21 de septiembre de 2012
21.09.2012
 
Así viví aquel año de... 1990

La reina del trapecio

21.09.2012 | 02:00
La reina del trapecio

La doma de elefantes, el lanzamiento del hombre bala, la gran colección de tigres y de leones o el humor solemne y desenfadado a un tiempo de los payasos, entre otros números, formaban parte de nuestros sueños juveniles en aquella época en la que los artistas de circo viajaban en caravanas que llegaban desde algún país encantado. Después, cuando aguardábamos nerviosos en la fila, manoseando repetidas veces la entrada, hasta llegar a estrujarla, nos parecía que nunca íbamos a poder penetrar en ese santuario mágico en el que las resplandecientes lentejuelas eran la confirmación de que estábamos en el paraíso. Y cuando comenzaba a sonar la música, ya nos habíamos convencido de que nuestros sueños se habían hecho realidad.


Por la noche, el Circo Atlas, el Circo Americano o el Price, entre otras carpas famosas, nos hablaban durante la duermevela, de modo que, al día siguiente, amanecíamos convertidos en el payaso listo, el carablanca de los Hermanos Tonetti o aún notábamos en nuestro cuerpo el olor a pólvora cuando salíamos despedidos del cañón, sin que en ningún momento llegáramos a aceptar que había sido un mecanismo más simple: un muelle elástico o un resorte de aire comprimido el que nos había hecho viajar hasta la Luna.


En mi caso, las madrugadas me pillaban siempre realizando acrobacias sobre el trapecio, dando la vuelta y quedando suspendido momentáneamente en el aire, sujeto por una mano o tan solo por los empeines. En otras ocasiones, mi valor se ponía a prueba con dos trapecios, siendo capaz de balancearme boca abajo y recoger a otro compañero de vuelo que había dejado de hacer piruetas en el aire para caer plegado entre mis manos. La razón de mis constantes apelaciones a tanto riesgo y espectacularidad tenía un nombre femenino, Pinito del Oro, y una ubicación concreta, Valladolid o La Pucela de mi infancia en la que vi por primera vez y sufrí el correspondiente hechizo ante aquella muchachita canaria que, sin duda, era la mismísima dueña del firmamento.


Más adelante, supe que había nacido en Guanarteme, en el circo de su padre, que a pesar de su corta edad sabía mucho de muertes: su hermana Esther había fallecido a causa de un accidente de carretera en un viaje de la troupe Segura, y su madre tuvo la mala suerte de sufrir un acceso de glucosa en la sangre el mismo día en que ella debutaba, sin llegarla a ver actuar, o que su nombre provenía de las dunas de Guanarteme, doradas como el sol. Pero en aquellos momentos, el niño que yo era y que se ponía de puntillas y ensayaba repetidos escorzos, sólo sabía que se había producido un milagro, pues no podía llamarse de otro modo a la ruptura de las leyes de la gravedad.


Por ello, mi alegría fue enorme cuando en el año 1990 le fue concedido el Premio Nacional de Circo, otorgado por primera vez por el Ministerio de Cultura. Se había hecho justicia a quien, además de elevarse en el espacio, pronunció palabras inteligentes sobre estos tiempos en los que se confunde tantas veces el vuelo: «Ya nada es lo mismo. El circo tampoco, y no es que no haya grandes artistas y buen circo, pero la juventud no tiene interés por nada. Vas a las playas y hay 70 tíos tirados al sol sin un libro, y 40 mujeres hablando de comida». Podría hacerse algún matiz a una parte de lo dicho, pero, de todos modos, la reina del trapecio sigue apuntando muy alto.

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