Historias heterodoxas
De La Pasera a Gijón, de Gijón a La Pasera

De La Pasera a Gijón, de Gijón a La Pasera
Ernesto Burgos
En 1927, Mieres crecía tan deprisa como un adolescente, tanto que todo se le quedaba pequeño. Había que trazar nuevas calles, hacer parques, traídas de todo tipo, servicios comunes; nada bastaba para atender a la población que se multiplicaba en una de las Mecas asturianas del oro negro; y junto a las necesidades del cuerpo, algunos sumaban también las inquietudes del alma.
La iglesia de San Juan, en La Pasera, llevaba siglos albergando los cultos de la vecindad, aunque probablemente aquel no era su lugar original, ya que seguramente las venerables piedras se habían trasladado hasta allí desde otro punto del valle. Quienes me precedieron escribiendo sobre estas cosas nunca llegaron a un acuerdo sobre su procedencia, unos dijeron que su ubicación original era la desparecida hospedería de Copián; otros mantuvieron que no se había movido de La Pasera y los más defendieron que primero había estado en La Guareña, muy cerca de la moderna estación de autobuses, donde habría existido un viejo templo hasta que fue arrasado por una riada del Caudal.
Mi opinión es que la iglesia dedicada a San Juan, que ya aparece citada en documentos anteriores al año mil, estaba en La Pasera, pero su planta tenía que ser muy pequeña y desde luego sin decoración románica, ya que como hemos visto este estilo es posterior. Habría una segunda edificación en La Guareña, cuya destrucción por una de las frecuentes avenidas de nuestro río, que debió ser la del 30 de mayo de 1640, una de las más grandes que se recuerdan por aquí, quedó en la memoria popular, y la portada se pudo llevar desde allí. Apoyo esta idea en el conocimiento de que a principios del siglo XX, antes de la demolición que hoy les estoy contando, ya se guardaban en otros lugares de Mieres otras piedras decoradas, similares a las de la portada, lo que evidencia la existencia de esta construcción anterior.
El caso es que la parroquia también se quedó pequeña y se tomó el acuerdo de levantar una nueva, digna de la ciudad moderna que se estaba creando casi de la nada, así que aquel verano, pico en mano, los albañiles se pusieron manos a la obra, y las piedras se fueron amontonando. Allí las vio un miembro de la familia gijonesa Rodríguez-San Pedro que pasaba por la carretera de Castilla y junto al puente de Requejo tuvo lugar la triste escena que hemos imaginado cien veces, primero las preguntas, luego la certeza de la oportunidad ante la incultura y el desinterés de sus interlocutores y por último el trato, cerrado con tal rapidez que Vital Álvarez Buylla -antepasado del alcalde del mismo nombre-, que acudió alarmado al tener noticia de lo que sucedía no pudo evitarlo. 5.000 pesetas de la época tuvieron la culpa y aunque el mierense ofreció el triple ya no hubo nada que hacer.
El comprador no fue, como se ha dicho a menudo, el conde Faustino Rodríguez-San Pedro, uno de los personajes más influyentes de la Asturias de su época, político conservador que llegó a ser en diferentes ocasiones ministro de Hacienda, Estado e Instrucción Pública, porque la última misa se ofició en el viejo templo para conmemorar el día de San Juan de 1927 y el aristócrata ya había fallecido en enero de 1925. Tampoco importa saber exactamente el parentesco de quien hizo la transacción, pero no perdió un instante en contratar un camión y darse el piro con su botín, tan apresuradamente que incluso dejó aquí algunas piezas que alguien supo guardar en el sótano de su casa hasta que a finales de los 80 volvieron a salir a la luz.
Este capítulo tiene también su propia anécdota, en la que me perdonarán un pequeño protagonismo: el hallazgo se publicó en su momento y los restos románicos entre los que estaba el fuste de una columna, una dovela decorada con grabados simulando puntas de diamante, otro fragmento con una flor de cinco pétalos e incluso una pieza con la representación de una garra, se depositaron en una sala de la Casa de Cultura; meses después, yo los encontré tirados en una esquina del viejo callejón del Sinagua. Se explicó que un empleado había entendido mal el concepto de limpieza y las dejó allí. Volvieron a su sitio y no me he atrevido a preguntar dónde están ahora.
Permítanme ahora describir como es nuestra portada en tres líneas: la forman tres arcos -o arquivoltas si prefieren emplear el tecnicismo- con guardapolvo ajedrezado; los dos exteriores se apoyan en cimacios, también ajedrezados, y capiteles que presentan motivos vegetales y animales, el interior lo componen dovelas lisas y las roscas tienen también grabados geométricos y florales. Lo más destacable de su decoración esta en la arquivolta central decorada con cabezas de pájaros fantásticos que sujetan con sus picos unos rollos y que nos sirven para fecharla muy aproximadamente, e incluso para aventurar algo sobre el origen de los artistas que las esculpieron, ya que estas cabezas se repiten en otros lugares de Europa y sabemos que empezaron a tallarse en Normandía a mediados del siglo XII, de allí pasaron a Gran Bretaña y posteriormente al norte de España.
Aquel infausto día, la portada de San Juan dejó para siempre la noble función de servir de testigo para las ceremonias de un pueblo que antes de cristianarse, casarse o emprender el último viaje tenía que pasar bajo la terrible mirada de sus pájaros de piedra, y pasó a ser un escenario para las cuchipandas de una familia burguesa que tiene el capricho de merendar a su sombra. Ahora es un elemento más de una enorme casona que en su origen respondía al tipismo de las construcciones asturianas, pero a la que sus dueños fueron añadiendo elementos espurios para hacerla más vistosa.
La residencia de los Rodríguez-San Pedro está en una gran finca cerrada de La Pedrera, en la zona rural de Gijón y la forman tres cuerpos adosados: uno cúbico de dos plantas, con arcadas de influencia montañesa en su parte baja y amplios vanos en la superior; una torre neorrománica con influencia de los templos de Amandi y Aramil, en la que no faltan tampoco unas almenas para dar señorío a su altura, y un corredor de madera de estética regional; la zona de servicios está en la parte posterior dispuesta en torno a un gran patio que la une al edificio. Lógicamente, nuestra portada fue a parar a la torre donde rodea la más hermosa entrada que un aficionado al arte pueda imaginarse para su residencia.
Otra muestra del gusto de la familia por estas cosas está en su panteón, junto al cementerio parroquial de aquel pueblo, que no es ni más ni menos que otra iglesia románica arrancada de su solar, la de Santa María de Leorio, con una pequeña nave única rematada por un ábside semicircular que está separado por un arco triunfal de triple vuelta adornado también con motivos vegetales y animales fantásticos.
Esta misma semana el Boletín Oficial de la Provincia hacía pública la incoación de un expediente para incluir en el inventario del Patrimonio Cultural de Asturias 47 bienes arqueológicos del Concejo de Mieres. El listado es amplio y, por calificarlo suavemente, pintoresco. No voy a analizarlo ahora, pero para que se den una idea, más de un tercio de los castros y túmulos citados ya no existen y en cuanto al románico, se recoge la Iglesia de Ujo, pero no los restos de La Rebollada. Pero lo más llamativo es que la portada de San Juan no aparece por ningún lado y la razón no está en que se encuentre fuera del concejo, porque otras piezas menores como el hacha de bronce de Puente la Luisa, que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional, en Madrid, sí figuran.
Como escribió Camilo José Cela al inicio de La familia de Pascual Duarte: «Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo» y en este caso tampoco quiero serlo e imaginar que el olvido sea intencionado para que algunos mierenses dejemos ya de dar la tabarra con este tema, ni tampoco, por supuesto, se me pasa por la cabeza que nadie quiera importunar con estas minucias a la ilustre descendencia de don Faustino Rodríguez Sampedro, uno de cuyos bisnietos es el ex ministro Rodrigo Rato Figaredo, actual presidente de Caja Madrid y flamante hijo adoptivo de Gijón. Pero ya no me queda tiempo para más divagaciones, les resumo mi postura: la portada de San Juan lleva 94 años fuera de casa, todo tiene su tiempo; ya es una cuestión de dignidad recuperarla antes de que cumpla un siglo en el exilio.
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