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Un Sagasta ya mayor

El fundador del Partido Liberal fue recibido en septiembre de 1892 - en la estación de ferrocarril de Mieres por las autoridades locales - con las notas de un pasodoble en vez del himno de Riego

Un Sagasta ya mayor

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Ernesto BURGOS Historiador

Hace años vi por casa de un amigo una fotografía antigua que me llamó la atención. En ella, un grupo de personas elegantes y con pinta de buen comer posaban sonrientes, sentados en las sillas de un jardín, en torno a un hombre ya mayor, al que por su actitud parecían estar homenajeando. El reverso, a pluma y con buena letra, explicaba la escena: "Visita de Sagasta a Mieres, 1892".

Al parecer, un antepasado del poseedor del documento, había pertenecido al Partido Liberal y lo guardó entre sus pertenencias más queridas. Ahora he encontrado algo de tiempo para buscar más datos sobre dicha visita y, como es lógico, los comparto con ustedes.

Don Práxedes Mariano Mateo-Sagasta y Escolar fue uno de los personajes claves en la España del siglo XIX; había nacido en 1825, por lo que cuando se acercó a la Montaña Central ya contaba 67 años, lo que en aquel tiempo lo situaba en la ancianidad, y para entonces se encontraba de vuelta de mucha cosas. Era ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y como tal había sido jefe de Obras Públicas de Zamora y dirigido la construcción de carreteras y vías férreas por tierras castellanas.

Más tarde, a los 32 años y durante 9, profesor de Topografía y Construcción, mientras se iniciaba en el mundo parlamentario destacando por su oposición a la reina Isabel II, de modo que cuando en 1866 se vio implicado junto al General Prim en la fallida sublevación del Cuartel de San Gil tuvo que dejarlo todo y exiliarse.

Luego, dos años más tarde triunfó la Revolución y pudo retornar para ser nombrado ministro de la Gobernación y dedicarse en cuerpo y alma a la política, adquiriendo fama como orador y hombre cabal. Desde ese momento fue llamado en varias ocasiones para presidir el Consejo de Ministros y, tras encabezar a los progresistas que formaron el llamado Partido Constitucional con el que pasó una larga temporada, dio el pasó definitivo en 1880 fundando el Partido Liberal.

La historia lo recuerda luego, alternándose en el poder con Canovas del Castillo, dirigente a su vez del partido Conservador, de manera que este sistema bipartidista - que seguramente hoy ven con envidia desde el Partido Popular y el PSOE- fue el que sostuvo la monarquía española, sobre todo durante la regencia de María Cristina para asegurarle la corona a su hijo Alfonso XIII.

Sagasta llegó a Mieres el 17 de septiembre de 1892, cuando sus ideales de juventud ya se habían ido diluyendo con los años. Vino acompañado de los dirigentes de su partido en Asturias y seguido por los corresponsales de varios diarios regionales y nacionales que simpatizaban con sus ideas, como "El Carbayón", "El Correo de Asturias", "La Libertad" y "La Iberia". El hombre que había alcanzado el grado 33 en la masonería y ejercido como Gran Maestre del Gran Oriente de España, ya no quería saber nada de sus hermanos de orden y llevaba tiempo sin pisar una logia; lógicamente su visión de la realidad política también se había ido moderando y en aquel momento aceptaba las decisiones de la Casa Real sin reservas, por lo que su actuación en el Gobierno apenas se distinguía de lo que hacía cuando le tocaba estar en la oposición.

Por eso, cuando fue recibido en la estación del ferrocarril por el alcalde de la villa, la mayor parte de los concejales y una delegación de los ingenieros de la Fábrica, con su director Jerónimo Ibrán al frente, la Banda de Música municipal, advertida, tocó un pasodoble en vez del Himno de Riego que esperaba el pueblo llano. Una circunstancia que no pasó inadvertida para algunos periodistas desplazados desde la capital que cubrían el acto y que con ironía recogió el corresponsal de "El Heraldo de Madrid" comentando la respuesta que le dieron las autoridades mierenses: "la banda no ejecutó el himno de Riego porque supusieron que el político ya estaba cansado de oírlo. -¡Ya!-".

Seguidamente, y al son de otros compases tan alejados de lo reivindicativo como los anteriores y que apenas se oían porque centenares de obreros disparaban morteros y cohetes a su paso, la comitiva se dirigió hasta la entrada del establecimiento fabril, donde se había levantado un hermoso arco de hierro adornado con atributos de la industria y la minería y una dedicatoria al conocido político.

Una obra que medía siete metros de altura y había sido proyectada y construida en doce horas y que seguramente no era inocente ya que con ella se quería mostrar la potencia y el buen hacer de aquellas instalaciones, que apenas eran demandadas por el Gobierno liberal, más inclinado a encargar sus grandes obras a la empresa "Maquinista Terrestre y Marítima", de Barcelona.

En la mente de los ingenieros estaba el puente construido para Logroño en 1882 por decisión expresa de don Práxedes -330 metros de longitud, 1.106 toneladas de hierro y 547.479 pesetas de inversión- que allí se llamaba "El Sagasta", cuya adjudicación aún causaba resquemor en los asturianos. De manera, que en el recorrido por las instalaciones se echó el resto mostrándole los talleres de pulido, ajuste, laminación y especialmente los de construcción de puentes y calderería, y para que pudiese sentir más intensamente el calor de los asturianos se le hizo presenciar una colada de diez toneladas de acero que se hizo en el alto horno.

Luego pasaron todos a la casa de los Guilhou donde los recibió la señora de la casa y su hija Jacqueline, que en aquel momento era la prometida de don Pedro Pidal, hijo de don Alejandro, el asturiano con más poder en aquellos años, quien también se encontraba allí para saludar a su viejo conocido; la mañana estaba agradable y el grupo salió después a los hermosos jardines de la Fábrica donde se les sirvió un suculento almuerzo, preparado espléndidamente para 25 cubiertos.

Entre el postre y los cafés fue cuando se tomó la fotografía, cuya autoría debemos a un oficial de artillería apellidado Jungueras que se ocupó de la técnica mientras una orquesta amenizaba con su música, porque ya saben ustedes que en la época que nos ocupa, plasmar un retrato llevaba casi tanto tiempo como hacer un dibujo a carboncillo.

Cuando concluyó el agasajo y con el cielo amenazando tormenta, los comensales se fueron hasta el sur del concejo en otro tren preparado con tres vagones -uno de ellos habilitado para los músicos que no cesaron de tocar-, para visitar las concesiones mineras de don Claudio López Bru y cerca de Ujo pudieron presenciar el lavado de carbones de aquellas explotaciones hasta que la oscuridad hizo aconsejable el retorno.

Serían ya las ocho de la noche, cuando el político dio por concluida la visita felicitando efusivamente a don Félix Parent en representación del marqués de Comillas, luego el hijo del señor Pidal dio un grito de ¡Viva Sagasta! que se ahogó entre los bufidos de la máquina de vapor y el convoy partió, deteniéndose en Ablaña para despedirse de la familia Guilhou y llegar a Oviedo con el tiempo que don Práxedes necesitaba antes de asistir a la inauguración del teatro Campoamor, que se estrenó aquella noche con la opera "Gli Ugonotti".

Al día siguiente, la prensa informaba de que el recibimiento hecho al jefe de los liberales en la Fábrica de Mieres había sido cortés sobre toda ponderación pero sin ningún carácter político.

El 14 de noviembre de 1894 Sagasta dio un paso más en su alejamiento del republicanismo haciendo público en el Congreso de los Diputados su definitiva separación de la Masonería; poco tiempo después, cuando volvía a presidir el Gobierno de su majestad, le tocó asumir el mayor marrón de nuestra historia contemporánea: la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam en el desastre de 1898. Tenía la piel tan curtida que aún fue capaz de asumir aquella circunstancia y repetir ese cargo en 1901.

Don Práxedes Mateo-Sagasta falleció el 5 de enero de 1903 y su cadáver reposa en un precioso mausoleo del Panteón de Hombres Ilustres de Madrid, pero sus seguidores guardaron su memoria durante décadas.

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