02 de junio de 2012
02.06.2012
 
Panza arriba

Vacaciones antidepresivas

No hay nada como un largo viaje para afrontar la extraña enfermedad que generan los procesos electorales

02.04.2012 | 02:00
Vacaciones antidepresivas

Tras las elecciones estadounidenses en que perdió Jimmy Carter, los psicólogos catalogaron un nuevo trastorno psicológico denominado depresión postelectoral. Trastorno que, con los años, fue estructurándose según las patologías adicionales: a unos les da por llorar y encerrarse en sus casas (una buena mayoría, los que menos lata dan), a otros les da por protagonizar comportamientos violentos (los unabomber y terroristas solitarios de corte neofascista), a otros por radicalizar su tristeza (un ejemplo claro es el Tea Party) y al resto por una sensación de abatimiento que conlleva la sensación de cansancio generalizado. En general, los psicólogos han descubiertos que no es necesario que el paciente que acuse los síntomas haya perdido unas elecciones en las que se haya implicado, sino que también lo acusan aquellas personas que terminan asumiendo que todo se va a la mierda gane quien gane las elecciones. Y no te digo sí, como en Estados Unidos, las gana un negro, con lo que eso representa para un blanco, rubio, protestante y anglosajón. Como si en España las hubiese ganado un gitano o un moro. En España peor porque aquí no hay racismo: los gitanos son así porque quieren ser así, es su cultura, y los moros son como son porque son moros. Lógica aplastante del que ye listu por naturaleza.


Mi psicólogo de cabecera me diagnosticó hace días una variante extraña de la enfermedad: una depresión preelectoral. De fácil diagnóstico: el convencimiento previo de que para nada iban a servir las elecciones. Como siempre, me recetó unos días de descanso y yo, como buen paciente, me los tomé. Los mapas árabes dividen el Magreb en dos provincias: Magreb al-Aska, que es Marruecos, y Magreb al-Andalus, que es España. Como habitante del norte del Magreb decidí descansar en el sur y, como siempre que se habla de descansar, me acompañaron varios amigos, también moros del norte, para visitar a sus hermanos, moros del sur. Sin comentarios. Daría para una novela. Los moros del norte nunca vieron con buenos ojos a los moros del sur. Y las cosas han cambiado poco. Solo nos diferenciamos en que aquí se come cerdo y se limpia la mierda de los perros por la calle. En Marruecos, no hay ni cerdos ni perros. A no ser en política, que es como en todas parte. Cuando volvimos seguíamos en plena campaña. Los peores días: mucho ruido y pocas nueces. Noche electoral incluida.


En resumen: entre las apuestas electorales que gané y las que perdí, volví a la consulta y mi psicólogo particular volvió a recetarme vacaciones. Vuelvo a tierra de moros. Esta vez de moros y cristianos. Esa guapa tierra donde los aeropuertos son peatonales, los hospitales recién inaugurados no tienen camas y los políticos gastan trajes regalados.

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