Historias heterodoxas
La batalla de los montes de Arbas

La batalla de los montes de Arbas
Ernesto Burgos
Hoy vamos a contar algo sobre la época más desconocida de nuestra historia, me refiero al lejano siglo V, sobre el cual los historiadores suponen más que aseguran. La mayor parte de lo poco que sabemos, lo escribió Hidacio, un hombre de aquellos años, que inició una crónica ambiciosa para contar todo lo que había pasado desde que Adán y Eva cometieron el primer pecado en el Paraíso, y terminó centrándose en los sucesos más próximos: los acontecimientos que pudo observar como testigo antes de su muerte, en el año 469.
Un cambio de planteamiento que ahora le tenemos que agradecer, puesto que su obra, junto a la de Paulo Orosio, otro cronista que se ocupó de las décadas anteriores, son los únicos testimonios con los que contamos para acercarnos a este siglo oscuro.
Hidacio pudo dedicarse a la literatura mientras los demás abrían surcos en la tierra, porque nació en una familia rica de la ciudad romana de Lemica, que hoy podemos situar cerca de Xinzo de Limia, y después de estudiar y viajar, llegando hasta palestina, fue nombrado obispo de Aquae Flaviae, lo que hoy es Chaves, en la frontera norte de Portugal, y allí estaba cuando dos pueblos extranjeros y salvajes llegaron desde muy lejos para quedarse en el noroeste peninsular.
Antes de traer aquí cuatro datos y fechas imprescindibles para que comprendan la situación sin que les resulte pesado, debemos aclarar que la narración de Hidacio pasa por alto lo que ocurrió a este lado de la cordillera Cantábrica, pero, como no tenía que ser muy distinto de lo que estaba ocurriendo en los territorios limítrofes, podemos deducir que los hechos bélicos que se desarrollaron afectaron por igual a los astures que vivían detrás de las montañas que a los que lo hacían en la Meseta, porque entonces tan astures eran los unos como los otros.
Ahora recordemos que los suevos, vándalos y alanos entraron en Hispania por los Pirineos en el 409 y la saquearon hasta que dos años más tarde decidieron tranquilizarse y se repartieron el territorio. Según La Crónica de Hidacio, los bárbaros se repartieron por sorteo las zonas en las que iban a asentarse. A los alanos, les tocaron las provincias Lusitania y Cartaginense; a los vándalos silingos, la Bética y los vándalos asdingos y los suevos ocuparon conjuntamente todo el noroeste peninsular, lo que hoy es Galicia, el norte de Portugal y las tierras astur-leonesas.
Siendo más concretos con nuestra zona, consta que el rey vándalo Gunderico reinó en Galicia y en Asturias, después de haber hecho pasar a sus tropas por los pasos de la montaña y en la Montaña Central tenemos una buena muestra de su comportamiento salvaje, ya que los escasos trabajos que se hicieron sobre la villa de Memorana, en Vega del Ciego, y cuya excavación es la gran asignatura pendiente de nuestro patrimonio, dejaron la evidencia de que la rica mansión fue incendiada en esta época y seguramente también saqueada a conciencia después de matar a sus poseedores.
La arqueología nos da otras evidencias del terror que desataron por aquí estos vándalos asdingos; consta que algunos castros fortificados que ya estaban abandonados, volvieron a ocuparse y las murallas de Gijón tuvieron que reforzarse, pero poco más podemos saber de esta época de anarquía y desastres, que lo que nos contó Hidacio, en una descripción apocalíptica que les transcribo a continuación:
«Incluso las madres se alimentan de los cuerpos de sus hijos muertos o cocidos por ellas mismas. Las bestias, acostumbradas a los cadáveres de los muertos por la espada, el hambre o la peste, acaban con los hombres mas fuertes y, cebadas con sus carnes se lanzan a la destrucción del género humano. Y así, con las cuatro plagas, la de la espada, la del hambre, la de la peste y la de las fieras, que asolan el orbe entero, se cumplen los presagios anunciados por el Señor a través de sus profecías».
A primera vista, el texto puede parecer una distorsión de la realidad, pero un dato que nos lleva a pensar que lo escrito por el obispo gallego tiene que aproximarse bastante a lo sucedido, es que él también se ocupó de observar el cielo y dejó constancia de los eclipses y cometas de la primera mitad del siglo V, y lo hizo con una exactitud que luego se encargaron de comprobar los astrónomos modernos, lo que hace suponer que su trabajo historiográfico también tiene que ser riguroso, aunque esté influido por el carácter religioso que entonces lo envolvía todo.
Volviendo a los hechos, durante una buena temporada, se mantuvo el equilibrio entre los invasores, que dominaron a los habitantes indígenas sin problemas, sometiéndolos a servidumbre, de manera que mientras a ellos no les faltaba de nada, los pobres hispanos se morían de hambre si atreverse a protestar de su situación.
Así estuvieron las cosas hasta que en el año 416 la paz entre los bárbaros se rompió, con la llegada del rey visigodo Walia que entró en la Península espada en mano y derrotó a los vándalos silingos y a los alanos, haciendo que cada cual tuviese que refugiarse donde buenamente pudo.
Los suevos, que eran unos 30.000 permanecieron agrupados, asentándose entre la desembocadura del Duero y la ría de Vigo y su caudillo Hermerico sacó provecho de la nueva situación, consiguiendo firmar un tratado por el cual los hispanorromanos debían cederles tierras.
Esto agravó los conflictos entre las dos comunidades, de modo que los indígenas enviaron una representación a la Galia encabezada por Hidacio, para pedir al representante imperial ayuda contra aquel abuso, pero a los políticos del momento les interesaba que la situación siguiese así, de modo que volvió con las manos vacías y él mismo tuvo que asumir un papel que actualmente está muy de moda: el de mediador en el conflicto.
Cuando, al poco tiempo los visigodos volvieron a dejar la Península, la tensión entre los dos pueblos bárbaros fue en aumento y desembocó en enfrentamientos militares que cada vez fueron más abiertos. Los combates impedían que los hombres trabajasen las tierras y la necesidad de alimentos empezó a afectar también a los privilegiados y, para colmo de males, una sequía afectó las tierras del norte, así que, fuese por necesidad, o simplemente por afán guerrero, los vándalos asdingos, encabezados por el rey Gunderico, acabaron atacaron a los suevos del rey Hermerico, sitiándolos en un lugar conocido como los montes Erbáseos, Herbasios o Nervasos.
Y aquí era donde queríamos llegar, porque los investigadores aún no han decidido donde situar estos montes con exactitud, aunque para la mayoría no tienen que estar muy lejos de Arbas, nombre que deriva del latín Arvum, que indica un lugar de pastos e incluso para los más atrevidos de un general romano llamado Erbasio, al igual que sucede con La Carisa y Carisio.
Y si seguimos a Juan de Mariana y Ambrosio de Morales, historiadores del siglo XVI cuyas teorías aún se dan por válidas, esos montes son los mismos que Ptolomeo llama Narvasos y deben identificarse con los que separan la Meseta de Asturias, porque el nombre de Arbas se repite en varios puntos entre Pajares y Leitariegos, y también en otros lugares próximos de la provincia de León.
Tampoco el inefable Jovellanos dudaba en considerar que estos montes, a los que citaban con el quinto nombre que escribimos hoy: Arbasios, tenían que estar próximos a la hermosa colegiata de Arbas, fundada en el siglo XI, que nos recibe cuando coronamos el Pajares, o al lugar vecino de los Pasos de Arbas.
Hidacio no dio muchos detalles de los combates, aunque sí de cómo se resolvieron. Finalmente tuvieron que acudir a poner orden las tropas romanas acuarteladas en la provincia Tarraconense, mandadas por el conde Asterio, quienes levantaron el sitio y persiguieron a los vándalos, atacándolos en Braga cuando abandonaban Galicia, camino de la Bética en el año 420, antes de abandonar definitivamente la Península para instalarse en África.
Por su parte, los suevos se quedaron en esta zona, como el último de los pueblos bárbaros en Hispania, hasta que el rey visigodo Leovigildo en el curso de sus campañas de conquista se acordó de que andaban por aquí y vino a por ellos en el 576; mientras que sobre los astures solo podemos suponer que vivieron libres y, si hacemos caso a las interpretaciones que se han hecho sobre la fortificación de La Carisa, incluso pudieron unirse y organizarse de alguna forma.
Ya lo ven: otros pueblos, de los que nunca nos han hablado; reyes y batallas que desconocemos casi completamente. Da pena que a estas alturas aún estemos así.
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