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El pariente leonés

El hallazgo en el municipio de Valdelugueros de los restos de dos hombres adultos en la cueva de La Braña-Arintero, donde vivieron hace 7.000 años

El pariente leonés

De vez en cuando me gusta parar en León para repasar sus monumentos y su gastronomía -como diría un pedante- y entre la Catedral y el botillo siempre acabo visitando el magnífico museo de la ciudad, ubicado en el céntrico edificio Pallarés. Esta vez tuve la suerte de encontrarme allí con una nueva adquisición, cuya historia, por lo que toca a la Montaña Central, me veo obligado a contarles.

Todo empezó en el otoño de 2006 cuando el Diario de León publicó la fotografía de un excursionista que sujetaba en su mano el cráneo perteneciente a un esqueleto humano hallado en una cueva de la Cordillera Cantábrica. La imagen hizo saltar las alarmas de los responsables de Cultura de la Junta de Castilla y León, quienes, tras denunciar el caso en un Juzgado de Instrucción, se personaron en el lugar del hallazgo acompañados de un arqueólogo y pudieron localizar los restos de dos esqueletos completos, cuyo estudio está revolucionando la información que teníamos hasta ahora sobre el comportamiento y el aspecto físico de nuestros antepasados.

La cueva de La Braña-Arintero está en el municipio de Valdelugueros, una zona que cuenta con varios puentes medievales y romanos, herencia de la vieja calzada que entraba en Asturias por Vegarada y que aprovechó el paso que ya era frecuentado desde la Prehistoria para comunicar las dos vertientes de la cordillera, por lo que es de suponer que el hábitat de los hombres que habitaban allí debía extenderse por las zonas próximas de la Cordillera Cantábrica, incluyendo toda el área de nuestras cuencas mineras.

El yacimiento está a 1.489 metros de altitud, en un macizo por donde discurre el arroyo de Villarías, un afluente del río Curueño, que nace en el puerto, en la vertiente opuesta al curso del río Aller. Hoy se accede a la cueva por una boca que mira al Este, pero es difícil conocer dónde estaba su entrada original, ya que en un profundo rincón de la cavidad se encontró también el esqueleto de un oso, que nunca podría haber accedido hasta allí de no haberlo hecho por otro paso más fácil. El paraje es frío durante todo el año, lo que favoreció la conservación de los huesos descubiertos en su interior, que pertenecieron a los dos individuos denominados por los científicos "La Braña 1" y "La Braña 2".

El primero era un varón adulto que murió con unos 30 o 35 años de edad. Apareció en una especie de repisa, al final de una estrecha galería, y a pesar de que los huesos ya habían sido manipulados por los montañeros, se apreciaba claramente que el cuerpo estaba recostado hacia la izquierda, con las piernas flexionadas y protegido por bloques calcáreos y trozos de estalagmitas; aunque esto no pudo impedir que algunos huesos de las piernas hubiesen saltado, seguramente cuando el cadáver se fue descomponiendo, para mezclarse con los restos del segundo individuo, depositado en un pozo cuatro metros más abajo.

A los arqueólogos no les cabe duda de que los muertos fueron colocados allí intencionadamente para protegerlos de los animales carroñeros, pero el depósito se hizo con cuidado y también siguiendo un antiquísimo ritual funerario, ya que entre los restos de "La Braña 1" se encontraron maderas carbonizadas y restos de ocre que se pudieron emplear para pintar la piel del muerto y todo parece indicar que luego pudo estar cubierto por pieles, esteras o incluso atado.

En cuanto a "La Braña 2", una gran lastra de caliza arrojada sobre él, hizo que pasase más desapercibido, pero no pudo evitar que su esqueleto acabase completamente desarticulado, tal vez por la acción de los visitantes que se acercaron hasta el pozo en estos últimos años o por alguna inundación que hizo flotar los huesos. A pesar de este destrozo, una característica muy interesante de este segundo cuerpo es que con él se encontraron 24 caninos de ciervo perforados, que el muerto llevaba consigo.

El hecho de que los dos cadáveres fueran depositados y no enterrados es nuevo en el Mesolítico español, ya que se conocía esta práctica funeraria en Portugal o Italia, pero aquí es la primera vez que se puede confirmar; aunque la mayor sorpresa de este yacimiento llegó hace poco, con la publicación en la prestigiosa revista Nature de que el investigador catalán Carles Lalueza Fox, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), había logrado desvelar gracias al ADN obtenido de los dientes de "La Braña 1" su genoma completo, determinando entre otras cosas que su piel era oscura.

Ya se sabía que la genética de los primeros europeos es herencia africana, pero hasta ahora se consideraba que individuos muy anteriores a estos de Valdelugueros, ya tenían la piel clara. Ahora parece que, al menos quienes vivieron por aquí hace siete mil años tenían un color más oscuro que el de un playboy después de tomar un verano de sol en Marbella, pero sin llegar al negro de los africanos. A esto se añade la curiosidad de que sus ojos eran azules, lo que acaba convirtiéndolo en un tipo verdaderamente atractivo, que además -para acabar de complicar el asunto- parece emparentado con los pobladores de un yacimiento del Paleolítico superior del lago Baikal en Liberia, cuyo genoma también se ha recuperado recientemente.

Afortunadamente el estudio del yacimiento está dando para mucho y numerosos especialistas se han ocupado ya de ir dando forma a los datos obtenidos en los laboratorios. Así, la antropóloga Encina Prada tiene cerrado un perfil físico de los cuerpos: se trata de dos varones de unos 35 o 40 años, de parecidas características, que tenían rasgos suaves y no eran ni muy robustos ni demasiado altos, ya que medían 1,66 y 1,63 centímetros. El estudio detallado de los huesos indica también que habrían pasado gran parte de su tiempo en cuclillas o arrodillados, fabricando utensilios con los que ayudarse en la cazar y la recolección de vegetales.

Por su parte, expertos de la Universidad de Oxford, en colaboración con la de Santander, también han determinado a partir del colágeno encontrado en ambos esqueletos que es muy probable que durante sus últimos años de vida se alimentasen con peces de río o con pescado y otros animales del mar, ya que del análisis de los isótopos extraídos de los restos óseos se deduce que basaban su dieta en proteínas de origen marino.

Como es obvio que no las podían encontrar en Valdelugueros, debemos deducir que estos hombres adaptaban su residencia según las estaciones del año y seguramente pasaban los meses de frío en la costa asturiana, donde ya se han estudiado varios yacimientos de esta época en la franja que une el litoral oriental de Asturias y el occidental cántabro. Incluso, siguiendo esta hipótesis, los investigadores Federico Bernaldo de Quirós y Ana Neira, aventuran que los dos individuos pertenecerían a un grupo que rondaba las cincuenta personas y que atravesaba periódicamente los pasos de la montaña buscando el buen tiempo, algo -añado yo- que actualmente siguen haciendo numerosas familias asturianas.

Como ven, la tecnología permite en los últimos años dar pasos de gigante en el conocimiento de nuestro pasado, que hasta hace muy poco se basaba más en las intuiciones que las certezas. Hoy podemos sorprendernos sabiendo que existe continuidad genética en las poblaciones del centro y del oeste de Euroasia y saber como nuestro cuerpo se fue adaptando al cambio de dieta que trajo la agricultura y de qué forma nos afectaron nuevas enfermedades que llegaron por el contacto con los primeros animales domesticados.

Cada vez queda menos para el azar o las hipótesis y cualquier detalle que pueda aportar información se somete al ojo científico. Hasta los caninos de ciervo que formaban el adorno hallado junto a los cuerpos han sido investigados por unos expertos franceses que los explican como un aderezo que iba fijado en la vestimenta habitual del difunto y que necesitó mucho trabajo, ya que fueron escogidos cuidadosamente entre las dentaduras de varios animales, todos machos, y -según los estudiosos- perforados luego por distintos artesanos o al menos con técnicas diferentes.

Ya lo ven, aunque aún no está cerrada la investigación sobre el segundo individuo de Valdelugueros y admitiendo la sospecha de que en la zona pudo haber otros descubrimientos anteriores ocultados desde hace tiempo por quienes destrozaron los yacimientos para llevarse los huesos como recuerdo de una excursión de montaña, la labor que se está haciendo en este yacimiento es envidiable y cuando toca decirlo hay que decirlo.

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