Historias heterodoxas
De cómo Mieres edificó su Ayuntamiento

De cómo Mieres edificó su Ayuntamiento
Ernesto Burgos
Entre las construcciones que se van a levantar en los terrenos del Vasco Mayacina figura un edificio de postín destinado a albergar todo el aparato de la Administración local, por el que se van a pagar 6,4 millones de euros procedentes de fondos mineros, más otros 400.000 de la redacción del proyecto. Sobre una superficie de 3.450 metros cuadrados se levantaran tres plantas combinando en su fachada el ladrillo visto con grandes cristaleras, e incluso, si se hace caso de lo previsto inicialmente, la iglesia de Santa Marina va a quedar integrada «como fragmento de la fachada que conforma el nuevo espacio cívico creado para la ciudad».
Todo responde a un concurso de ideas para el que se presentaron 24 prestigiosos estudios de arquitectura y que después de una rigurosa selección, ganaron con brillantez Daniel Díaz Font y Belén Martín Granizo, del estudio leonés DMG Arquitectura, con un proyecto denominado «Lunes al sol», haciendo un guiño cinematográfico a la época de crisis que nos toca vivir. Son cosas del progreso: la población baja, pero la burocracia necesita más espacio.
Paradojas de este tiempo, que debemos aceptar, y que a mí me dan pie para contarles ahora como se levantó el Ayuntamiento que Mieres tiene desde 1862 y que al parecer también se va a remodelar para que quede como escenario de la celebración de plenos y de aquellos actos de carácter oficial e institucional que requieren de cierto protocolo.
Lo primero que tengo que aclarar es que el Consistorio no ha estado siempre en el mismo sitio, y para resolver de una vez las dudas que a veces surgen en las conservaciones de sobremesa, les diré que la memoria más antigua nos lleva hasta una estrecha casuca de la plaza de La Nozaleda, en La Villa, que aún pueden ustedes tratar de localizar preguntando a los más viejos. Allí estaba nuestra representación cuando aún se dependía de la Alcaldía de Lena, y también muy próxima la vivienda del regidor, y un poco más abajo, ya en el inicio de lo que hoy es la calle de La Vega, se ubicaba la cárcel que, como veremos, siempre acompañó al edificio administrativo.
En abril de 1836, cuando se consiguió la municipalidad independiente, hizo falta un edificio mayor y la flamante corporación buscó acomodo en La Paraxuela, también en la zona de La Villa, con ella se desplazó el «cuartón» que se instaló en una caleya próxima. Pero ya les he contado alguna vez la rivalidad que se vivió siempre entre este barrio y el de La Pasera, que entonces estaban separados por casi un kilómetro de huertas. Seguramente porque uno de aquellos primeros alcaldes era de este segundo lugar, en 1850 se llevó cerca de su casa Ayuntamiento y cárcel, pero como no era cosa de andar con este baile eternamente, por fin se tomó la decisión salomónica de construir un nuevo y definitivo edificio a una distancia equidistante entre los dos núcleos.
Iba a decir que se hizo en tierra de nadie, aunque para ser preciso debo aclarar que aquel terreno estratégico estaba sobre varias fincas particulares que fueron adquiridas por la mediación del concejal Ramón Vázquez Prada, después de un hábil regateo para evitar la tardanza que suponía el trámite de la expropiación. El 20 de marzo de 1861, siendo alcalde Francisco Bernaldo de Quirós, el Boletín Oficial de la Provincia ya pudo publicar el anuncio de la subasta que recayó en la oferta presentada por Pedro García Rozado, alguien que por lo visto era de los que llenan antes el güeyu que el papiellu , y que no pudo hacer frente a la obra, por lo que ésta se adjudicó de nuevo a la sociedad formada por Juan Aza y Nicolás Fernández de la Granda, pertenecientes a dos de las familias de más postín del Mieres de entonces.
Las condiciones exigían que «la casa de todos» integrase en un mismo edificio una escuela para niños y niñas, la vivienda del maestro y la cárcel ocupando un total de 5.600 pies cuadrados, de los cuales 3.500 se destinaban exclusivamente al Ayuntamiento y el resto a las otras dependencias y se pretendía que el conjunto fuese en el momento de su inauguración uno de los mejores de la región.
Pero la obsesión porque estuviese justamente en el punto medio entre la Paraxuela y el puente sobre el río San Juan, tuvo el inesperado inconveniente de que justo allí el terreno formaba un terraplén que hubo que salvar con un fuerte desnivel, de modo que el frente del edificio era de 70 pies y el fondo mucho mayor, ya que en la fachada, donde aún hoy puede verse la parte más baja, tenía unos siete pies de altura y en fondo unos diez. Para que se hagan una idea, el terraplén ocupaba una superficie de 3.600 varas y las paredes que debían sostenerlo 590 metros cúbicos. Por si tienen paciencia, el pie es equivalente a 0,3047 m y la vara a 83,59 cm; pero si no son puntillosos y quieren evitar los cálculos, dense una vuelta alrededor del edificio y verán el resultado.
Otro problema añadido vino cuando alguien consideró que todo ayuntamiento que se precie debe tener una plaza frente a su balcón principal y en el caso de Mieres lo que había era una carretera por la que pasaba todo el tráfico regional que iba o venía de Castilla y más allá, y casi encima, el monte. Lo de la carretera se obvió, como sabemos de sobra quienes bailamos allí cada noche de San Xuan la Danza Prima, pero en la explanada frente a la fachada principal del edificio, se adquirieron dos fincas para hacer un gran desmonte; se llamaban el «prau de Angul» y «Sobrelavega», y esta segunda era tan grande, que aún hoy en día da nombre a toda la zona.
Sus propietarios eran Manuel Álvarez Robles, veredero de tabacos, un oficio desaparecido que era algo así como un mayorista de mercancía para los estancos, y Domingo Fernández de Angulo, vecino de Madrid y que estuvo representado en la venta por el sacerdote Ignacio Bayón. Finalmente, de Sobrelavega, que estaba destinada a pomarada, solo se compró una parte, pero aún así se pagaron por estas tierras 3.400 reales de vellón y luego hubo que hacer una fenomenal labor para abrir la plaza que hoy conocemos y que se remató en media luna, colocando un caño de agua en su centro.
Cuando se inició el edificio, no fue un trabajo fácil: las paredes se reforzaron en consonancia con la potencia de los cimientos que ocupan un ancho de dos varas, hundiéndose cuatro pies dentro del terraplén. Para los curiosos, puedo decir que los dos canteros que dirigieron los trabajos se llamaban José Escobal y Pedro García y cobraban 19 reales de jornal, una buena paga que contrasta con la de sus albañiles que recibían una miseria, y también sabemos que los materiales fueron excelentes, de arenisca carbonífera blanca y arenisca azulada. Un testigo de la época, el erudito Elías García Tuñón, afirmaba que las piedras destinadas a los calabozos eran tan grandes que no era probable que pudiesen venir dos a la vez en uno de los carros que se empleaban habitualmente para su transporte.
Finalmente, en la fachada, se colocaron cinco arcos rebajados y sobre ellos cinco balcones, el central de más empaque, preparado para que desde allí las autoridades se pudiesen dirigir al público concentrado en la Plaza, aunque seguramente quienes lo hicieron no llegaron nunca a pensar que a él pudiese asomarse un día un dictador, ni tampoco proclamarse una revolución? En la parte opuesta, que mira al Oeste, se abrieron tres alturas; en la primera se estableció la escuela, en la segunda la casa del profesor, magnífica si se compara con el resto de las que se repartían por la montaña central en aquellos años, y por último la planta baja se destinó a almacenes.
Si se preguntan porque los laterales no son simétricos, la culpa fue de los calabozos que en lugar de ventanas tenían tragaluces para que los presos no pudiesen ver la calle con facilidad, aunque ahora resulta difícil imaginar como eran, porque las sucesivas reformas que han ido sufriendo estas instalaciones no dejan ver como se plantearon en su origen. Por último, lo que si se conserva como estaba, es la pequeña torre centrada en la que se alberga el reloj que viene marcando inmutable el devenir de este pueblo.
En 1862, Mieres crecía de forma imparable al calor de los hornos y de las minas, y el Ayuntamiento fue solo el principio de una serie de obras que transformaron el pequeño villorrio rural en la tercera ciudad de Asturias. Hubo que trazar nuevas calles, tirar las viejas iglesias y levantar otras con más capacidad, inaugurar escuelas, mercados, centros de salud, un matadero? También, estadios, lugares de esparcimiento y parques; hasta el cementerio se mudó a La Belonga para poder acoger holgadamente a los que iban incorporándose cada vez en mayor número al descanso eterno. Vacas gordas, ¡Qué tiempos!
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