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De lo nuestro | Historias heterodoxas

La gran traición

Las batallas de los astures y los cántabros contra los romanos, que fueron traicionados por la tribu brigaecini en la hoy provincia de León

La gran traición

La gran traición

Ernesto BURGOS

En la Roma clásica hubo un pequeño santuario dedicado al dios Jano que, en tiempo de guerra, permanecía con sus puertas abiertas para que el dios ayudase desde allí a conseguir la paz; por el contrario, cuando reinaba la tranquilidad, las puertas volvían a cerrarse. Así que conociendo un poco a los romanos, ustedes supondrán que esto último solo sucedía en raras ocasiones. Antes de Octavio Augusto solo se había colocado el candado en dos ocasiones, pero él volvió a hacerlo, aunque por poco tiempo, ya que el inicio de las guerras astur-cántabras obligó a los sacerdotes a buscar otra vez la llave.

En efecto, el último territorio que tuvo que someter el emperador para lograr ese hito fue el noroeste de la península Ibérica. Primero las legiones dominaron allí a los galaicos y luego atacaron a los vacceos, que se asentaban en las orillas del río Duero, lo que hizo que los cántabros y los astures acudiesen en su ayuda al sentir en sus cogotes la amenaza de que iban a ser los siguientes.

Era el año 29 a. C. y al fracasar en su intento volvieron a refugiarse en las montañas, pero su acción alarmó tanto al emperador que, según escribió el historiador Orosio, "entendiendo que lo hecho en Hispania durante doscientos años se reduciría a poco si se permitía que los Cántabros y Astures, los dos pueblos más fuertes de Hispania, actuasen libremente, abrió las puertas del templo de Jano y salió personalmente hacia Hispania con un ejército".

Aquí estableció su puesto de mando en Segisama, un lugar próximo a lo que hoy es el bonito pueblo de Sasamón, en la provincia de Burgos, desde donde controlaba un ejército de 75.000 hombres con el plan de atacar simultáneamente por tierra a los rebeldes del norte cubriendo a la vez su retaguardia por el mar con la flota de Aquitania.

No tengo espacio para detallar las sucesivas derrotas que fueron sufriendo los cántabros, aunque sí quiero contarles que en el año 25 a. C. los astures en vista de lo que se avecinaba reunieron a sus clanes en un gran consejo y decidieron olvidar sus diferencias para formar una alianza y sorprender a las legiones, que según su costumbre pasaban los inviernos acuartelados. De modo que en cuanto la nieve empezó a retirarse los guerreros pudieron moverse, movilizaron a todos los hombres que podían coger las armas y cruzaron los pasos de montaña reuniéndose en Brigaecium, la actual Benavente, para atacar por sorpresa los tres campamentos que Roma tenía en esta zona.

Este plan pudo haber cambiado la historia, de no haber sido por la traición de una de las tribus, los brigaecini, que eran quienes se asentaban precisamente en el lugar donde se habían concentrado los astures. Aquellos traidores (que los dioses confundan) avisaron del plan previsto al general Publio Carisio y este cayó sobre los valientes del norte masacrándolos sin piedad.

Los que sobrevivieron se refugiaron en la ciudad amurallada de Lancia, un altozano que seguramente muchos de ustedes han visto en alguna ocasión sin imaginarse su importancia, ya que está situado al lado del pueblecito de Villasabariego, al borde de la carretera que une Puente de Villarente con Mansilla de las Mulas, y que en estos últimos años ha tenido que sufrir la pérdida de una parte de su yacimiento arqueológico por la apertura de una autovía que afecta a su nivel más bajo.

Pero hasta Lancia llegaron las legiones para vencer la resistencia de los astures con grandes esfuerzos, hasta el punto de que -siempre según los textos clásicos- después de la toma de la ciudad, los soldados reclamaron antorchas para incendiarla y su general tuvo que convencerlos de que no lo hiciesen porque a Roma le convenía más mantenerla intacta que destruirla, sobre todo porque le podía servir de apoyo para controlar desde allí a las tribus que ocupaban todos los territorios próximos.

Entre tanto, el emperador había caído enfermo y tuvo que retirarse hasta Tarraco para descansar, con lo que el mando de todas estas operaciones lo asumió el legado Cayo Antistio, quien tuvo a su cargo a las legiones I Augusta, II Augusta, IX Hispana, IIII Macedónica y XX Valeria Victrix con sus tropas auxiliares.

En estos años hubo batallas de envergadura, como la del Mons Medullius cercano a la zona de Las Medulas, que fue cercado con un foso de quince millas de longitud para evitar que desde allí se extendiese la rebelión a los esclavos que trabajaban las minas de oro del occidente de la región. Incapaces de soportar el asedio, los sitiados prefirieron matarse antes que caer cautivos.

Con otra victoria en Bergidum (Cacabelos) los romanos consiguieron controlar El Bierzo y asegurar el paso de la Vía de la Mesa por donde salía de Asturias el preciado mineral, con lo que se dio por concluida la contienda y Augusto regresó a Roma cerrando por segunda vez en su mandato y por cuarta desde la fundación de la ciudad, el templo de Jano. Así estuvieron las puertas otros doce años, en una paz tan duradera -cito otra vez a Orosio- "que se llenaron incluso de herrumbre".

Aunque como veremos, la realidad fue otra, ya que todo debería haber quedado así, sobre todo teniendo en cuenta que por lo general los pueblos vencidos no tardaban en abandonar sus costumbres para adoptar las de sus conquistadores y ya solo peleaban para conseguir la ciudadanía romana por los beneficios que suponía este reconocimiento, pero sin embargo en la Asturias trasmontana esto no se cumplió y aunque ya no hubo grandes batallas se sucedieron las escaramuzas aprovechando que las montañas y los bosques son un escenario ideal para lo que ahora conocemos como "guerra de guerrillas".

De manera que en el 25 a. C. el general Publio Carisio decidió combatir a las tribus más belicosas destruyendo sus castros y arruinando sus tierras, despeñando y crucificando por las caminos a los rebeldes que capturaba con vida y perdonando solo a los jóvenes que podían subastarse como esclavos y a los más fuertes para que trabajasen en las minas. Al mismo tiempo, se respetó a los que opusieron menos resistencia a cambio del pago de tributos, que a falta de moneda, se pagaban en especie.

Sin embargo, tampoco pudo ser esta la paz definitiva, ya que al año siguiente, aprovechando la ausencia del emperador, los astures tendieron una trampa a un destacamento romano, invitándoles a recoger un cargamento de trigo regalado en señal de buena voluntad, para matarlos en una emboscada. Esta pequeña victoria animó a seguir a los astures cismontanos con los ataques que culminaron con el asalto a los campamentos legionarios de la zona del Esla y trajo la represalia del nuevo legado de la Hispania Citerior, el general Lucio Aelio, quien persiguió a los rebeldes cortando las manos de todos los astures que tenían edad para empuñar un arma.

La guerra se prolongó hasta el 19 a. C. con diferentes estrategias. Publio Carisio, incapaz de controlar la sucesión de asaltos y sabotajes a las infraestructuras dejó libertad a Cayo Furnio para que estableciese pequeñas guarniciones que sembraron la destrucción por las montañas incendiando los bosques y aterrorizando a sus gentes, o que los obligó a descender a los valles donde eran capturados con facilidad.

Pero los esclavos astures acababan en muchos casos asesinando a sus dueños para regresar a su tierra, por lo que se hizo venir desde las Galias al general Agripa, conocido por su crueldad, quien optó por lo que llamaríamos con un término del siglo XX "la solución final", degollándolos sistemáticamente, deportando a otros, arrasando sus poblados y permitiendo vivir en el llano a los más afortunados.

Luego todavía hubo otras revueltas de menor entidad, que fueron espaciándose a medida que los astures se fueron adaptando a la fenomenal influencia de la cultura imperial. Unas décadas más tarde, mientras en los montes la hiedra cubría las ruinas de lo que en otro tiempo habían sido sus orgullosos poblados fortificados, los descendientes de aquellos guerreros ya combatían como tropas auxiliares defendiendo a las águilas romanas y en los valles se construían hermosas villas con todas las comodidades donde se trataba de imitar en todo el estilo de vida de los vencedores.

En este marco debemos situar los yacimientos romanos que se han descubierto y excavado parcialmente en la Montaña Central en los últimos años, pero también la villa de Memorana, en el concejo de Lena, injustamente olvidada por las instituciones y relegada a un segundo plano por los arqueólogos, que no la incluyen en su listado de prioridades. No sé por qué.

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