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Historias heterodoxas

La partida de La Cebosa

La partida de La Cebosa

La partida de La Cebosa

por Ernesto Burgos

Al parecer, el Premio a la Propuesta más Innovadora en la Feria Internacional de turismo FITUR se lo ha llevado este año la empresa Bandoleros Tours cuyo trabajo consiste en que un grupo de empleados disfrazados de bandidos al estilo serrano simulan en algún lugar de los montes gaditanos el secuestro de los turistas, que previamente han satisfecho los honorarios estipulados, llevándolos atados hasta su guarida donde durante horas los retienen y amenazan -eso sí, con mesura- e incluso, cuando quieren, los dejan escapar para salir en su busca y volver a capturarlos. La pantomima termina con un fiesta en la que corre el vino y vuelan las seguirillas flamencas; según los informadores el negocio marcha viento en popa y cada vez son más quienes quieren pasar por la experiencia, que buscan sobre todo los ejecutivos hastiados y las futuras esposas que celebran de este modo su despedida de soltera.

Y es que la figura del bandolero patilludo y con un trabuco en la mano tiene su tirón romántico y nos hace olvidar que a finales del siglo XIX esta actividad aún era un problema en muchas zonas de España. A ver quién no tiene en su memoria las andanzas de José María «el tempranillo» o de «los 7 niños de Écija» y sobre todo del televisivo «Curro Jiménez», y en consecuencia la idea de que este fenómeno solo pasaba de Despeñaperros para abajo. Pero la realidad es distinta y no hace falta ir tan lejos para encontrar sin salir de Asturias algunos personajes de un jaez similar y con historiales que no tienen nada que envidiar a los mediáticos andaluces.

Lo de los asaltantes viene de lejos en el tiempo, aunque muchas veces para simplificar se ha llamado bandido a todo aquel que anduvo cortando los caminos o se buscó la vida en el monte sin pararse a considerar los motivos que le llevaron a ello. Por ejemplo, se suele considerar a Gonzalo Peláez de Coalla, como el más importante de los forajidos de la Edad Media en nuestra región, porque arrasó pueblos y villas a principios del siglo XIV, cuando en realidad el malandrín no era más que un noble que actuaba para defender su autoridad, creyendo que la razón estaba de su lado, aunque para ello tuviese en jaque a toda Asturias.

O en el otro extremo del eje cronológico, tampoco faltan últimamente quienes identifican con simples bandidos a los fugaos, que después de la Guerra Civil se negaron a dejar las armas, aunque en este caso quienes usan esta calificación llevan detrás una intención política que todos conocemos.

Pero no, los bandoleros fueron delincuentes dedicados al robo y los secuestros que actuaron en las zonas rurales con el único objetivo de beneficiarse del dinero ajeno, y a esta definición responden los que anduvieron por aquí a salto de mata hasta bien entrado el siglo XX, como «el Tuertu de La Piñera», en la zona de Ponga, o Bernabé Ruenes, cuyas andazas por la sierra llanisca ya han sido publicadas con éxito.

En la Montaña Central, la palma en esta peligrosa actividad se la llevó sin duda Constantino «Turón», nacido en Urbiés en 1871. Cuando falleció en 1933 su ficha de hurtos, asaltos, robos a mano armada y secuestros era larguísima y el correspondiente historial de prisiones no le iba a la zaga e incluía una espectacular fuga digna de novelarse. Tantino forma parte de la pequeña mitología de las Cuencas y aunque en sus últimos años intentó llevar una vida normal, fue víctima de su propia historia y murió a causa de una paliza que le dieron en San Martín del Rey Aurelio, por la que nadie fue inculpado.

Junto a él, otro paisano famoso por sus fechorías fue Benjamín González, conocido como «el Bárgana», aunque en realidad no había nacido en ese lugar de Laviana sino en un caserío cercano a Blimea. El delito que lo llevó a las primeras páginas de los diarios se produjo en la carretera de Covadonga en el verano de 1927 cuando mató a un joven ingeniero inglés de las minas de Buferrera en el curso de un atraco, pero también actuó, solo o en compañía de su cómplice, un rapaz de 16 años llamado Juan de la Fuente, por otras zonas de Asturias y León, donde ambos se atrevieron a detener un auto que llevaba a trece peregrinos hasta el santuario de la Virgen del Camino para desvalijarlos a punta de escopeta.

Benjamín, acosado por el suceso de Covadonga, acabó suicidándose pocos meses después, al verse rodeado en la vivienda de su padrino, precisamente en La Raposera, el lugar donde había llegado al mundo. Primero se colgó de una viga con su propio cinturón y cuando éste falló se seccionó la tráquea con una navaja de afeitar en el momento en que la Benemérita se disponía a ponerle mano encima.

No deja de sorprendernos saber que fueron más de mil personas las que marcharon junto al cadáver en su traslado hasta el juzgado de primera instrucción de Laviana donde pasó la noche, luego, siguiendo la costumbre de la época fue expuesto públicamente hasta que llegó el forense para practicarle la autopsia y nuevamente otra multitud volvió a acompañarle en su último viaje hasta el cementerio del Otero.

Cabe pensar que fuese sólo por esa curiosidad que rodea siempre la muerte de estos personajes, pero seguramente tampoco faltó el respeto de una parte de la población que simpatizaba con su actitud rebelde e incluso encubría y colaboraba en sus acciones, y la prueba de ello fue que en los días que siguieron se tomó declaración a más de cuarenta vecinos de la zona y cinco de ellos -tres hombres y dos mujeres- pasaron a prisión al encontrarse evidencias de su complicidad con el bandido.

Menos conocida es otra cuadrilla de salteadores salidos del pueblecito langreano de La Cebosa, que no tienen el dudoso honor de figurar en los trabajos que se han publicado sobre nuestros bandoleros, tal vez porque su curriculum fue más corto; pero por el recuerdo que dejaron en quienes vivieron de cerca sus fechorías y lo rememoraban años después, sabemos que en los primeros años de la década de 1880 su actividad fue igualmente intensa y llegaron a atemorizar a los pueblos altos de los concejos mineros haciendo que nadie se atreviese a salir a los caminos desde el momento de la anochecida y obligando a cerrar las casas hasta que el amanecer trajese un poco de luz y seguridad.

La Cebosa es un pequeño lugar al que se llega por un desvío de la carretera que une Lada con Mieres por San Tirso y está emplazado en la línea divisoria entre los dos concejos. Hoy tiene hoy menos habitantes que hace un siglo, igual que sucede con la mayor parte de nuestras aldeas, pero aún así nunca presumió de mucha población, por lo que llama la atención que de allí saliese un grupo de jóvenes que se dedicó a desvalijar personas y viviendas y sobre todo, siguiendo también una norma no escrita pero que se repitió a menudo, casas rectorales. Cuando en uno de estos asaltos corrió la sangre, la Guardia Civil decidió acabar definitivamente con ellos y, aunque no fue fácil, en 1883 sus integrantes fueron detenidos y conducidos por la carretera desde su pueblo hasta el juzgado formando una de esas típicas cuerdas de presos que vemos en los grabados antiguos, custodiados por varias parejas armadas.

Meses más tarde les juzgaron y el Tribunal de Justicia los condenó a cada uno a 30 años de reclusión en la terrible prisión del castillo de El Hacho, en Ceuta, donde entonces se mezclaban los criminales más peligrosos con los independentistas cubanos traídos desde la isla. Allí fueron muriendo uno tras otro y solamente uno llegó a cumplir su condena. Ya mayor rehizo su vida en la ciudad africana abriendo un pequeño taller de confección y reparación de calzado, oficios que había aprendido en la cárcel y en los que llegó a alcanzar fama de gran habilidad.

Cuentan que volvió en una ocasión para hacer una rápida visita a sus viejos conocidos de juventud en Mieres, anciano, con el pelo cano y el corazón herido y luego retornó a esperar la muerte en Ceuta. Bonita historia para que la aproveche un escritor.

Y en el último párrafo, uno más, también desconocido: Armando el de La Barraca, natural de ese pueblo que se emplaza al inicio de la subida a Muñón y que hoy ya es un barrio de Pola de Lena. Como tantos otros empezó con pequeñas gamberradas de juventud, que sin saber como empezaron a transformarse en delitos y acabaron siendo tan graves que forzaron su huida al monte. Allí para sobrevivir se vio obligado a seguir su larga carrera de desmanes y al final fue herido gravemente en un tiroteo con sus perseguidores. Cuando le bajaban, rodeado de guardias, medio desangrado y sin sentido en un carro de bueyes, dicen las crónicas que recuperó un instante la consciencia y se incorporó para lanzar con las pocas fuerzas que le quedaban un «estentóreo grito subversivo». Genio y figura.

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