19 de enero de 2010
19.01.2010
De lo nuestro
Historias heterodoxas

El braguetazo de un guardia de corps

19.01.2010 | 01:00
El braguetazo de un guardia de corps

Fernando VII, mal rey y peor persona, se casó cuatro veces, siempre con mujeres de su propia familia, primero fue una prima, luego dos sobrinas y por último otra prima segunda. Cuando el nefasto personaje murió, heredó el trono su hija Isabel, pero como aún era una niña tuvo que tomar las riendas del país su madre María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. La viuda regente era aún joven, bella y, para no perder la costumbre histórica entre las hembras de su apellido, también ardorosa, de modo que no tardó mucho en encontrar alivio para su soledad. Su nuevo acompañante, que ya sería su amor definitivo, fue Agustín Fernando Muñoz Sánchez, un militar que pertenecía a la Guardia de Corps en palacio gracias a que su abuela paterna, Eugenia Funes, había sido nodriza de una de las hermanas del rey Fernando.

Según algunos cronistas, el soldado era tan pobre que a veces se le retiraba del servicio porque su traje gastado no le permitía desempeñar dignamente sus funciones, pero a pesar de ello su buen porte llamaba la atención; así que una noche María Cristina se fijó en él y le preguntó si se cansaba, a lo que Agustín respondió: «En servicio de su majestad no puedo cansarme nunca». La respuesta fue tan satisfactoria que al momento quedó relevado de su puesto y la noche siguiente ya presentaba armas en el lecho de María Cristina.

Aunque nos gusta más otra versión de este encuentro que escribió años después en sus memorias una de sus nietas llamada María de la Paz Juana Amelia Adalberta Francisca de Paula Juana Bautista Isabel Francisca de Asís (me gusta recordar el gusto que tienen los Borbones por el santoral). La infanta contó como un día se encontraba la reina madre paseado en carruaje, yendo o viviendo de unas vacaciones, cuando a consecuencia de un bache se dio un golpe en las narices y empezó a sangrar, entonces solicitó a su dama de compañía que le facilitase un pañuelo y como ésta no lo tenía aceptó el de uno de los miembros de su escolta... y así empezó su relación.

De una u otra forma, el caso es que la pareja se enamoró y el 28 de diciembre de 1833, tan sólo tres meses después de la muerte del rey, María Cristina y Fernando Muñoz contrajeron matrimonio religioso en la capilla real, informando nada más que a los miembros del Gobierno y algunos íntimos de la Corte. Un secreto obligado porque el matrimonio era morganático, ya que uno de los contrayentes tenía sangre azul y el otro no. Lo mismo que sucedió recientemente con el príncipe Felipe y su señora, solo que ahora parece hasta democrático y en aquel momento esta circunstancia traía implícita la ilegalidad de la regencia en medio de una guerra civil porque una parte de España reclamaba la corona para don Carlos, el hermano del rey muerto.

María Cristina tampoco logró arreglar las disputas políticas dentro de su propio bando y en 1840 tuvo que ceder la regencia al general Espartero y salir de España. Primero fue a Roma y luego a París para vivir un exilio dorado en el Palacio de la Malmaison de París, sin cesar de conspirar hasta que su conjura triunfó y pudo regresar para instalarse en Madrid, entonces, en 1844, Fernando Muñoz fue nombrado Duque de Riánsares y Grande de España y su enlace se hizo público en una ceremonia oficial celebrada con expreso consentimiento de la Reina Isabel II, las Cortes confirmaron legalmente su matrimonio y a partir de aquel momento le llovieron los títulos y las medallas.

Cuentan que la pareja era feliz y que el duque carecía de ambición política y llegó incluso a rechazar la corona de Ecuador que le ofrecieron un grupo de notables de aquel país, sin embargo su pasión estaba en los negocios a los que se dedicaron activamente junto al general Narváez, presidente del Gobierno y creador de la Guardia Civil, de forma María Cristina no dudó en desviar fondos estatales para sus inversiones particulares y fue nuevamente expulsada del país sin la pensión vitalicia que previamente le habían concedido las Cortes. Permaneció en Francia hasta su muerte en el exilio y solo regreso a España para ver a su nieto Alfonso XII ocupar el trono. Pero vamos a lo que nos interesa.

Fernando Muñoz fue el promotor de diversas empresas por toda España y tuvo preferencia por los ferrocarriles que empezaban a abrirse paso, entre otros lugares en Asturias. Cuando en 1848 se reunió la primera junta general del de Langreo, la mitad de sus acciones estaban en manos del duque de Retamoso, y éste no era otro que su hermano José Antonio Muñoz, también conde porque había heredado el título que dos años antes se había creado para su padre, un hombre sencillo al que nunca se le había pasado por la imaginación que cuando muriese iba a ser noble.

Al mismo tiempo, el de Riánsares se hacía con un montón de negocios que de una u otra forma estaban vinculados con el control de aquel proyecto adquiriendo minas de carbón en Siero y el valle del Nalón y la Asturiana Mining Company (que luego daría origen a Fábrica de Mieres) a través del testaferro León Lillo y también preocupándose por tener en su mano los derechos sobre la carretera carbonera.

El matrimonio se fue enriqueciendo sin cesar con el dinero de los contribuyentes, salvando de diferentes maneras las acusaciones de abuso de poder que se les hicieron y -anticipándose a lo que ahora resulta habitual en este país- no dudaron en utilizar en su provecho la información privilegiada de que disponían, de manera que supieron anticiparse a la crisis y se deshicieron de su entramado empresarial en Asturias un año antes de que se dictase el real decreto de noviembre de 1862 que reducía los aranceles sobre los productos siderúrgicos extranjeros y traía como consecuencia el desastre para las fundiciones españolas con el inevitable apagado de varios altos hornos.

Pero la pareja, entre negocio y negocio, no descuidó sus deberes conyugales, hasta el punto de que la esposa trajo al mundo ocho hijos vivos y uno muerto, demostrando así que ella no había sido la responsable de las dificultades para procrear que había padecido su primer matrimonio, lo que dio lugar a la rechifla popular que la trasladó a sus coplas: «Clamaban los liberales / que la reina no paría / y ha parido más Muñoces / que liberales había».

El cuarto de estos hijos y segundo de los varones fue Fernando María Muñoz y Borbón, II duque de Riánsares y además también duque de Tarancón, por el fallecimiento de su hermano mayor Agustín al que había tocado este título en el lote de los que concedió generosamente a la familia Muñoz la reina Isabel II. El duque de Tarancón tendió un puente con la familia más poderosa de nuestras cuencas mineras al contraer matrimonio con Eladia Bernaldo de Quirós, a la que se llevó desde la montaña central hasta la zona señorial de Somió, en Gijón donde fijaron su residencia.

Pero éste no fue el único vínculo de los Borbones con la misma familia, ya que su hermana Cristina María Muñoz y Borbón, marquesa de La Isabela, también se casó aquí con José María Bernaldo de Quirós y González-Cienfuegos, noveno marqués de Camposagrado, buena gente, como su padre y al que no le molestaba que le llamasen «Pepito Quirós». Los dos vivieron en el langreano palacio de Villa, que mandaron adecuar a su alcurnia y en su panteón están enterrados junto a otros parientes ilustres.

Toda su descendencia, como podrán suponer, ostentó -y aún ostenta porque seguimos en una monarquía- una retahíla de condados y marquesados que fue repartiendo por toda España, pero entre ellos no podemos dejar de citar a uno de sus hijos, que aún recuerdan nuestros vecinos de más edad y que llevó en sus apellidos todos los pasos de esta historia que hoy les estoy contando: Jesús María Bernaldo de Quirós y Muñoz González-Cienfuegos y Borbón, el décimo marqués de Camposagrado y también marqués de Quirós y conde de Marcel de Peñalba, nacido en Mieres en 1871 y fallecido en Madrid en 1939.

A él, que también está enterrado en el panteón de Villa, le toco vivir en primera persona el proceso de adaptación de la nobleza tradicional a las nuevas formas de poder capitalistas y asistir como protagonista, en el lado de los poderosos, a los violentos episodios que se sufrieron en Asturias en la primera mitad del siglo XX.

En su tiempo siguió consolidándose la política matrimonial de esta familia como un verdadero encaje de bolillos en dos frentes: por un lado sus miembros acabaron relacionándose con las mayores fortunas de esta tierra que no supo seguir el ritmo económico de otras regiones más emprendedoras y por otro, aún más ambicioso, enlazaron también con los linajes de más abolengo del país, pero eso se lo cuento otro día.

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