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Las siete vidas de Bernardo Coterón

El líder de la revuelta republicana que en 1869 tomó la Fábrica de Armas de Trubia logró escapar de Asturias por el valle del Nalón y refugiarse en Bayona (Francia)

Las siete vidas de Bernardo Coterón

Las siete vidas de Bernardo Coterón

Ernesto BURGOS Historiador

El 22 de mayo de 2004 Felipe de Borbón, príncipe de Asturias, maridó con una asturiana. Ante el riesgo de que la fecha pasase a engrosar el nutrido calendario monárquico de esta tierra mártir, el Ateneo Republicano de Asturias convocó aquel mismo día una fiesta para rendir un lúdico homenaje al oso que según la leyenda se merendó al rey Favila en el año 739. Curiosamente, la fiesta del plantígrado acabó consolidándose y no ha dejado de celebrarse cada año en la pequeña aldea de Llueves, sobre Cangas de Onís, cada vez con más asistentes.

Hay allí música, desfile procesional, discursos, banquete y mucho cachondeo y entre los actos está siempre la presencia de algún pregonero ilustre que se encarga de leer su propio mensaje y refrescar un texto que se repite en cada ocasión. Se trata de una página sacada de las memorias de Nicolás Estévanez Murphy, poeta, militar y ministro del gobierno de Pi y Margall, en el que cuenta como él, junto a otros compañeros, ya tuvieron la idea de honrar al peludo y noble regicida cuando buscaban como distraer sus horas de confinamiento en nuestras montañas, donde sufrían castigo por sus ideas.

Les he contado esto porque Murphy en otra parte de su escrito también cita a Bernardo Coterón, nuestro personaje de hoy. Volveremos a él más abajo, pero ahora vayamos al mes de septiembre de 1868, cuando la fuerza naval anclada en Cádiz se amotinó iniciando un levantamiento revolucionario conocido como «La Gloriosa», que puso fin al gobierno de Isabel II y dio inicio al sexenio democrático.

Entre los militares rebeldes había algunos tan populares como Juan Bautista Topete, Francisco Serrano y Juan Prim y aunque todos estaban de acuerdo en lo fundamental, pronto se planteó la disputa entre quienes se conformaban con cambiar de dinastía y los que propugnaban una república burguesa y democrática, aunque también existía una minoría que ya hablaba de hacer una revolución social.

El movimiento pretendía lograr amplias reformas sociales y políticas, garantizar los derechos fundamentales y la equidad de la justicia, suprimir las quintas y los consumos, abolir la esclavitud y la pena de muerte, reducir el poder de la Iglesia y convocar elecciones libres. Tardó en prender por toda España y para evitar el vacío de poder, los gobiernos locales fueron reemplazados de forma provisional por unas Juntas Revolucionarias que se organizaron en Asturias en Avilés, Gijón, Luarca, Llanes, Morcín, Mieres, Nava, Piloña, Siero, Villaviciosa, Oviedo y también en Langreo y Aller, como ya les conté en otra ocasión.

Aquellas Juntas no duraron mucho, puesto que el 11 de octubre ya habían cedido su representación a la de Oviedo y poco después el Gobierno provisional ya pudo hacerse cargo del control del Estado, cuando las tropas leales a los Borbones fueron derrotadas en la Batalla de Alcolea y la reina se fue al exilio. Entonces todas las fuerzas políticas pactaron una solución para el país que pasaba por convocar a las Cortes Constituyentes para el del mes de febrero de 1869 y redactar una nueva Carta Magna.

Otro acuerdo fue el de seguir con la monarquía, pero buscando un rey ajeno a los Borbones, que finalmente se encontró en Italia. Como saben, Amadeo de Saboya fue quien aceptó el recado, pero aunque lo intentó, no pudo ganarse a los españoles y su reinado solo duró tres años, entre 1870 y 1873, para dejar paso a una República aún más breve.

Mientras ocurrían estas mudanzas, Asturias no fue ajena al clima de descontrol que se vivía en toda España, soportando el susto permanente de las partidas carlistas, que aprovecharon el trono vacante para proclamar a su propio rey. Por su parte, los republicanos, aunque en un principio habían participado activamente en la formación de las Juntas, tampoco se quedaron a gusto con la decisión de seguir soportando otra testa coronada y, entre ellos, los federales más exaltados también decidieron tomar las armas.

Aquí, el Partido Republicano Federal era el que mejor representaba los intereses de las clases populares y no dudó en suscribir un acuerdo con sus correligionarios del país hermano, el Pacto Galaico-Asturiano, que contemplaba la posibilidad de recurrir a las armas si la necesidad lo reclamaba. Y así fue, cuando en octubre de 1869 las Cortes discutieron un proyecto de ley que suspendía muchas de las libertades que se habían conseguido con la Revolución. Tomando la cosa a la tremenda, algunos diputados republicanos dejaron el hemiciclo y al salir de las instituciones abrieron la puerta de la insurrección.

Varias provincias se sumaron al movimiento, que en Asturias fue encabezado por uno de aquellos parlamentarios levantiscos llegado desde León. Se llamaba Manuel Álvarez Acevedo y casi no tuvo tiempo de actuar, ya que fue detenido en cuanto pisó Oviedo y a pesar de que hubo un conato de asalto a la prisión para conseguir su liberación, se le llevó rápidamente hasta Madrid. También hubo algún disturbio en Gijón, que no tuvo mayores consecuencias.

Pero el día 5 de octubre un centenar de hombres tomó las armas en defensa de la República, y lo hizo textualmente, ya que su primera acción fue asaltar la Fábrica de Trubia para hacerse con sus fusiles. Parece que entre ellos había varios obreros del propio establecimiento que facilitaron la acción, aunque llevados por la pasión del momento, no se percataron de que habían saqueado el almacén de los defectuosos, de manera, que cuando se quisieron dar cuenta, los valientes que ya habían doblado su número inicial, se vieron con el culo al aire en el centro de Asturias.

Los artífices de aquella bienintencionada chapuza fueron Antonio Rodil Argüelles y Bernardo Coterón. El primero, un federal exaltado que había dejado el seminario para dedicar su vida a la propaganda de la Libertad, dirigiendo periódicos republicanos, y el otro el aventurero que Nicolás Estévanez Murphy cita en otra parte de sus memorias. Aquí tienen el párrafo al que me refiero:

«Para terminar este capítulo dedicaré un recuerdo a Bernardo Coterón, aquel tipo de novela a quien tuve el gusto de conocer en Llanes. Creo que ha muerto, y me parece mentira. En un día de Enero, en Llanes, apostó conmigo que era capaz de hacer lo que yo hiciera; me desnudé en la playa, me eché al mar y estuve en el agua dos minutos; él se desnudó con mucha calma y estuvo en el mar tres cuartos de hora. Años después me lo encontré en Madrid, bastante desfigurado, pero sano y fuerte. Venía de Londres, donde lo habían descuartizado no sé cuantos cirujanos célebres para curarle no sé cuantas cosas que le habían roto los indios filipinos, haciéndole éstos sobre cincuenta, heridas, ocho de ellas mortales. Y si alguien lo pone en duda, que pida informes á Oviedo».

En cuanto a las autoridades, desconociendo el alcance real de la revuelta de Trubia y la capacidad de defensa de los alzados, actuaron según el protocolo habitual de la época, ofreciendo el perdón a quienes se entregasen, con la excepción de sus jefes, mientras movilizaban a toda la tropa que les era posible, incluyendo a guardias civiles y carabineros. Pronto salieron en su persecución, llegando a sufrir incluso una pequeña derrota inicial, hasta que las armas rebeldes no dieron para más, y entonces la partida se dividió en dos para facilitar la huida.

Bernardo Coterón intentó el camino del puerto de Tarna para salir de la región y se dirigió hasta el valle del Nalón, allí su grupo fue dispersado al llegar a Barros mientras él, que parecía el hombre de las siete vidas, siguió con un puñado de irreductibles hasta Sama, donde se detuvo a hacer frente al enemigo uniformado parapetándose tras una barricada.

Podemos imaginarnos perfectamente la escena que siguió, porque los pintores del Romanticismo recrearon otras similares en sus cuadros: los rebeldes, diezmados y sin armas, apenas pudieron resistir el ataque de una fuerza muy superior y bien pertrechada que se lanzó sobre ellos a bayoneta calada. Hubo muchos heridos y algunos muertos -habría que darle un repaso al libro de defunciones de la parroquia para determinar su número-, aunque una vez más el incombustible Bernardo Coterón logró salvarse.

No sabemos como lo consiguió, pero pudo atravesar la Cordillera y llegar más tarde hasta Francia, donde vivió en Bayona, que por su proximidad a la frontera, ha sido siempre un refugio tradicional de perseguidos y disidentes de todas las ideas y que en aquellos días albergaba tanto a los carlistas como a los republicanos, enemigos acérrimos, a los que solo la penuria del exilio podía hermanar. En cuanto a su compañero Antonio Rodil, que había tomado el camino de la costa, acabó siendo detenido en Navia y encarcelado, pero tampoco abandonó sus ideas y hasta el final de su vida siguió dedicado a las publicaciones republicanas.

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