De lo nuestro | Historias heterodoxas
La última voluntad de Constantino García
La historia del sindicalista langreano de la CNT, fusilado en 1938

La última voluntad de Constantino García
Ernesto BURGOS
En el año 2001, Felicísimo Gómez Villota mandó imprimir a su costa cien ejemplares numerados de un libro titulado "Cartas de un condenado a muerte, 1938". La edición es muy curiosa porque cada uno de los ejemplares, con su correspondiente depósito legal, fueron firmados por él y rematados colocando a mano dos dibujos plastificados en sus pastas: en la portada una rosa con los colores de la República, y en la contraportada la bandera de la CNT.
Según Felicísimo, quien usaba a menudo el heterónimo de "Félix Espejo", la publicación se hizo "para cumplir la última voluntad de un defensor de la República en Asturias", el anarquista Constantino García Alonso "Truenos", quien quiso que algún día se hiciesen públicas las memorias que dedicó a su compañera Mercedes Mortera y su hija Libertad García, desde su celda de la Cárcel Modelo de Oviedo. El texto tiene la urgencia del hombre que sabe que su fin está próximo, ya que lo inició en el mes de marzo de 1938 y fue prolongándolo con anotaciones personales hasta unas horas antes de su fusilamiento, el 30 de mayo de aquel año.
Sé que el manuscrito original fue donado a la Universidad de Barcelona por Virginia Torrijos, sobrina-nieta de Constantino García, pero antes Félix tuvo tiempo de fotocopiarlo e ir transcribiendo su texto para presentar en páginas paralelas ambas versiones, y después, conociendo su forma de actuar, supongo que el criterio con el que repartió los cien números fue riguroso. Tengo la suerte de contar con uno, y supongo que en entre sus amigos de aquellos años andarán los otros, pero me consta que también hay ejemplares en la Universidad de Oviedo, la Fundación Anselmo Lorenzo de la propia CNT, y la Biblioteca Nacional de España.
Las memorias de Constantino Alonso no tienen nada de extraordinario, y en eso reside su interés, puesto que nos muestran una de aquellas vidas que se vieron agitadas por los acontecimientos de las primeras décadas del siglo XX, cuando todo sucedía más deprisa, y que se cerraron con unos balazos al amanecer, igual que sucedió con muchos jóvenes de aquel momento, destinados a perder todas las batallas.
Constantino era natural de Pola de Siero, aunque vivió siempre en La Felguera, donde al cumplir los 14 años ya inició su actividad sindical, actuando como recadero para los represaliados de la huelga de 1917. En esos meses también encontró su primer trabajo, en la mina Respinedo, propiedad de Florentino Cueto Felgueroso, e ingresó en la Unión General de Trabajadores, hasta que con las discrepancias que se presentaron en el movimiento obrero tras la convocatoria de la III Internacional, optó por pasarse a la Confederación Nacional del Trabajo, casi coincidiendo con su nuevo empleo en la Fábrica de ladrillos de La Felguera.
Tras unos años de tranquilidad, empezó a destacar en 1929, cuando los acontecimientos políticos se multiplicaron por toda España forzando la marcha del rey y el advenimiento de la República, y de ese tiempo señaló en su escrito los sucesos de Sama, con el enfrentamiento entre la fuerza pública y los trabajadores en "Reza la Salve"; la huelga de brazos caídos de Ladrillos Refractarios, y la que se prolongó nueve meses en 1932 en Duro Felguera, a los que él tuvo que sumar otros tres meses en prisión. También, como muchos jóvenes trabajadores de la Montaña Central, volvió a la cárcel tras la Revolución de Octubre, en 1934, hasta que la victoria del Frente Popular trajo la amnistía dieciséis meses después.
Pero ya es sabido que aquella alegría duró poco, porque el alzamiento militar vino a truncarlo todo. Con el inicio de la guerra, "Truenos" formó parte del Comité de Fábrica, y al iniciarse la ofensiva golpista por el Norte se integró junto a seiscientos compañeros en el Batallón Confederal nº 54, que debe de ser el conocido como Batallón "Casanova".
Allí fue nombrado capitán de Ametralladoras, pero rechazó el cargo porque estimó que una inutilidad que padecía en la pierna derecha lo hacía más apropiado para pasar a servicios auxiliares en el mismo Batallón, dedicándose a labores de municionamiento y otras similares, aunque sí estuvo durante un mes como brigada en las trincheras, en la famosa posición de Monte Pando, en San Claudio, y luego, cuando la cosa se recrudeció, también en el frente oriental de Asturias, en la zona del mirador del Fito y en el puerto del Sueve.
Finalmente, las dificultades de movimiento que presentaba Constantino obligaron a retirarlo del frente casi cuando todo estaba a punto de acabar en Asturias. El 16 de octubre de 1937 se presentó ante el tribunal Médico de Gijón y desde allí fue enviado a La Felguera. Cuatro días más tarde, llegó la noticia a la Federación Local de la CNT, de que aquellos que lo decidiesen podrían dirigirse hacia la costa para escapar de la región; enseguida se preparó un camión y las diez de la noche partieron hasta San Juan de Nieva donde estaban esperando las embarcaciones que salieron de puerto poco después suponiendo que la escuadra francesa iba a proteger su marcha.
Supongo que muchos de ustedes ya saben lo que ocurrió aquella noche: los barcos franquistas dispararon en alta mar sobre la expedición deteniendo a los fugitivos, que fueron trasladados hasta el puerto de Ribadeo. Allí ya pudieron contemplar una ejecución a sangre fría como prólogo de lo que les esperaba.
Constantino García fue llevado en las bodegas del "Aricachu" hasta Bayona, en la costa pontevedresa, en un viaje de tres días del que pueden dar idea estas frases: "En el mismo cubo en que teníamos que hacer nuestras necesidades -necesidades de 800 prisioneros-, nos bajaban el agua para beber. El pan y las latas de conservas nos lo tiraban desde cubierta con una altura de unos diez metros. Era tan malo el control que tenían y tanto lo que robaban, que de las 800 raciones que tenían que suministrar a nuestra bodega solo 300 llegaban a la misma".
Luego vino la estancia en el campo de concentración de Camposancos, del que desgraciadamente ya hemos tenido que escribir otras veces en algunas de estas historias heterodoxas. Tres meses de vejaciones, sin colchonetas, ni mantas, con la misma ropa, pasando hambre y frío, y aguantando bajo la lluvia horas de formación en el patio, obligados a las ceremonias religiosas y el canto del "Cara al Sol" varias veces al día, esperando la llegada de los confidentes que se desplazaban desde los pueblos asturianos para identificar a sus vecinos condenándolos así a una ejecución segura.
Cuando les tocó el turno a los de La Felguera -tres hombres, cuyos nombres escribió Constantino y yo no repito para que se los coma el olvido- eligieron a 24 conocidos para llevarlos a la Cárcel Modelo de Oviedo donde en esos meses las celdas, que podían albergar en caso de necesidad hasta a cinco reclusos, recogían a quince.
El dos de marzo de 1938, un tribunal militar compuesto por seis individuos tardó solo cinco minutos en condenar a muerte a ocho presos que habían conocido a su mismo abogado defensor poco antes del juicio. "Truenos" no pudo hacer otra cosa que poner punto final a su historia, porque pensó que desde aquel momento todos los días iban a ser iguales. Pero volvió a equivocarse, ya que siguió escribiendo cartas a su familia hasta la misma noche de su ejecución, y en alguna de ellas, junto a las lógicas muestras de cariño y cuestiones personales, también quiso dejar testimonio de lo que ocurría en la cárcel.
Por él sabemos que en la saca del 2 de abril, cuando 26 condenados eran conducidos al paredón, dos de ellos intentaron la fuga. Uno cayó en su huida, pero el otro, conocido como "el trapero", de Santa Cruz de Mieres, sí lo consiguió. Y de la misma forma, quiso dejar constancia de la muerte del mítico Higinio Carrocera: "te decía como han oído mis oídos a Carrocera con los 30 compañeros cantar, paso a decirte con unas nuevas líneas, que no solo cantaba en capilla sino que cuando le cayó la primera descarga del pelotón, se rompieron las esposas, con el puño en alto dando vivas a la República y vivas a la libertad, esto lo sabemos por noticias fidedignas". Lo que Constantino García no llegó a saber nunca es que el "héroe del Mazucu" antes de dejar la celda se había arrancado con una cucharilla las cuatro piezas de oro que llevaba en su dentadura para que las hiciesen llegar a su madre.
Las últimas letras que escribió Constantino García Alonso, después de despedirse de su familia y de "cuantos antifascistas luchan contra tanta tiranía" iban llenas de esperanza: "llevo conmigo el convencimiento de que el triunfo es de la República y de que esta sabrá velar por todos vosotros". No fue así.
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