De Lo Nuestro | Historias Heterodoxas
El espinoso asunto de "Cericu del Rosil"
La historia de un joven vecino del concejo de Laviana al que muchos atribuían un comportamiento violento que nada tenía que ver con la realidad

El espinoso asunto de "Cericu del Rosil"
Ernesto BURGOS
El domingo 2 de enero de 1921, el diario "El Noroeste" inició una serie de crónicas dando cuenta de un suceso ocurrido unos días antes en El Rosil, una localidad del concejo de Laviana, a la vez que culpaba de los mismos a uno de sus vecinos, cargando tintas sobre él, citando unos antecedentes terribles y atribuyéndole un comportamiento salvaje y propio de un bandolero.
El Rosil, o Roxil si lo prefieren en asturiano, es un lugar emplazado a una altitud de 710 metros que pertenece a la parroquia de Villoria y está actualmente deshabitado, pero en aquel año un par de familias emparentadas entre sí se dedicaban allí a la ganadería. Una de ellas la formaba un joven al que llamaban "Cericu", con su esposa y un hijo de 25 meses. En la primera crónica de "El Noroeste" se le identificaba como Alejandro González, de 29 años y pésimos antecedentes, ya que hacía tiempo había matado a su vecino Avelino González, eludiendo la condena gracias a la protección de una persona influyente, y desde entonces seguía con sus fechorías, dejándose ver por las calles de Lorío con una escopeta, amedrentando a los varones y atropellando a las mujeres.
El periodista no se atrevía a dar el nombre de quien lo encubría, pero aseguraba que tenía que ser así, porque en una ocasión, cuando el "Cericu" estaba escondido, la Guardia Civil trató de atraerlo con un engaño a su cuartel, y en su lugar acudieron a la cita un abogado y un procurador, en una maniobra tan descarada que el sargento del puesto incluso se planteó acusarlos formalmente de encubridores.
La información decía que las últimas fechorías del "Cericu" tenían como víctima a la otra familia de su aldea: allí había golpeado a la anciana Ramona Ablanedo, de más de 70 años, y abusado deshonestamente de sus hijas Engracia, Rosa y Carmen, manteniendo después otro enfrentamiento con el hermano de éstas, Alejandro, el único varón de la casa, y con un amigo suyo, Constantino Piñera, hiriendo de gravedad a este último e incendiando después su vivienda.
La cosa parecía clara, pero tres días más tarde, el periódico volvió al tema contando la visita que su cronista había realizado al lugar de los hechos acompañado del fotógrafo Alfredo Laviana y de don Ángel Ramos. Al parecer, después de dos horas de camino por el monte solitario, se presentaron en El Rosil para intentar hablar con el delincuente, que se ocultó en una vivienda vecina.
Los atendió entonces su esposa Aurina Martínez, una mujer joven, que presentaba una mano vendada, cubriendo la herida de una puñalada, pero al ver que se paraban con ella, el "Cericu" salió de su escondite, viéndose que también tenía una herida de bala en el carrillo izquierdo, y dos puñaladas en la misma parte del cuerpo, que según el dictamen facultativo eran de pronóstico reservado.
Allí lo interrogaron sobre lo que había ocurrido y él dio su versión: "Serían las once de la noche. Llamó a la puerta Alejandro Barbón Ablanedo pidiendo alojamiento. Le mandamos entrar y le dimos una taza de leche y pan. Yo estaba en la cama. De repente, Barbón sin decir palabra, me hizo dos disparos de pistola, alcanzándome uno. Al mismo tiempo entraron otros cuatro hombres y una mujer, que venían con él armados de cuchillos y una escopeta de dos cañones. A la agresión salté de la cama y escapé por la puerta de abajo". A la vez confesó haber herido a Constantino Piñera, pero negó ser el autor del incendio, añadiendo como prueba que él había sido el más perjudicado al perder en el fuego a cuatro vacas y una cerda de su propiedad.
Sin tener en cuenta ni las heridas, ni la muerte del ganado del supuesto delincuente, el periodista no varió su opinión sobre lo sucedido y escribió que el recorrido de la bala que recibió el "Cericu" en el carrillo mostraba que no la recibió estando como dijo, y lo de los cuatro hombres y una mujer era otra fantasía, porque la verdad consistía en que Aurelio y su primo Constantino se habían presentado a levantar una vara de hierba destrozada por el viento y al no encontrarla culparon al "Cericu", quien puso fin a la discusión disparando un tiro de escopeta sobre Constantino. Y en cuanto al incendio, lo que ocurrió fue que el fuego iniciado en la casa de la anciana Ramona Ablanedo se había propagado a la cuadra de su agresor, que estaba muy cercana.
La animosidad del "Cericu" se explicaba por una cuestión de herencia: su padre era hermano de la anciana Ablanedo y a la muerte de aquel, ésta se adjudicó su parte legítima, tocándole unas fincas que su sobrino demandaba, sufriendo desde entonces su venganza hasta el punto de que se había visto obligada a refugiarse en el monte y ahora se dedicaba a la mendicidad.
El 6 de enero, "El Noroeste" insistió en sus ataques al "Cericu", aunque sorprendentemente y sin dar más explicaciones, atribuyéndole otra identidad: ahora lo llamaba Aurelio Ablanedo González, pero sin cambiar las acusaciones de violación, la muerte de Avelino González, las palizas a la anciana Ramona y a una de sus hijas, y los trágicos hechos ocurridos el día 30, e incidía en la teoría de que estaba protegido por gente de influencia ya que seguía en libertad a pesar de tener varios asuntos pendientes con la Justicia, apoyando su indignación en el hecho de que algunos vecinos de los pueblos cercanos al Rosil se habían acercado a la corresponsalía el jueves, día de mercado, para testimoniar su agrado por la detallada información del suceso.
De paso también ponía en duda el parte facultativo que calificaba de "graves" las heridas de Aurelio, asegurando que el diagnóstico se debía a que el médico y el juez habían sido sorprendidos en su buena fe, mientras él se paseaba por las calles de la villa.
Por su parte, el minero Alejandro Barbón Ablanedo, a quien acusaba el "Cericu" de haber entrado en su casa de noche con ánimo de asesinarlo, había cambiado por miedo su residencia hasta Laviana. El joven, que era "muy escaso de espíritu", mantenía que se había defendido tras el disparo que hizo caer a Piñera, sacando una navaja y dando algunos golpes con ella a Aurelio Ablanedo, sin negar ni confirmar que había herido a la vez a su esposa Aurina, y en cuanto al balazo recibido por el "Cericu" en el carrillo, le echaba la culpa a la misma Aurina, sin dar más explicaciones.
El asunto fue puesto en manos del juez de instrucción Villarejo de los Campos, quien se trasladó hasta El Rosil y detuvo a todos los implicados para someterlos a un careo antes de ponerlos en libertad.
Poco después, el "Cericu" volvió al juzgado, aunque esta vez voluntariamente y para denunciar que su casa había sido incendiada de nuevo y el fuego había carbonizado a las dos vacas que aún le quedaban, más cuatro cabras y la provisión de maíz y castañas que guardaba para alimentar a los suyos. En consecuencia, se veía obligado a abandonar la aldea para trasladarse a vivir a La Pomarada, en Villoria, y El Rosil quedaba deshabitado.
El 25 de enero, se publicó una carta abierta de Aurelio Ablanedo, acusando directamente a Alejandro Barbón, Constantino Piñera y los hermanos Daniel y José Suárez, de estos desastres mientras proclamaba su inocencia, avalada por su puesta en libertad, negando las acusaciones de violación y las agresiones que le venía atribuyendo "El Noroeste", y exigiendo una rectificación. A la vez comunicaba que su caso iba ser defendido por el abogado criminalista Alfonso Muñoz de Diego, un conocido progresista, colaborador de periódicos como "El Progreso de Asturias"," El minero de la hulla" o "La Aurora social", que en 1933 llegaría a ser diputado por el Partido Republicano Liberal Demócrata.
Todo parece indicar que el "Cericu" no era tan malo como lo presentó aquel corresponsal empeñado por algún motivo en denigrarlo, y ahora que el tiempo va poniendo los detalles al descubierto, se nos presenta más como víctima que como verdugo. En cuanto a su supuesta condición de vago y delincuente, los hechos hablan por sí solos: el 19 de octubre de 1935, los diarios anunciaron que en la mina "Ribota", de Laviana un desprendimiento había sepultado a dos trabajadores. Uno se llamaba Joaquín Cueto, soltero, de diecinueve años; el otro, casado, de cuarenta y cuatro, era Aurelio Ablanedo.
Como señal de duelo se suspendieron los trabajos en aquella explotación y los pozos próximos. Por su parte, el gobernador general Ángel Velarde, un oscuro personaje destinado en Asturias tras la Revolución, declaró: "Es un accidente más, que como todos ellos hiere nuestros sentimientos humanitarios".
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