De lo nuestro | Historias heterodoxas
Sobre "Los Topos" de Isidoro Acevedo
La novela del primero socialista y después comunista asturiano retrata personajes reconocibles de la minería de principios del pasado siglo

Sobre "Los Topos" de Isidoro Acevedo
Ernesto BURGOS
Hace pocas semanas compartí mesa en la Casa de Cultura de La Felguera con Adolfo Fernández, en una conferencia sobre la repercusión que tuvo la revolución rusa de 1917 en las organizaciones socialistas asturianas. La consecuencia más destacable de este hecho histórico fue que empezasen a formarse por todo el mundo partidos comunistas, que en muchos casos nacieron a partir de los socialistas que ya existían, tras el llamamiento de la recién nacida URSS para crear una Internacional que la apoyase.
Esto ocurrió también en Asturias, donde el enfrentamiento entre los dos sectores llegó a tener algún tinte violento, y se extendió al sindicalismo minero provocando el nacimiento del Sindicato Único de Mineros, en competencia con el SOMA de Manuel Llaneza.
En el acto de La Felguera, promovido por la "Fundación José Barreiro", que Adolfo dirige, y la "Fundación Andreu Nin", que yo representaba, se trataba de contar todo esto, y para no repetirnos decidimos previamente que entre otras cosas él iba a referirse brevemente a los protagonistas de aquella época reivindicados por su biografía socialista y yo haría lo propio con quienes prefirieron optar por la vía comunista.
Lógicamente no pudimos pararnos en todos y, además, tuvimos que aclarar que las circunstancias y las dudas de la época hicieron que fuesen muchos los que primero optaron por apoyar a la III Internacional para abandonar al poco tiempo esta postura, y que también hubo quien tardó en decidir su posición en favor de la Unión Soviética. Así fuimos comentando la peripecia de cada uno de aquellos militantes ante proyecciones de sus fotografías que traíamos preparadas por separado. Hasta que llegamos a Isidoro Acevedo, el único personaje en el que ambos coincidimos al incluirlo tanto entre los socialistas como en los comunistas. Y creo que los dos teníamos razón.
La explicación está en que, al contrario que la mayor parte de los protagonistas de este proceso, cuando Acevedo intervino en 1921 en la creación del Partido Comunista de España, ya era un hombre mayor, puesto que había nacido en 1867, y contaba con un fecundo historial de activismo socialista. Como además no falleció hasta 1952, siendo todavía presidente del Socorro Rojo Internacional en Rusia, su larga vida le dio la posibilidad de dedicar otros muchos años a su nueva militancia.
El Partido Comunista de Asturias recuperó su memoria en 1982, creando una Fundación con su nombre, a partir de la biblioteca de José María Laso, aunque posteriormente se creó otra con el nombre de Horacio Fernández Inguanzo, más conocido por los militantes de la transición, y el histórico Acevedo quedó relegado a un segundo plano.
Nuestro personaje, que en realidad se llamaba Isidoro Rodríguez González, era natural de Luanco y había empezado a trabajar como aprendiz de tipógrafo a los trece años en Madrid, lo que le permitió conocer muy de cerca a Pablo Iglesias y obtener su confianza, de modo que en 1898 se trasladó a Santander, y allí alcanzó el cargo de presidente de la Federación Socialista. Luego pasó a Bilbao, ya con fama de buen periodista, para dirigir el diario "La Lucha de Clases" y, en 1914, regresó a Asturias, para hacerse cargo de "La Aurora Social".
Entonces le tocó ser detenido por la huelga revolucionaria de 1917; también fundó "La Aurora Roja" y siendo ya comunista viajó a la URSS al IV Congreso de la Comintern para publicar a su vuelta "Impresiones de un viaje a Rusia", que tuvo como prologuista al mierense Juan Íbero.
Pero hoy quiero pararme en otro de sus libros, "Los Topos", que subtituló pretenciosamente como "La novela de la mina". Actualmente es una publicación muy difícil de encontrar, que he podido leer gracias a la amabilidad del bibliófilo Ángel Alfonso. En sus páginas Acevedo quiso reflejar las contradicciones que se vivieron en el sindicalismo minero de aquellos años atacando especialmente a Manuel Llaneza para defender las posiciones comunistas, con un argumento centrado en la convocatoria de una huelga, pero donde tampoco falta una historia de amor a lo Romeo y Julieta entre uno de estos mineros revolucionarios con la hija de uno de los capataces reaccionarios y ultracatólicos de la empresa del marqués de Comillas.
El caso es que Isidoro Acevedo recreó en su novela a personajes de la Montaña Central que en su mayor parte ya es imposible identificar salvo por testimonios y recuerdos orales. Yo he podido recoger algunos a lo largo de estos años y quiero exponerlos en esta historia de hoy con la finalidad de que quienes vengan detrás puedan contar con estos datos que de otra forma se perderían definitivamente
La técnica empleada por Acevedo fue muy común en su tiempo, y aún hay escritores que la siguen utilizando. Consiste en cambiar los nombres reales por otros parecidos fonéticamente o que signifiquen lo mismo. Los pocos críticos literarios que se han acercado a "Los Topos" reseñan correctamente que él mismo aparece en la novela bajo el nombre del periodista Mario Jiménez, quien realiza su trabajo a la vez que apoya a los mineros. También coinciden en identificar a Samuel Cabezas con el propio Manuel Llaneza, algo que no ofrece lugar a la duda.
Otra cosa es la identidad del personaje llamado Anacleto Salas "Un captador sagaz. Admirado cuando difundía su ciencia por los Centros Obreros, repudiado desde que se supo que se había enriquecido con los negocios del carbón". Aquí los mismos críticos, seguramente por su desconocimiento de la realidad mierense han errado al suponer que se trata de Melquiades Álvarez, ya que sin duda, tanto por el parecido de los nombres como por esta descripción, se trata de Aniceto Sela.
Con el nombre de Juan de Dios Sáez, "chupado y negruzco, que acompañaba a Llaneza en sus viajes a Madrid donde se iba aburguesando con la vida muelle y fastuosa de los mejores hoteles" aparece Alfonso Muñoz de Diego abogado progresista y rotario, que en 1933 fue diputado por el Partido Republicano Liberal Demócrata, y efectivamente sirvió como asesor jurídico a Llaneza en los viajes a la capital de España, colaborando en aquellos años en "El minero de la hulla" y "La Aurora social".
Y entre los principales protagonistas, el revolucionario enamorado Valentín Escobedo es Benjamín Escobar, corresponsal de "El Noreste" y militante del Bloque Obrero y Campesino: "Un minero de Mieres chaparrete, rubio al rojo, de ojos nipones" y que "había luchado con Samuel Cabezas en la "huelgona", allá por 1906".
También está clara la identidad de Lucio Caneja: José Calleja Ordiz, otro de los fundadores del Sindicato Único de Mineros, e impulsor incansable del tercerismo en el Concejo de Aller a pesar de su mala salud, que Acevedo refleja en la novela. Mientras Joaquín Morato "de Ujo, rapaz estudioso y talentudo" es Belarmino Lobato, muerto muy joven el 24 de junio de 1929 y cuyo aniversario se celebró cada año hasta la guerra civil con una concentración obrera en el cementerio de esta localidad.
Fidel Michelena "de Turón, un rapazón alto y firme como un pino, de mirada firme y cara rasurada" es Ceferino Álvarez Rey al que definió en el libro "Memorias de un comunista" su correligionario Rodrigo Moreno Planisolís prácticamente con la misma descripción. "alto y fuerte de complexión, con rasgos bien marcados como tallados con un hacha".
Tras Casiano González, "joven animoso, instruido, batallador, que en Sotrondio era admirado por su intrepidez y abnegación" vemos a Críspulo Gutiérrez, colaborador en la revista "Antorcha" con el seudónimo de Pin de Pilara, que tenía otros dos hermanos, Sócrates y José, también comunistas.
Y por último, la venerable figura de "El maestro" Jesús Suárez "un anciano inutilizado ya para los trabajos de la mina de cuerpo alto y cenceño, con rostro pálido y enjuto rematado por una barbita corrida y ligeramente abierta, nariz fina y algo curvada", en cuya casa de El Campiquín se reúnen los huelguistas de "Los Topos", refleja a José Prieto, quien habitaba realmente en El Cantiquín y ya era un hombre de edad cuando fue nombrado vicepresidente de la ejecutiva del SUM en noviembre de 1921.
Siento no haber dado con los personajes que Isidoro Acevedo quiso llamar Paulino Gómez, de Moreda, "de crespa cabellera"; Sebastián Baquero, de Sama, "con voz chillona y engolada; Pin de Piloña y el joven de Mieres Gasparín, joven, diminuto y ágil, quienes seguramente esconden identidades reales.
Sin embargo, creo que otros, como Ernestina, la joven novia, su padre Ramón del Cordal, capataz en las minas de Comillas, y su madre Encarnación Ruiz, así como Lín de Lladreo, un anarquista que quiere matar a Llaneza, y Casio, Manolón de Ciaño o Antón de Lada "el tipo más célebre de los mineros de Langreo, alto, fornido y pendenciero", que se ven envueltos en una sangrienta reyerta en uno de los últimos capítulos, fueron imaginados por Acevedo. Aunque a lo mejor me equivoco.
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