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«Vientu de caín, amor de bruxes»
Braulio Vigón Casquero nació en Mieres en 1849 y pasó su infancia entre la villa y Laviana, por lo que hay que incluirlo por derecho entre los hijos ilustres de la Montaña Central de Asturias

«Vientu de caín, amor de bruxes»
Ernesto BURGOS Historiador
«Vientu de caín, amor de bruxes». Que traducido al castellano viene a ser algo así como «viento del Oeste, amor de brujas». Eso reza un refrán marinero, recogido en Colunga por Braulio Vigón que hace referencia al caín, con minúscula, esa niebla espesa que a veces cubre la costa haciendo que, por ejemplo, los aviones no puedan operar en el aeropuerto de Ranón, mientras en el interior gozamos de un día espléndido.
Al parecer, solo la disipa el viento del Oeste, pero por más vueltas que le doy, no sé lo que quiere decir el aforismo, porque desde mi infancia aprendí a entender mejor el pensamiento de los mineros que el de los hombres del mar, pero aún así, hoy lo he elegido para titular está página pensando en todo lo que uno puede imaginarse cuando lo escucha.

«Vientu de caín, amor de bruxes»
Don Braulio recogió este y otros refranes en un trabajo sobre el folklore del mar, que fue publicado en 1889 en un revista de Palermo. Y es que fue un hombre de costa, que pasó la mayor parte de su vida trabajando y escribiendo en Colunga, por eso durante mucho tiempo se dio por hecho que había nacido allí.
Pero no. Braulio Vigón Casquero vino al mundo el 7 de noviembre de 1849 en Mieres y pasó su infancia entre esta villa y el concejo de Laviana, por lo que debemos incluirlo por derecho entre los hijos ilustres de la Montaña Central. Sabemos que aquí estudió sus primeras letras antes de marchar para Llanes y, aún adolescente, se embarcó para La Habana en un intento fallido de hacer fortuna. La razón de estas mudanzas infantiles estaba en el trabajo de su padre, Juan Vigón, miembro de una de las primeras promociones de la guardia civil que se había fundado en 1844 para proteger la seguridad pública en las zonas rurales y aún no vestía su característico uniforme verde, sino el original azul oscuro con detalles en grana.
Hablamos de unos años en los que la industrialización estaba en mantillas y Mieres, aunque era ya Ayuntamiento, todavía no existía como pueblo, puesto que sus escasos habitantes se repartían en dos pequeños núcleos -Requejo y La Villa- separados por un kilómetro de carretera real. En La Villa se estableció la primera casa-cuartel de la Benemérita, con la finalidad de proteger a las diligencias que frecuentaban aquella ruta yendo y viniendo de Asturias a León.
Don Juan se había casado un año antes con la joven Rita Casquero, a la que llevaba 12 años, una diferencia de edad que se notaba más en aquel tiempo que ahora, y con ella iba a tener otras dos hijas. La familia fue viviendo por diferentes puntos de la región, siguiendo los destinos de su padre, hasta que 1869 le llegó el retiro en Colunga. En aquel momento solo era cabo primero y en consecuencia la paga de su jubilación no daba para mucho.
Braulio Vigón, tenía entonces 20 años y hacía tiempo que había regresado del Caribe para trabajar como dependiente en un comercio de Gijón al mismo tiempo que asistía a clases nocturnas para mejorar su formación, pero para ayudar a la economía de los suyos buscó empleo en un tienda colunguesa, cercana a la casa de sus padres; aunque para mantener su independencia decidió quedarse a vivir solo en una habitación inmediata al mismo comercio. Dos años más tarde, se convertiría en propietario de aquel establecimiento, lo que le permitió contraer matrimonio con María del Rosario Suerodíaz Montoto, quién sería la madre de sus once hijos, de los que sobrevivieron nueve.
El mierense murió en Colunga en 1914, después de haber dedicado su vida a esta población, compaginando los cargos municipales con su negocio; fue elegido alcalde en 1877 y, directa o indirectamente, la villa costera debe a sus gestiones numerosas obras públicas, carreteras, escuelas e incluso la construcción de su iglesia; pero Braulio Vigón no ha pasado a la historia por esto, sino por su labor como investigador de la historia, las tradiciones y las costumbres asturianas.
Su interés por esta tierra comenzó, como ha sucedido en casos parecidos, como una afición para ocupar sus momentos libres; estudiando primero los castros y los restos romanos más próximos a su residencia de los alrededores, para pasar enseguida a interesarse por las leyendas y las formas de expresarse de sus vecinos y así hizo el camino desde el paisaje al paisanaje para llegar por fin al país. Y este país no era otro que Asturias.
Posiblemente, el momento más importante de su vida intelectual se produjo a finales de 1872 cuando se puso en contacto con Fermín Canella, entonces secretario de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Oviedo, para entregarle algunos materiales que había encontrado en sus excursiones arqueológicas.
Don Fermín, quién sería en 1906 rector de la Universidad ovetense, estaba empeñado en aquel momento en reunir a los investigadores que venían publicando trabajos dispersos sobre temas asturianos desde diferentes puntos de la región, para coordinarlos en un mismo grupo; de esta manera los conocimientos de cada uno podían ayudar a los demás y al mismo tiempo, el trato entre todos podía evitar que se repitiesen inútilmente los mismos temas mientras otros aspectos de nuestra cultura permanecían inéditos.
Con estas premisas, en 1881 los dos amigos fundaron el grupo asturianista «La Quintana» al que pertenecieron entre otros Máximo Fuertes Acebedo y Joaquín García Caveda «Xuaco les Mariñes», que murieron pronto; Rogelio Jove; el banquero y, aunque parezca contradictorio, buen investigador, Fortunato de Selgas «Fortún de Cudillero»; Bernardo Acebedo; Ciriaco Miguel Vigil, cronista de Asturias, y Julio Somoza «Xulín de Xixón». Pero la utopía duró poco y al final los intereses personales de algunos minaron la moral de los demás haciendo que todo se fuese al traste.
En aquel ambiente cultural, Braulio Vigón y Fermín Canella fueron acrecentando poco a poco su amistad. De las cartas pasaron a las visitas y acabaron compartiendo ideales políticos y anhelos morales. Ambos fueron republicanos y masones. Braulio desempeñó el cargo de secretario del Comité de la Juventud Republicana de Gijón y tuvo el cargo de maestro (Grado 3º) en la prestigiosa logia ovetense Juan González Río, tomando el nombre simbólico de Martínez Marina.
En la misma logia se sentaron también otros cinco mierenses, que les cito a continuación porque sé que estas cosas satisfacen la curiosidad de muchos lectores: Rafael García Cañete, Julio Fernández, Demetrio Fernández Nespral, Dionisio Muñiz y Eugenio Quintana Lavilla. Si no encuentran aquí a su bisabuelo y dudan sobre su pertenencia a la fraternidad, no duden en preguntarme, ya que este no fue el único taller masónico que funcionó en la Asturias del siglo XIX y en las listas de los otros aparecen once mierenses más y trece vecinos de los concejos del Nalón.
Vigón publicó «Antigüedades romanas de Colunga», «Tradiciones populares de Asturias. Juegos y rimas infantiles recogidos en los concejos de Villaviciosa, Colunga y Caravia» y «Vocabulario dialectológico del concejo de Colunga», además de numerosos artículos sobre etnología en revistas especializadas, lo que le valió el reconocimiento de los expertos internacionales de la época con los que en algún caso llegó a cartearse frecuentemente.
Cuando murió estaba en posesión de las medallas de la Orden de Isabel la Católica y de la Real Academia de la Historia y actualmente en Colunga, donde un colegio lleva su nombre, su figura está suficientemente reconocida con el nombramiento de hijo adoptivo de la localidad. Sin embargo en Mieres, de donde era hijo natural, no intenten ustedes buscar ningún recuerdo suyo, porque no lo encontrarán.
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