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Los robos más surrealistas

El robo de la campana de la iglesia de San Martín de Fierros recuerda a otras sustracciones surrealistas en la comarca: de la pata de un castillete a unas hostias consagradas

El párroco Antonio López descubrió que faltaba la campana cuando fue a tocar para la misa del Carmen.

El párroco Antonio López descubrió que faltaba la campana cuando fue a tocar para la misa del Carmen. GEIJO

Los hay que utilizan su ingenio para nada bueno. El robo de la campana de la iglesia de San Martín de Puente de los Fierros se suma a una lista de sustracciones curiosas en la comarca. Como el día en el que el castillete de Olloniego amaneció cojo, porque unos ladrones se habían llevado una pata para hacer negocio con la venta del metal. O cuando unos cacos robaron el sagrario de la iglesia de Piñeres (Aller) y, con las prisas, se llevaron hasta las hostias consagradas para el oficio del domingo. Parece que nada echa atrás a los ladrones, ni siquiera entrar en la casa de Dios: la ermita de la Santina de El Picu (Boo, Aller) también sufrió el robo de los donativos.

"Estamos perdiendo el norte". Lo dice Antonio López, párroco de Fierros, mirando al cielo. No a las nubes, sino al campanario de la iglesia de San Martín. Falta una de las dos campanas: "Yo aún no sé con certeza como hicieron para llevársela", afirma. Tiene una teoría: los ladrones pudieron trepar hasta el tejado de la casa rectoral, luego tirar un tablón largo para unir la cubierta con la del templo, y acceder a las campanas. Fueron dos o más personas, seguro, porque la pieza pesa más de ochenta kilos. Está construida en una aleación de cobre y bronce, que fundida no llegará a los mil euros en el mercado. López vivió una situación similar, hace ya varias décadas, cuando robaron otra campana de su parroquia. El sacerdote construyó una nueva, de madera, que nunca más llamó la atención de los cacos.

Antonio López echó mano del ingenio para afrontar aquel robo surrealista, dice que quizás vuelva a hacerlo ahora. Enrique Iglesias, párroco de Piñeres (Aller), se armó de paciencia. Era el año 2012, un verano de calor, y el pueblo contaba los días para las fiestas patronales de San Pedro. "Fui a preparar la misa de la tarde y me llevé una sorpresa muy desagradable", recuerda Iglesias.

No estaba el sagrario, tampoco un copón con las formas consagradas para el oficio. El robo, aunque resulte sorprendente, no fue baladí: "Era una pieza de singular valor, elaborada con maderas nobles y mármol", explica el sacerdote. Los vecinos montaron en cólera y exigieron que se redoblaran esfuerzos para dar con los autores de los hechos. Seis años después, no hay pistas de los asaltantes. "Una vez escuché que habían detenido en Burgos a una banda que se dedicaba a este tipo de asaltos. Pero, por lo visto, no tenían nada que ver con el robo en Piñeres", explica el párroco allerano. Le queda un consuelo: que los cacos no se llevaran la talla de San Antonio, que esperaba en el templo para la popular procesión del "Toreo del santu" el día grande de la fiesta.

El año 2012, así lo refleja la hemeroteca, fue el de los robos. Esa primavera, los ladrones forzaron por primera vez la urna de las ofrendas en la capilla de la Santina de El Picu. Un templo, acondicionado en una antigua bocamina, al que acuden los feligreses con peticiones y cumplimientos de promesas a la Virgen de la Peña. El asalto se repitió en dos ocasiones, obligando a la Guardia Civil a patrullar más a menudo por la zona.

Y otro suceso, esta vez laico: en el mes de febrero, el pozo de Olloniego de Hunosa. Los ladrones se llevaron una pata del castillete. Nadie había visto ni escuchado nada, a pesar de que el robo no pudo ser discreto: la pieza medía unos seis metros de largo y pesaba cientos de kilos.

Y si hay que fijarse en los atracos, uno de los más rocambolescos de la historia sucedió hace unos meses en Mieres. Un hombre entró en un negocio de compra-venta de joyas en el casco urbano. Era un cliente conocido. Le exigió a la dependienta, esgrimiendo un cuchillo de diez centímetros de hoja, que le diera la recaudación. Se llevó 540 euros pero, antes de salir, le pidió a la mujer que anotara bien su nombre y su dirección para que lo detuvieran. El misterio de tan extraño comportamiento se aclaró hace unos días, durante la vista oral del juicio: el atracador quería ingresar en prisión para estar con su cuñado Benito, preso en Villabona. "Era mi compañía, le quiero más que a un hermano", dijo. Reconoció que ir a la cárcel sólo de visita era una opción que no se le había pasado por la cabeza.

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