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Historias del exilio interior

Vicente Gutiérrez Solís expone en Sama fotografías de la represión franquista y cuenta, junto a José Antonio Castro y Tomás Torre, cómo vivieron las deportaciones a ciudades españolas

Vicente Gutiérrez Solís, en el centro, en la exposición de la Casa de Cultura de Sama.

Vicente Gutiérrez Solís, en el centro, en la exposición de la Casa de Cultura de Sama. SILVEIRA

La represión franquista no fue cuestión de unos pocos años al término de la Guerra Civil. Se extendió durante toda la dictadura, casi cuatro décadas. Y es esto precisamente lo que Vicente Gutiérrez Solís, histórico militante del Partido Comunista (PC), no quiere que se olvide. "Que no caigan en el olvido", es la exposición que, con materiales que ha ido recopilando, puede verse en la Casa de Cultura de Sama.

Como militante comunista, Gutiérrez Solís sufrió "destierro" a principios de los años sesenta. Entonces muchas zonas de España estaban muy mal comunicadas y apenas había teléfonos: era como caer en otro mundo. Como él hubo cientos de personas en el país. En Asturias, tras las huelgas de 1962, fueron 126 los trabajadores condenados. Tres de ellos estuvieron con Gutiérrez Solís en la apertura de la exposición: José Antonio Castro Torre, su primo Tomás Torre Suárez e Ignacio Peón Fonfría. Todos tenían en común su rechazo al régimen, y por unas causas u otras, fueron expulsados de Asturias.

José Antonio Castro y Tomás Torre todavía recuerdan el día que fueron detenidos por la Guardia Civil. "Nos apuntaron con las metralletas, estábamos en Villoria". Los motivos, eso sí, empiezan antes. "De político tenía poco, pero eso sí, leía el 'Mundo Obrero'", explica José Antonio. Con su primo estuvo en las fiestas de Santa Bárbara (San Martín del Rey Aurelio). "Nos tocó un cabritu. Lo comimos", y al día siguiente había huelga. Un camión que transportaba a los mineros que iban a trabajar pasó por donde estaban, y "la verdad", apunta Tomás, "es que los llamamos esquiroles, les dijimos que no fueran".

Luego, los llevaron en coche hasta Villoria (Laviana), donde querían acabar la fiesta comiendo sopas de ajo en el restaurante. Llevaban consigo unas banderas que se habían llevado de la fiesta. Entonces, llegaron los agentes, "con metralletas, y nos dijeron que les diésemos las banderas. Luego dijeron que eran banderas republicanas. Era una excusa como otra cualquiera para detenernos".

Ambos sufrieron pena de exilio forzado. Albañil y electricista, trabajaron en lo que pudieron. Estuvieron en Soria, en Logroño, en La Virgen del Camino (León). "Trabajamos en lo que fuera, en lo que se podía. En Soria, en una tejera". Eso sí, no les faltó ni la solidaridad de la gente, ni la de sus compañeros de penurias. "Vicente", por Gutiérrez Solís, "y otros presos fueron como hermanos para nosotros", afirman emocionados.

Ignacio Peón fue desterrado a Valladolid, y luego, también a La Virgen del Camino, donde coincidió con la "familia" asturiana. Desde el régimen "me decían que era libre de ir a donde quisiera. Menos a Asturias, claro, que es de donde soy". Querían evitar que trabajasen, que tejiesen redes que trabajasen en la clandestinidad, minando la dictadura poco a poco. En León, donde acabó, Peón se encontró con más asturianos como él, y acabaron siendo como "mi familia".

Pese a los intentos de frenar sus ansias de libertad y su lucha, la fraternidad fue algo que el franquismo no pudo eliminar. Gutiérrez Solís narra como, estando desterrados en Soria, debían presentarse dos veces al día, una por la mañana y otra por la tarde, ante las autoridades. "Habíamos reunido entre todos 2.500 pesetas para los compañeros que estaban presos en el penal de Burgos. Fui yo el que llevó el dinero, pero solo pude hacerlo gracias a un ferroviario", que lo trasladó en el día hasta Burgos. "Me acuerdo perfectamente, y han pasado años". Era el mes de diciembre de 1962, "y en Soria estábamos a 12 grados bajo cero".

Los desterrados compartían alojamientos, se ayudaban para encontrar trabajo, "la solidaridad nos hacía salir adelante". Las presiones internas e internacionales acabaron por torcer la voluntad de la dictadura de seguir con este tipo de penas y, a finales de 1963 pudieron regresar a casa, tras quince meses de sufrimiento. Eso sí, algunos de ellos, como el propio Gutiérrez Solís, no pudieron volver a trabajar: estaban "fichados", vetados por el régimen. No pudo emplearse de forma abierta hasta 1978, hasta la caída del régimen.

"Este tipo de cosas", explica el histórico comunista langreano, "es lo que me gustaría transmitirles a los jóvenes. La democracia se consiguió luchando, con mucho sacrificio". Lamenta, sobre todo, que ahora mucha gente "desprecie" a la gente que busca a sus muertos, a las víctimas de la represión, en las cunetas. "Los llaman hueseros despectivamente. Es lo que no se puede permitir. Faltan a la verdad, a la justicia y a la democracia", asegura Gutiérrez Solís, rodeado de fotos de sus compañeros de clandestinidad y destierro. "La lucha por la memoria histórica sigue, y los jóvenes deben saber la verdad de lo que pasó".

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