El oso yuntero de Arbas
Las interpretaciones y leyendas vinculadas a los animales representados en una portada lateral de la real colegiata de Santa María, templo románico ubicado en Villamanín y vinculado a Lena

El oso yuntero de Arbas
Ernesto BURGOS Historiador
(A José Antonio Iglesias, poeta y asturiano de Villamanín).
El 15 de diciembre de 1989 los trabajadores que cada mañana cruzaban la zona financiera del corazón de Nueva York hacia el edificio de la bolsa, se encontraron con una escultura que embellecía su paseo. Era una buena representación en bronce de un toro a punto de embestir y al parecer se había colocado la noche anterior sin previo aviso ni ceremonia de inauguración. La cosa, que ya era extraña por esta circunstancia, tomó la categoría de misterio cuando la policía se dio cuenta de que nadie conocía nada sobre su procedencia ni se había autorizado su colocación a pesar de que pesaba 3.200 kilogramos.

El oso yuntero de Arbas
El enigma no tardó en resolverse, pero los detalles del asunto fueron también sorprendentes. El responsable de todo había sido el artista italiano Arturo Di Modica, quien había gastado todos sus ahorros en aquella acción con la que quería alegrar las navidades a sus vecinos después de la crisis bursátil de 1987. Al día siguiente, una grúa se llevó al fantástico animal, pero después de algún tira y afloja y a petición popular, el toro fue colocado definitivamente en un plaza al final de Broadway y hoy es uno de los iconos que buscan los turistas que visitan la gran ciudad y también de los empleados de la Bolsa que lo han aceptado como símbolo del éxito en su actividad.
De Modica escogió al toro para su escultura porque conocía que los inversores ya identificaban este animal con la subida de acciones, igual que hacen en sentido contrario con el oso, al que ven como símbolo de las pérdidas y así, en el argot financiero, se llama "mercado toro" a la tendencia alcista y "mercado oso" a la baja. Por eso también están las dos figuras frente al monumental edificio que alberga la bolsa de Fráncfort, conocida como la catedral de los capitalistas por su cúpula de 43 metros de altura.
Y ahora ya se estarán preguntando cual es la relación de esta historia con la Montaña Central. Pues bien, para encontrarla debemos subir hasta la real colegiata de Santa María de Arbas, que aunque se ubica en tierras de Villamanín siempre ha estado vinculada al concejo de Lena.
Se trata, como a lo mejor ya saben, de un hermoso edificio de traza románica, levantado junto a un hospital de peregrinos, aún más antiguo, en el que abunda la decoración con figuras simbólicas, sobre todo en una de las arquivoltas del arco interior donde pueden verse cabezas humanas, animales cuadrúpedos, un extraño personaje tumbado con un libro en una mano y una paloma en la otra, una rana, serpientes, leones y, en fin, una colección de figuras que en se esculpieron en su día con un significado que se nos escapa.
Pero hoy nos interesa más otra portada lateral, abierta en el lado occidental dentro del cuerpo inferior de la torre porque allí, una frente a la otra, vemos representadas las figuras de un oso y lo que algunos interpretan como un toro y otros como un buey; algo imposible de determinar con certeza, a partir de una cabeza de piedra, pero que nos lleva más de mil años atrás a encontrarnos con los mismos animales de los inversores de Nueva York y Fráncfort.
A pesar de que estos motivos se repiten también en otros lugares como la portada del Perdón de San Isidoro de León, en Arbas siempre han llamado la atención, hasta el punto de que tienen su propia leyenda, vinculándola con la fundación de este establecimiento. Según se cuenta, los protagonistas fueron los primeros ermitaños que se asentaron en el lugar y estaban empeñados en la construcción del templo primitivo. Al parecer, uno de ellos llamado Pedro, que se había dormido rendido por el trabajo, fue despertado por una voz que gritaba su nombre desde el cielo para que pudiese ver como un oso mataba a uno de los dos bueyes que tiraban del carro en el que se acarreaban la piedra desde la cantera abierta cerca del Pico Tres Concejos,
Entonces el cantero en vez de amilanarse se enfrentó con el animal, dominándolo y perdonando su vida a cambio de que pasase a ocupar el lugar de su víctima. Aunque yo prefiero otra versión más pacífica, que explica como el devoto dormilón, se dirigió hasta al plantígrado para convencerlo de que no había nada más noble que dedicar la vida a levantar iglesias y la fiera arrepentida de su acción se dejó uncir en el lugar que había ocupado su víctima.
De cualquier forma, hay que decir que esta historia tampoco es original y se repite con algunas variantes en otros sitios sagrados que cuentan a su vez con las dos figuras esculpidas. Por ejemplo en Liébana, donde se cree que fue el fundador del monasterio, Santo Toribio, quien meditaba en el bosque sobre la manera de convencer a los montañeses para que le ayudasen con su obra, el que vio una feroz pelea entre un oso y un buey y sin dudarlo los separó, obteniendo como agradecimiento que ambos le ayudasen a arrastrar la primera piedra del edificio, con la consiguiente conversión de los vecinos del lugar, que pasaron a ser fervientes cristianos.
Debemos decir que hay quien prefiere otra tradición, también sin ningún fundamento, que atribuye al rey Pelayo la fundación de Arbas, pero dejándonos de fantasías, es imposible saber lo que querían plasmar realmente los canteros medievales con estas representaciones, porque a pesar de que se han escrito cientos de libros sobre el significado de las fantásticas esculturas del arte románico, siempre se trata de deducciones y opiniones personales de las que no se puede concluir nada con seguridad.
Aunque nunca sabremos con certeza la antigüedad de estas leyendas, si las queremos remontar al origen de las construcciones, debemos tener en cuenta que Santo Toribio de Liébana empezó a construirse en 1265, mientras que la hospedería y el hospital de Arbas estaban abiertas desde antes del 1200 por una comunidad que se regía por la regla de San Agustín y según la documentación que se conserva ya había recibido espléndidas donaciones de nobles asturianos y hasta del emperador Don Alfonso, y su hijo Don Fernando II, quien incluso se había hospedado allí con su heredero en 1216.
Lo que si podemos hacer es un paralelismo entre los osos y los toros que nos dejaron nuestros antepasados y los que hoy se presentan ante las bolsas, que no son otra cosa que los nuevos templos de la deidad que ha acabado teniendo más adoradores en este mundo: el dios Dinero. En ambos casos la lectura es parecida: el oso, símbolo de la Libertad y el andar por libre representa lo malo y el buey, o el toro si lo prefieren, es el camino hacia la felicidad, la celestial para los hombres del medievo y la terrenal para los financieros y banqueros de la actualidad.
La leyenda de Arbas nos recuerda el esfuerzo de quienes eligieron este lugar para edificar un hospital de peregrinos sabiendo que allí ya venían parando obligatoriamente los que optaban por recorrer el camino asturiano para dirigirse a Santiago de Compostela. Bajo su techo buscaban albergue los enfermos para recobrar su salud y los sanos simplemente reponer fuerzas antes de enfrentarse al temido paso de Pajares, como explicaba Pascual Madoz en su famoso diccionario publicado a mediados del siglo XIX donde dejó escrito que allí se socorría con pan y vino a los transeúntes que lo solicitaban y se hacían además otros muchos beneficios, sobre todo durante el crudo invierno.
Más de mil años de historia que vieron tejerse entre sus muros innumerables historias de supervivencia hasta convertir esta tierra mágica en un crisol donde Asturias y León mezclan sus identidades. A lo mejor es bueno que nos acordemos ahora de la leyenda del oso y el toro y nos pongamos todos a tirar todos en la misma dirección.
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