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DE LO NUESTRO | HISTORIAS HETERODOXAS

Restando un muerto

El fatídico 16 de julio de 1923 en Mieres se produjeron accidentes en Baltasara, Mariana y el Grupo San Benigno, en los que fallecieron catorce mineros

Restando un muerto

Restando un muerto

Dicen que las desgracias nunca vienen solas, y yo creo que es verdad, aunque ya sé que si uno quiere ser serio no puede escribir estas cosas, pero lo cierto es que en la historia encontramos bastantes ejemplos de desgracias que coinciden en el tiempo como si alguna fuerza jugase

El suceso más grave se registró en Baltasara, y es seguro que ustedes ya lo conocen. Una explosión de grisú sorprendió a los trabajadores de la capa "Raimunda" a las ocho de la mañana, cuando hacían una pausa para almorzar a pie de tajo y desde un coladero fue derribando los cuadros de entibación produciendo quiebras en unos sesenta metros hasta llegar al pozo para revolverse allí en otra ola fatídica en sentido contrario a la ventilación.

Al parecer, el origen pudo estar en la deflagración provocada por una lámpara defectuosa, aunque también se manejó la posibilidad de que alguno de los afectados hubiese encendido un cigarrillo aprovechando el momento de descanso. De cualquier manera lo cierto es que la catástrofe fue tan enorme que en un primer momento se habló de la posibilidad de que las víctimas mortales llegasen a veinte.

Antes de que la noticia corriese entre la población, cuando tan solo había transcurrido una hora desde el primer desastre, un costero se desprendió sobre otros dos mineros que trabajaban en el piso séptimo de Mariana, que al igual que Baltasara pertenecía a Fábrica de Mieres. Y por si aún no hubiese sido bastante, a las tres y media de la tarde se supo que en el Grupo San Benigno de la Sociedad Hulleras de Turón la explosión descontrolada de unos barrenos había afectado a dos trabajadores más.

Aquel fue un día de una actividad incesante. A la actuación de las brigadas de salvamento se sumó el ir y venir de jueces y autoridades para levantar cadáveres y recabar toda la información posible en los lugares de los accidentes y el despliegue de la Guardia Civil para prevenir incidentes. Hasta el mismo Manuel Llaneza se vistió de minero y bajó hasta la capa "Raimunda" junto a los técnicos para conocer las primeras investigaciones y poder presentar un informe en las Cortes.

Finalmente, al día siguiente los nombres de las víctimas ya se publicaron en la prensa. Definitivamente los muertos en Baltasara eran trece, la mayor parte vecinos de la Hueria de San Juan y como si la mina hubiese querido demostrar que su furia no distinguía de categorías había entre ellos desde un capataz hasta un guaje: Cándido García Álvarez, Ildefonso Raimundo González, Marcelino Alonso Álvarez, Sergio Fernández Martínez, Antonio Iglesias Rodríguez, José Fernández Turrado, Joaquín Cidón Fernández, Belarmino Muñiz García, Santiago Arecheaga Carro, Martín Serrano Fernández; Arturo García Álvarez, y Faustino Fernández García y Antonio Fernández Guerra.

También se supo que otros cuatro trabajadores de la misma capa habían salvado su vida porque permanecían detenidos en los calabozos desde la noche del domingo "a consecuencia de haber producido algunos alborotos en las calles con motivo de copiosas libaciones en la foguera del Carmen". Ya ven que cosas tiene la vida.

Por otra parte, en Turón pereció el picador Juan García Valdés y estaba grave el rampero de 17 años Laureano Vega Coto, y en Mariana, uno de los heridos, de 46 años, que había sido atendido en el hospitalillo de la empresa, según declaraciones del propio Gobernador Civil, también había fallecido unas horas después. Se llamaba Manuel Fernández Guerra y si ustedes repasan la lista de Baltasara se encontrarán con que en ella figura otro muerto con sus mismos apellidos, Antonio Fernández Guerra: su hermano.

Este vínculo familiar añadía una nota aún más dramática a lo sucedido aquel 16 de julio y así lo han recogido los historiadores que han escrito sobre la catástrofe de Baltasara, algunos sumando incluso los quince muertos del día para el mismo pozo. Pero también lo dan por bueno quienes se han dedicado a recopilar los datos históricos de todos los accidentes mineros y hasta el magnífico trabajo "Catástrofes mineras asturianas", firmado por el recientemente fallecido Mario García Antuña lo anota así.

Pero lo cierto es que Manuel Fernández Guerra logró superar sus heridas y sobrevivió a aquella fecha fatídica, y para comprobarlo solo hay que avanzar un día en las hemerotecas -hasta el miércoles 18 de julio- para ver junto a la información sobre el sobrecogedor entierro de las víctimas una breve reseña que corrige el error y anuncia la mejoría del accidentado.

Y ahora déjenme contarles que después de haber cerrado esta historia, dando también por muerto a Manuel Fernández Guerra a causa del costero de Mariana, he tenido que rehacerla completamente, porque una casualidad ha venido a ayudarme a dejar las cosas en su sitio.

La duda me surgió cuando encontré la pequeña nota que hablaba de la recuperación de Manuel y quise comprobar qué había sucedido después y si realmente había acabado falleciendo tras una recaída. No encontré nada en los periódicos de la época y decidí buscar en otras partes, hasta que para mi sorpresa vi una carta al director de LA NUEVA ESPAÑA publicada el 9 de mayo del 2016 con la firma de Florentino Fernández Ruiz en la que corregía un dato de una de estas Historias Heterodoxas que yo había publicado tres años antes.

Se titula "Ha llegado España" y en ella relaté el fusilamiento de cuatro personas en el cementerio de Mieres ocurrido en octubre de 1937. En un párrafo aparecen los datos de los fusilados: "Manuel Álvarez San Juan, nacido en Riosa, pero vecino de Santullano, hijo de Cándido y María y que contaba en aquel momento 28 años; Luciano Fernández Agudín, de Mieres, de 33 años, hijo de Manuel y María; Manuel Segura Montoya, de Mijas, residente en Santa Cruz, de 45 años, hijo de Manuel y María, y Francisco Álvarez Fernández, hijo de Ignacio y Sara, ovetense, pero también habitante de Mieres, de 30 años".

Florentino Fernández Ruiz aclaraba en su carta que los datos sobre Luciano Fernández Agudín eran correctos "excepto el nombre, que es Alfredo Fernández Agudín". Y especificaba seguidamente que "Alfredo Fernández Agudín era hijo de Manuel Fernández Guerra, hermano de mi abuelo Antonio Fernández Guerra, muerto en la explosión de grisú que se produjo en mina Baltasara en 1923, en la que resultaron muertos 13 mineros" y que ambos hermanos procedían del concejo de Ibias.

Yo no había visto esa carta hasta ahora y, aunque ya hayan pasado algunos años, aprovecho para enmendar mi error, asumiendo mi responsabilidad, ya que en este caso fui quien obtuvo directamente los nombres del libro de enterramientos del Cementerio municipal, donde figuran tal y como los escribí; aunque no es extraño que pueda haber errores, ya que el libro no es de época, sino rehecho a partir de los papeles dispersos que fue encontrando en la década de 1970 un enterrador con inquietudes, pero sin más formación que su buena voluntad.

Lo cierto es que Florentino Fernández Ruiz nos proporciona una información que demuestra sin ninguna duda cómo su tío abuelo permaneció con vida por lo menos hasta después de la guerra civil: "Manuel Fernández Guerra, el día de los fusilamientos en el cementerio de Mieres, tuvo la entereza de acompañar a su hijo en el trayecto que la comitiva realizó desde el convento convertido en cárcel al cementerio, en La Belonga, proporcionándole tragos de coñac hasta donde le permitieron acompañarle, en la misma puerta del cementerio. Allí se despidieron y cuando caminaba en dirección a Mieres, sintió las descargas de los fusiles".

Escribía Florentino Fernández que en Mieres viven actualmente otros familiares directos de Alfredo Fernández Agudín y por lo tanto de Manuel Fernández Guerra y que su ánimo al escribir la carta era solo el de corregir el nombre equivocado y contribuir a que, poco a poco, se conozca mejor y con más rigor nuestra historia. Siempre he defendido que esa historia -la nuestra- debemos hacerla entre todos, de manera que le agradezco que me haya corregido y a la vez aprovecho para hacer yo lo mismo restando uno al número de muertos en los accidentes de aquel fatídico 16 de julio de 1923.

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