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De lo nuestro | Historias heterodoxas

Inaugurando una época

Cristina de Borbón-Dos Sicilias y Fernando Muñoz participaron en proyectos en la Montaña Central como la Asturian Mining Company

Inaugurando una época

Inaugurando una época

Ernesto BURGOS

Fernando VII, quien ostenta el infame mérito de haber sido el peor de los reyes Borbones, se casó cuatro veces, dejando a su muerte una viuda y dos hijas. La viuda y a la vez sobrina suya, era María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, y no guardó mucho el luto, puesto que escogió un nuevo acompañante entre los mozos de su Guardia de Corps casi cuando aún estaban retirando las flores colocadas sobre la tumba de su marido.

El elegido se llamaba Agustín Fernando Muñoz Sánchez, un soldado tan apuesto como pobre con el que se casó el 28 de diciembre de 1833, tan sólo tres meses después del fallecimiento del rey. Hubo ceremonia religiosa en la capilla real, con la asistencia de los miembros del Gobierno y algunos amigos íntimos, pero se decidió guardar el secreto por estética y también porque el novio no tenía sangre azul, hasta que ya en 1844 el guardia fue nombrado duque de Riánsares y Grande de España y el enlace se dio a conocer en una ceremonia oficial con el consentimiento de su hijastra, la reina adolescente Isabel II.

Fernando Muñoz no tuvo ambiciones políticas, pero fue un lince para los negocios. Se dedicó a la sal, al tráfico negrero y a todas las empresas que pudiesen dar beneficios, siempre con la ayuda de su esposa, quien siguiendo la costumbre familiar desviaba fondos estatales para sus inversiones particulares, una fea costumbre que le costó años más tarde la expulsión de España y la pérdida de la pensión vitalicia que le habían concedido las Cortes.

En fin, entre las preferencias económicas de la pareja estuvieron los ferrocarriles, símbolo de la modernidad y del progreso en el siglo XIX, que prometían buenos beneficios, por lo que también recomendaron invertir en ellos a sus allegados.

En 1848 la mitad de las acciones de la primera junta general del ferrocarril de Langreo eran de un hermano del duque de Riánsares al que le habían regalado el título de conde de Retamoso. Por su parte, la real pareja se hizo en Asturias con acciones de otras empresas relacionadas con este proyecto, adquiriendo minas de carbón en Siero y en diferentes proyectos de la Montaña Central como la llamada carretera carbonera y la Asturian Mining Company a través del testaferro León Lillo.

Aquel ferrocarril, uno de los primeros de España, se inauguró por fin el 25 de agosto de 1852 con la presencia del ilustre matrimonio, que hizo el primer viaje junto al ministro de la Guerra y otras autoridades hasta Pinzales, para que el convoy regresase después transportando simbólicamente una carga de carbón.

Todo se pudo preparar con tiempo porque la familia pasaba el tiempo veraniego en la zona de Gijón junto a cinco de sus hijos, alojándose en el palacio de Contrueces, desde donde iban a bañarse a la playa de Pando y se desplazaban a la ciudad para dejarse ver en los banquetes y saraos de más postín. Pero se conoce mucho menos que un mes antes, el 15 de julio, la reina madre, su marido y dos de sus hijas -la marquesa de Vista Alegre y la condesa de Castillejo- ya habían estado en la fábrica de hierros de Mieres para otra inauguración.

El diario "La España" contó que aquella mañana fue magnífica, aunque como esta publicación era muy próxima a María Cristina, su crónica estuvo demasiado maquillada: Mieres se describe como un paisaje idílico "solo comparable a lo más ponderado de Suiza", con los cerros próximos llenos de aldeanos en traje regional, las aguas cristalinas del río Caudal corriendo a los pies de la Fábrica y la villa rodeada por los picos de Ablaña, Siana y Pico Agudo "uno de los más altos de Asturias", según el más que optimista redactor.

A las once de la mañana un disparo de artillería anunció que la comitiva estaba llegando al alto del Padrún y otros dos cañonazos el inicio del descenso entre las salvas de ciento veinte morteretes fundidos en la misma fábrica y en medio de fuegos, vivas, banderolas de color azul y blanco y escudos con las iniciales de la reina madre, que bordeaban el camino hasta la entrada de las instalaciones preparadas con un vistoso arco de triunfo diseñado por los ingenieros Adriano Paillette y Felipe Paret.

Allí esperaban las autoridades políticas y empresariales con una compañía del regimiento Nº 13 para los saludos de rigor, después todos avanzaron hasta un pabellón campestre preparado frente al gran taller, donde tras escuchar la Marcha real interpretada por la sociedad Filarmónica de Pola de Lena se sirvió un almuerzo preparado por el cocinero Tomasín de Avilés, al que el cronista de "La Época" calificó como un afamado chevet, una palabra francesa que equivalía en ese tiempo a lo que ahora llamaríamos un chef.

En el ágape se sentaron también los ingenieros de la fábrica y el tal Tomasín tuvo que trabajar a fondo porque junto a los diferentes asados que ya tenía previstos, le instaron a cocinar un venado entero que se había cazado la noche anterior. Finalizados los cafés y los brindis, empezó la visita a bordo de un vagón sobre raíles preparado al efecto para que los señoritos no tuviesen que echar pie a tierra.

Desde allí pudieron asistir primero a una sangría en un horno antiguo, que hacía dos fundiciones diarias de tres toneladas, y a continuación conocieron las cinco máquinas de vapor existentes en el establecimiento, cada una con fuerza de 180 caballos, que fueron bautizadas con los regios nombres de "Isabel II", "Princesa de Asturias", "Francisco de Asís", "Luisa Fernanda" y "Virgen de los Desamparados".

Seguidamente se desplazaron hasta el lugar donde se acababa de construir el gran alto horno al que el cura párroco de San Juan de Mieres puso el nombre de "San Fernando", antes de que el duque procediese a encenderlo por primera vez aplicando una mecha al combustible preparado de antemano. La ceremonia fue acompañada por vivas a la reina, una nueva salva de los morteretes y el lanzamiento de un millar de voladores. Vieron luego como se fundían tres lingotes de hierro, que se llevaron de recuerdo, y recibieron una hermosa plancha de hierro grabada con una inscripción que recordaba para siempre la visita.

Luego cruzaron el río por un puente de madera sobre el que se habían prolongado los raíles y, siempre sin bajarse del vagón, llegaron hasta los hornos de cok, siendo recibidos por los trabajadores en orden de batalla y de nuevo al son de la Marcha real.

Uno de los platos fuertes de la jornada fue la entrada de la reina madre unas doscientas varas en el interior de la mina del Macho, que el patriótico periodista de "La España" resumió con estas palabras: "Valor tan notorio arrebató a los hijos de las cavernas, a los negros explotadores del carbón que la aclamaron reina de los mineros".

De vuelta a la Fábrica, sin una mota de polvo negro en su pechera, la augusta dama examinó los talleres de construcción y los minerales del país y antes de salir de la fundición, dejó una cantidad de dinero bastante crecida como obsequio a los empleados y trabajadores.

Desde allí pasaron hasta las instalaciones de la sociedad Unión Asturiana para ver el azogue de sus minas. En otra publicación regional "El Fomento de Asturias" se lee que doña María Cristina manifestó vivos deseos de entrar también en esta mina, que está sobre la carretera, pero fue informada de que filtraba mucho agua y no había ningún carretón que pudiese conducirla; aunque seguramente no fueron más que disculpas para evitar el contacto de la reina madre con un mineral peligroso, cuyas consecuencias conocían bien los médicos y los empresarios, pero ella ignoraba.

Por último, rodeada por el gentío, recibió a cinco menesterosos que la expusieron sus necesidades y a las cuatro de la tarde los ilustres visitantes iniciaron el viaje de vuelta hasta su residencia veraniega de Contrueces, sin hacer ninguna otra parada.

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias y Agustín Fernando Muñoz Sánchez mantuvieron posteriormente una buena relación con la Montaña Central. Tuvieron nueve hijos, uno de los cuales nació muerto, y dos de ellos entroncaron con la familia Bernaldo de Quirós. El II duque de Riánsares, Fernando María Muñoz y Borbón, se casó con Eladia Bernaldo de Quirós y vivió en la zona de Somió, en Gijón, pero Cristina María Muñoz y Borbón, marquesa de La Isabela formó su propia familia junto a José María Bernaldo de Quirós, el IX marqués de Camposagrado, en el palacio de Villa y atrajeron hasta Langreo a muchos personajes célebres de su época. Todo eso queda ya muy lejos.

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