04 de julio de 2018
04.07.2018
 
De lo nuestro | Historias heterodoxas

Las equivocaciones de Fray Paulino

Dos anécdotas del dominico mierense durante su estancia en Vizcaya

04.07.2018 | 03:12
Las equivocaciones de Fray Paulino

Fray Paulino Álvarez Robles tiene una calle en Mieres desde 1954. Aquel año, el recordado Elías Piedra encontró una reseña sobre él en la revista Asturias, editada en México, se la pasó a su amigo Luis Casal, y este a su vez publicó un artículo de prensa dando a conocer a los vecinos al personaje. El Ayuntamiento regido por don José María Álvarez se dio cuenta de que el fraile reunía los méritos exigidos por el nacional-catolicismo para otorgar un reconocimiento oficial: había nacido aquí y contaba con un magnífico currículo como fraile dominico. En consecuencia, se puso su nombre al tramo que va desde La Campa hasta el pozo Barredo.

El caso es que desde aquel momento nadie tuvo la preocupación de aportar nuevos datos sobre este religioso, que aunque fue recordado habitualmente en álbumes de fiestas y en alguna crónica, coincidiendo con los aniversarios de su nacimiento o su muerte, tenía su biografía pendiente de un estudio más completo.

Ahora ya está hecha. Es la segunda vez que Juan Carlos García Palacio decide contarnos la vida de un mierense ilustre. Hace poco también lo hizo con Diego Suárez Corvín, el espadachín de Urbiés, y he tenido la suerte de ver fraguarse los dos empeños desde su inicio. Se trata de trabajos exhaustivos, documentados y rigurosos, que desgraciadamente no tienen el premio de una divulgación generalizada. Dadas las dificultades que supone su publicación, es el mismo Juan Carlos quien se encarga de costear unas decenas de ejemplares artesanales para repartirlos entre los amigos y aquellas instituciones que, según su buen tino, consideran que deben guardarlos.

En el caso de Fray Paulino son casi cien folios, incluyendo una buena colección de fotografías y reproducciones de documentos, así que pueden deducir ustedes que el trabajo intelectual del autor se prolonga después con otros esfuerzos complementarios.

Fray Paulino Álvarez Robles, nació en Mieres el 14 de septiembre de 1850 y falleció en el convento de San Pablo, en Palencia, el 21 de mayo de 1939. Entre estos años dedicó la mayor parte de su existencia a la Orden de Predicadores, donde desempeñó cargos de gran relevancia, tanto en España como en América; en todas partes alcanzó la fama por su oratoria, lo que le permitió conocer a las autoridades de su tiempo y gozar de la amistad del presidente Cánovas y la reina María Cristina, a pesar de que nunca negó sus simpatías por el Tradicionalismo.

Hace un tiempo lo traje a esta página para contarles su participación en la última intentona carlista, que le costó el exilio, pero ahora la investigación de Juan Carlos García Palacio ha sacado a la luz otras anécdotas sabrosas de este dominico, y entre ellas he seleccionado dos, ocurridas en el mismo lugar y casi al mismo tiempo, que creo que a ustedes les van a gustar.

El lugar fue Bergara (o Vergara, si prefieren la grafía castellana) y el tiempo, el curso 1896-1897, cuando Fray Paulino estuvo allí como rector de su Real Seminario y Colegio. La población guipuzcoana tenía en aquel momento cinco casas de comercio, dos carnicerías, un horno de ladrillos, una herrería y, por supuesto, el indispensable frontón vasco. Pero su fama la daba el Seminario, un buen edificio que había sido antiguamente jesuita y, después de un período laico bajo el control de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, cedido a los dominicos en 1880, para que estableciesen allí un centro de estudios.

La casualidad quiso que el día 8 de agosto de aquel 1897, muriese en un atentado el presidente Cánovas, quien como hemos adelantado era amigo de fray Paulino. El político se encontraba descansando en los baños de Santa Águeda, en Arrasate, cerca de Bergara, y el ejecutor fue el joven italiano Michelle Angiolillo, aristócrata y anarquista, algo no muy extraño en aquellos años. El hombre, que al parecer, tenía madera de mártir de "la idea" fue detenido rápidamente y trasladado a la cárcel del mismo Bergara, donde permaneció hasta que fue ejecutado el día 20 de aquel mes, tras un juicio sumarísimo.

Dicen las crónicas que allí pasó el tiempo exponiendo a sus guardianes su ideología y que cuando pidió algo para leer le entregaron un devocionario, que rehusó y varios cuentos infantiles, que terminó con gusto. También que más tarde volvieron a visitarlo dos frailes dominicos del Seminario -fray Juan López y fray Arturo- que le volvieron a ofrecer libros religiosos, que esta vez sí aceptó, aunque no lograron que se confesase.

Angiolillo era duro de pelar para los religiosos y por ello 48 horas antes de subir al cadalso, el padre Paulino quiso hacer un último intento para llevarle al redil católico y se personó él mismo en la celda.

No sabemos cuál fue el tono de la conversación, pero el corresponsal de "La Correspondencia de Alicante" contó que el mierense salió convencido de su éxito: "Acabo de hablar con el rector de los dominicos, P. Paulino Álvarez, que llegaba en la mañana de hoy de visitar al reo. Confía en que este se convertirá. Esta tarde le visitará el fraile que administró la extremaunción al Sr. Cánovas, lleva el encargo de doña Joaquina Osma de decirle que le perdona".

Pero el fraile no acertó en su pronóstico. El italiano no se confesó y un instante antes de que el famoso verdugo burgalés Gregorio Mayoral apretase el tornillo del garrote vil, Angiolillo lanzó su último grito: "¡Germinal!", un llamamiento anarquista para que otros siguiesen su camino.

No habían pasado ni dos meses cuando el dominico volvió a equivocarse en Bergara, aunque esta vez su error tuvo otras consecuencias. Fue el día 4 de octubre, cuando estaba pronunciando el sermón del Santísimo Rosario en la iglesia de la Encarnación y llevado por su exaltación no se le ocurrió otra cosa que condenar al nacionalismo vasco llamando a sus dirigentes "separatistas masónicos" e "inmundos" a todos sus simpatizantes en general.

Fray Paulino calculó mal la trascendencia de sus insultos, seguramente pensó que no iban a salir de los muros de aquel templo, pero su cargo era lo suficientemente importante para que sus palabras tuviesen mucha más difusión. La ejecutiva del Partido Nacionalista Vasco -el Bizkai Buru Batzar-, encargó a sus máximos representantes, Sabino Arana y Ángel Zabala "Kondaño" que buscasen al predicador para pedirle explicaciones. Este logró zafarse en un principio y eludió el encuentro, pero fue localizado en Irún y allí ya no pudo evitar una larga entrevista en la que Arana logró el compromiso de una retractación.

Fray Paulino, recién llegado al País Vasco, había denunciado erróneamente desde el púlpito a una ideología que en esencia se parecía mucho a la suya. En 1893, Sabino Arana se había definido entre otras cosas como "un bizkaino anticonservador, contrario al carlismo y a la República, pero sobre todo antiliberal y antiespañol", pero cuando el dominico lo tuvo en frente descubrió a un líder profundamente religioso, que había hecho coincidir la fundación de su partido con la festividad de san Ignacio de Loyola, y cuyo lema era "Jaun-Goikua eta Lagi-Zarra" (Dios y Ley Vieja).

¿Más pruebas? El ideólogo del PNV le recordó lo que había ocurrido precisamente aquel año en las fiestas de San Pedro de Bergara. Entonces un jesuita apellidado Ibarguren se había flagelado públicamente para pedir perdón a Dios ante la actitud de los jóvenes del pueblo que lo habían ofendido bailado agarrados, algo que era repudiable no solo para la moral católica sino también para las costumbres vascas.

El nacionalismo combatía esa contaminación de costumbres y para que no hubiese dudas, Sabino Arana había escrito un artículo titulado "Efectos de la invasión" donde defendía que los bailes españoles eran indecentes hasta la fetidez mientras las danzas nacionales de Euzkadi eran honestas y decorosas hasta la perfección.

Nada más lejos entonces de la masonería ni más cercano a la Tradición. Sabino Arana le explicó su concepto de nación no como un fenómeno histórico sino como una esencia eterna e inmutable creada por la Providencia divina y Fray Paulino, convencido de que sus interlocutores eran tan católicos como él, no tuvo inconveniente en publicar en la prensa vasca una carta en la que retiraba sus calificativos: los nacionalistas bizkaitarras no eran ni inmundos, ni masónicos, sino buenos cristianos.

Son pequeñas anécdotas de uno de los nuestros que ayudan a conocer como se forjó la identidad de este país, por eso creo que no deben perderse.

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