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ARTURO MOTTO | Médico jubilado de Urgencias del Hospital Valle del Nalón

"Se ha perdido el contacto humano con el paciente, antes sabías hasta su equipo"

l "El trabajo en Urgencias tiene una dureza que a veces no se reconoce" l "Los casos más importantes que viví han sido accidentes de mina"

El médico Arturo Motto, en su despacho del hospital.

Arturo Motto lleva toda su vida profesional ligado, como médico de Urgencias, al Hospital Valle del Nalón. Empezó a trabajar allí en 1981, pocos años después de que el centro abriera sus puertas. La vocación le viene de familia. Su padre fue médico en el ambulatorio de Sama y en Carbones La Nueva y el pozo María Luisa. Su abuelo regentó el emblemático café Motto, próximo a la iglesia. "Ya no vivo allí, pero soy de Sama como el que más", proclama con orgullo. El pasado viernes se jubiló después de 39 años ejerciendo la medicina.

-¿Cómo empezó su trayectoria en el hospital de Riaño?

-Estuve poco tiempo en Primaria en Sama y ya empecé en Urgencias en el hospital como médico residente asistencial, que así se llamaba. Te ibas formando con los internistas, con los cirujanos, con los traumatólogos... A partir de 2013 ya empecé a compaginarlo con otras tareas. Creo que mis compañeros hacen una labor fundamental. El trabajo en Urgencias tiene una gran dureza, tanto de médicos, enfermeras, auxiliares, celadores o administrativos. Son un pilar fundamental del hospital y de todo el sistema sanitario. Y creo que a veces no se reconoce la titánica labor de este personal.

-¿Qué ha cambiado más en sus cuarenta años como médico?

-De las cosas que quizá más me llaman la atención está todo el tema tecnológico, sobre todo a nivel de pruebas diagnósticas de imagen: el escáner, la resonancia... Antes vivíamos sin eso y ahora es impensable que alguien tenga una sospecha de que puede tener el menisco afectado y no se le haga una resonancia. Antes no, éramos más médicos de explorar al paciente y con eso llegar al diagnóstico. No había otra. Más recientemente también me han llamado la atención los avances tecnológicos a nivel informático. Desde que se implantó aquí el programa Selene pasan dos cosas. Es una herramienta superválida a la hora de acceder a datos del paciente, de su historia, de consultar imágenes diagnóstica. Antes, si hacías una radiografía y salía muy oscura o muy blanca había que repetirla. Ahora, como con cualquier programa de ordenador, lo puedes poner más grande o más pequeño, más claro o más oscuro. Desde una lesión pulmonar hasta una fractura costal, lo puedes ampliar y verlo perfectamente. La otra cara para mí, que me considero de los antiguos, es que se ha perdido mucho el contacto humano con el paciente.

-¿En qué medida?

-Antes éramos de sentarnos con el paciente en la cabecera de la cama y ponerte a hablar con él. Acababas sabiendo de qué equipo de fútbol era, en qué pozo trabajó, cómo se llamaban sus hijos y en qué bar paraba a tomar una botella de sidra. Al mismo tiempo que le preguntabas por sus dolencias establecías una conversación. Ahora todos esos datos los tienes en el ordenador y no hablas tanto con el paciente. Llevaba más tiempo, pero también tenías más contacto. Es cierto que la presión asistencial ha aumentado muchísimo. Antes tenías mucho más tiempo que ahora para esas cosas.

-¿Cómo se ha notado ese aumento de la presión asistencial?

-Cuando yo empecé, este área sanitaria tenía unos 100.000 habitantes. Ahora debemos andar por 70.000. Sin embargo, con más población, en la década de los ochenta tenías 50 o 60 urgencias al día. Ahora no bajas de 100 y muchos días llegas a 130. Algo pasa. Además, este área probablemente sea de las mejores de Asturias en lo referente a infraestructuras sanitarias de Primaria. Desde Campo de Caso a Riaño tienen un centro de salud en todos los pueblos. Cada cinco kilómetros hay uno.

-¿Qué otras tareas le ha tocado desempeñar en estos años?

-Empecé en Urgencias y estuve allí toda mi vida profesional hasta que en 2013, sin abandonar mi labor asistencial, pero sí reduciéndola, empecé a dedicar las mañana a trabajar como gestor de casos. Es una labor que no hay en todas las comunidades autónomas. Nació en Estados Unidos y se fue extendiendo. La primera comunidad que la implantó fue Canarias y en Asturias hay varios hospitales en los que existe esta figura. Lo que hace un gestor de casos es intentar agilizar los casos en pacientes preferentes, oncológicos o que por su situación necesitan agilizar las pruebas o los tratamientos y consultas. Yo creo que hoy en día los gestores de casos son un eslabón vital dentro de un sistema sanitario complejo y que. a menudo, es desconocido y confuso para el usuario. El objetivo fundamental es solucionar los problemas a los pacientes con agilidad, sin trabas burocráticas y facilitando la resolución desde el inicio.

-¿Qué otras atribuciones ha tenido?

-Otra cosa importante que la inicié con mucha ilusión desde mayo de 2019 fue el programa de cribado de cáncer de colon. Animo a la población a realizar la prueba, que es de lo más sencilla. La población diana en este área son 23.000 personas, de entre 50 y 69 años. Además, en Urgencias se formaron conmigo y con otros compañeros muchos residentes, quizá más de cien. Desde enero de 1989 hasta enero de 1991 estuve de coordinador de Urgencias y de 2002 a 2006, junto a otros tres compañeros del servicio, estuvimos llevando la unidad de cuidados paliativos, que había puesto en marcha aquí el doctor Megido. Estuve muy implicado y fue una etapa de mi vida muy enriquecedora porque estableces una relación con el paciente y con la familia muy humana, muy cercana. Y a mí eso me confortaba mucho.

-¿Qué episodios le vienen a la cabeza al echar la vista atrás?

-Los casos más importantes fueron accidentes de mina. Uno de ellos en 1990, estando yo de coordinador de Urgencias. Estábamos en obras y el servicio estaba en otro área del hospital. Vinieron quince o veinte heridos. Recuerdo la colaboración de los compañeros. Se quedó todo el mundo fuera del horario laboral sin tener que decirles nada. Profesional y humanamente es algo que recuerdo con mucho cariño, y con mucha pena por las circunstancias del accidente. También recuerdo mucho cuando empezó a funcionar la UVI-móvil, que es algo que agradecimos mucho la población y nosotros. Antes la gente recordará la imagen del coche particular a toda leche y el pañuelín por fuera. El herido te llegaba en las condiciones en la que te llegaba. Fue un cambio importantísimo. Atender, por ejemplo, una parada cardíaca en los primeros minutos te aumenta la supervivencia muchísimo. También vive situaciones muy duras cuando te encuentras con el fallecimiento de gente joven o, por ejemplo, caso de amigos a los que me tocó diagnosticar y les tienes que dar una mala noticia. También recuerdo mucho la carretera de los túneles. Era raro que no hubiera con frecuencia, si no diaria casi, algún accidente en los túneles. Y muchos de ellos graves.

-Muchos profesionales hablan del ambiente cercano, casi familiar, existente entre la plantilla de Riaño.

-Estamos hablando de un hospital comarcal, no de un macrohospital de 1.000 camas. Nos conocemos todos. Antes nos tratábamos más porque éramos menos y era más fácil. Ahora hay más personal y es distinto porque también hay más presión asistencial.

-¿Qué es lo peor y lo mejor que se lleva de estos cuarenta años?

-El único mal recuerdo son todos los buenos compañeros que fallecieron en este tiempo, algunos más jóvenes que yo. Me marcho con la sensación de ser una persona querida y respetada dentro del hospital, no solo por los compañeros sino también por los pacientes. Siempre que tuve que pedir un favor a alguien o una colaboración me respondieron. Hice muchos amigos aquí, no solo con otros médicos, sino con personas de todos los estamentos del hospital. Me voy dejando muchos recuerdos agradables y con la sensación de haber conocido a gente encantadora profesional y humanamente todos esos estamentos. Cada uno en su parcela es tan importante como el otro en el funcionamiento del hospital.

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