de lo nuestro | historias heterodoxas
El último penitente
Algunos hombres eran cubiertos con sacos o telas gruesas y capuchón, empapados en agua, para quemar con una antorcha el temido grisú de las minas

El último penitente
Ernesto BURGOS Historiador
Entre las muchas y buenas obras que escribió Julio Verne está una, no demasiado conocida, llamada «Las Indias negras», en referencia a la denominación que los ingleses daban a sus minas de carbón en la época colonial, cuando nombrar a la India era sinónimo de riqueza. La novela fue publicándose por entregas en un periódico en la primavera de 1877 y mezcla, como no podía ser menos en el autor francés, la realidad con la quimera; con informaciones verídicas y atinadas sobre el trabajo minero y la existencia de una imaginada ciudad subterránea, fundada, cuando la explotación se cierra, por quienes han trabajado en ella y deciden seguir allí su vida, alejados de la civilización.
En este escenario se desarrolla también una historia de amor entre una joven de 16 años, que nunca ha salido de allí, y su enamorado, que viene de la superficie y está empeñado en que cambie los potentes focos artificiales que siempre han iluminado su vida por la luz del Sol. Entre los personajes, nos interesa uno, Silfax, el abuelo de la novia, el malo del relato, opuesto tanto a la relación de su nieta como al progreso que simboliza su acompañante, y que tiene un final dramático. Hoy lo traemos a esta página porque vamos a tratar sobre el trabajo que fue la causa de su locura: Silfax había sido el último penitente de su mina.
A lo mejor ya saben lo que significa este nombre en el mundo de la mina, pero, por si acaso, se lo recuerdo. Los penitentes eran los encargados de entrar los primeros en la explotación para detectar la presencia del gas grisú y sanear el tajo antes de que se iniciasen los trabajos de extracción. Para realizar esta tarea, intentaban proteger su cuerpo de las previsibles llamaradas cubriéndose con sacos o telas gruesas empapados en agua y llevando en su cabeza un capuchón perforado sólo con dos pequeños orificios para los ojos, mientras acercaban una larga pértiga con una llama en su extremo buscando inflamar los gases.
No hará falta que les diga el riesgo que corrían en su labor a causa de la porquería que tenían que respirar y, sobre todo, del riesgo de explosiones.
Julio Verne describe a Silfax como alguien siniestro, que realizaba su labor ayudado por un animal fantástico: «Antes de la invención de la lámpara de seguridad, Simón había conocido a aquel hombre terrible que, con exposición de su vida, provocaba cada día las explosiones parciales de hidrógeno. Había visto a aquel ser extraordinario arrastrarse por la mina, acompañado de una enorme ave, una especie de mochuelo monstruoso, que le ayudaba en su arriesgado oficio, llevando una mecha encendida a los sitios en que Silfax no podía llegar con la mano».
Es evidente que la referencia al animal entrenado no es más que una fabulación para ayudar al dinamismo de la narración, pero en otro párrafo de «Las Indias negras» podemos leer una descripción más ajustada de cómo se desarrollaba realmente esta labor, que ya aparece documentada en Inglaterra a mediados del siglo XVII:
-¿Os acordáis de qué modo se evitaba antiguamente la explosión en las minas, antes que nuestro buen genio, Humphry Davy, inventase su lámpara de seguridad?
-Sí, respondió Jacobo Starr. ¿Queréis hablar del «penitente»? Pero yo no lo he visto practicar nunca.
-En efecto, señor Starr, sois demasiado joven, a pesar de vuestros 55 años, para haberlo visto. Pero yo, con diez años más que vos, he visto funcionar al último penitente de la mina.
Se le llamaba así porque llevaba un largo hábito de fraile. Su verdadero nombre era «fireman», «hombre de fuego». En aquella época no había otro medio de destruir el gas maléfico que descomponiéndolo por medio de pequeñas explosiones, antes de que su ligereza le condenase en grandes cantidades en lo alto de las galerías. He aquí por qué el penitente, con el rostro enmascarado, la cabeza cubierta con un capuchón y el cuerpo envuelto en su sayal iba arrastrándose por el suelo.
Respiraba en las capas inferiores, cuyo aire es puro, y en la mano derecha llevaba, elevándola por encima de su cabeza, una antorcha encendida. Cuando el carburo se encontraba mezclado con el aire formando una mezcla detonante, se producía la explosión, sin ser funesta, y renovando varias veces esta operación, se conseguía evitar las catástrofes. Alguna vez el penitente, herido por la explosión, moría. Otro le reemplazaba.
Los penitentes desaparecieron de las minas de Inglaterra cuando la invención de las lámparas de seguridad los hizo innecesarios, pero su existencia está demostrada también en Francia, donde otro gran escritor, Emilio Zola, se ocupó de ellos en «Germinal», la mejor novela jamás escrita sobre el tema minero, donde escribe que allí trabajaban los llamados penitentes blancos, cubiertos con sábanas mojadas, quienes se adentraban en la mina portando antorchas para quemar el grisú que a veces se había acumulado en el techo de las galerías.
En España también consta su existencia en algunos lugares concretos como Villanueva del Río, en Sevilla, donde por analogía con los capuchones de Semana Santa se les llamaba nazarenos o sufridores, o en Vallejo de Orbó, un lugar de la montaña palentina, en el que se abrieron las primeras explotaciones en la década de 1840 y hubo vecinos que heredaron el apodo de «penitentes» por la profesión de sus antepasados.
Allí se recordaba muchos años después en qué consistía este penoso trabajo. Quienes lo asumían, tenían que bajar a la explotación una hora antes de que lo hiciese cada turno, para recorrer las galerías protegido por un levitón realizado en lana que recordaba a las chilabas árabes y llevando en una mano una lámpara de seguridad y en la otra un bastón con un cotón en un extremo para buscar el gas. Una vez encontrado, el penitente inflamaba el cotón y lo arrojaba con rapidez hacia el fatídico gas, al tiempo que él se tiraba al suelo rezando por que la llamarada no fuese muy grande y respetase su vida pasando sobre su cuerpo.
Los penitentes tienen hasta su propia estatua. Hace poco, el mierense Alberto Vilela, en su libro «Luces en las minas de Asturias» -imprescindible para el conocimiento de nuestro pasado minero-, nos descubrió la existencia de una escultura con la efigie de este tétrico personaje, exhibida hasta 1950 en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas de Madrid y cuyo destino era incierto. Posteriormente ha logrado localizarla, después de indagar entre los funcionarios de dicha institución, colocada en una repisa en un laboratorio, y reclama que sea colocada en un lugar más digno.
Ésta es una prueba del reconocimiento que en otro momento tuvo esta figura en nuestro país, pero a pesar de que algunos autores asturianos hayan escrito historias sobre las desventuras de este personaje en nuestras galerías, no parece encontrarse ninguna evidencia sobre este oficio en nuestras cuencas. Seguramente porque aquí se popularizó, como ya he escrito otras veces, el empleo de pájaros para detectar el gas y, además, la industrialización y la minería empezaron a despegar mucho más tarde, cuando ya se había extendido el uso de las lámparas de seguridad.
El caso es que un personaje tan extremo, siempre al borde de la muerte, tiene esa atracción irresistible para la literatura y la imaginación popular que envuelve todo lo morboso, y ahora resulta difícil separar lo real de los datos que se le han ido añadiendo para aumentar su leyenda. Así, hay quien da por cierta la existencia de condenados por la justicia que obtenían beneficios penitenciarios a cambio de arriesgar su vida de esta forma; algo que sí fue cierto, como hemos visto, en el caso de Francia, pero que aquí no consta en ningún documento. Reos no, tampoco niños, como hemos leído en algún trabajo en el que para exagerar la miseria del trabajo infantil, ya tan desgraciada de por sí, se afirma que en la España de principios del siglo XX había menores a los que se hacía adentrarse en las galerías con una especie de candil con la misión de localizar el grisú.
Curiosamente, Silfax, el viejo loco ideado por Julio Verne, parece acercarse más a la verdad que los penitentes que nos presentan algunos historiadores. La lógica nos dice que la mayor parte debía ser voluntarios elegidos entre hombres de edad avanzada o mineros enfermos necesitados de un jornal que no podían ganar con otro trabajo que requiriese un esfuerzo físico mayor, y a los que se les pagaba mejor que a sus compañeros por el riesgo que corrían sus vidas. Tampoco debían faltar, como siempre ocurre con estos puestos de alto riesgo, los aventureros o, simplemente, quienes decidían vivir al día, con un pie en el cementerio y el otro en el burdel o la taberna.
Lo demás podemos suponerlo. Pero el caso es que hasta que no se demuestre lo contrario, lo que conocemos de ellos en la Montaña Central es porque lo hemos leído o nos lo han contado.
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