo Venturo se achatarra como también ocurrió en el Cerezal, por qué el pozo Sorriego se nos vende como un logro cuando se ha derribado todo y la casa de máquinas se ha hundido; por qué hubo que derruir casi todo el pozo San Mamés, por qué se restauran de manera tan zafia nuestros puentes industriales, por qué las bocaminas se han restaurado con toneladas de hormigón y cuatro lajas de piedra, por qué el puente de La Central hubo que destruirlo, por qué parece quererse lo mismo para el de La Maquinilla en El Serrallo, por qué hay que derribar el teatro Virginia de Sotrondio o el castillete del Resellón en La Hueria de Carrocera? por qué, Dios mío, por qué? ¿Por la regeneración económica e industrial? Vaya? lo siento, pero no cuadra. Seguro que hay muchos desacuerdos con estas tropelías, seguro, pero ¿dónde se explicita esto?, ¿dónde se han metido?, ¿se chilla, acaso, en un bar suponiendo que eso sirve de algo? Pero, aun más, cuando esto ocurría en el patrimonio industrial, y salvo casos muy aislados como la Térmica de Avilés o el caso de Lieres, ¿dónde estaba el apoyo público y explícito de la gran potencia académica de esta región? No nos engañemos, nadie o casi nadie -porque en INCUNA hemos perdido la cuenta ya de nuestras denuncias, siempre constructivas- acude a las informaciones públicas de los distintos proyectos ni se lee las declaraciones de impacto ambiental, sale públicamente para evidenciarlo, denuncia ante la Consejería de Cultura para intentar impedirlo, ni organiza la decepción ciudadana en algo provechoso para nuestro patrimonio y nuestros territorios. Y luego volvemos a quejarnos amargamente en el bar o en el parque. En definitiva, no existe un clamor ciudadano ni una sociedad civil capaz de darle forma. A nadie le ha importado hasta ahora y, vaya, a nadie le sigue interesando. Y tal vez no sea de extrañar porque, confundiéndose churras con merinas, aquí se pasan facturas con fruición, no hay lugar que más cruelmente devore a sus hijos que nuestras queridas Cuencas mineras; porque las voces contrarias se convierten -gracias a malentender el «arte de lo posible»- en elementos marginales de aviesas e interesadas intenciones; porque el mensaje de la búsqueda de la reactivación económica sobre la base de un nuevo sector secundario, terciario o cuaternario, ha calado, creyéndose ya, de verdad, que es necesario arrasarlo todo; porque se sigue creyendo que se demandan museos por doquier? Y nada más lejos de la verdad. En realidad, los que trabajamos en Patrimonio Cultural sabemos que el derribo es siempre una derrota de la imaginación, y por eso hablamos de reutilizar antiguas instalaciones para empresas o, por qué no, para residencia; de vertebrar mejor nuestras ciudades con el patrimonio como consecuente seña de identidad; de sacar el máximo partido de nuestros centros museísticos funcionando en red para aprovechar los cientos de miles de visitantes; de conocer mejor todo nuestro patrimonio, nuestro territorio y, en definitiva, a nosotros mismos. Nada más, y nada menos.

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