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DE LO NUESTRO | HISTORIAS HETERODOXAS

Manual de instrucciones para acabar con las huelgas

Los métodos del ingeniero del siglo XIX José Suárez para evitar protestas

Manual de instrucciones para acabar con las huelgas

Manual de instrucciones para acabar con las huelgas

Hace unos meses les conté en esta página la vida y obras de don Francisco Gascue Murga, prestigioso ingeniero vasco que trabajó muchos años en nuestras cuencas. Cité entonces su "Colección de artículos industriales acerca de las minas de carbón de Asturias", donde recopiló en 1888 los comentarios que venía

En la misma línea se pronunció en 1896 el jefe del Cuerpo de Minas de Oviedo José Suárez y Suárez con otro librito titulado "El problema social minero en Asturias", en el que algunos investigadores no ven más que un plagio de los artículos que había publicado ocho antes su colega, anticipándoles que aunque los dos ingenieros coincidieron de manera general en su mala opinión sobre las costumbres y la vida privada de los mineros, don José Suárez ya estaba viendo las orejas al lobo del movimiento obrero y por ello se centró en buscar la manera de evitar que la idea social prendiese en la Montaña Central.

Ahora he podido estudiar este texto, que es muy difícil de encontrar, porque me lo ha cedido mi amigo Ángel Alfonso Rodríguez, bibliófilo impenitente, y quiero compartir con ustedes algunas conclusiones.

Suárez y Gascue tuvieron muchas cosas en común. Ambos habían nacido en el otoño de 1848 y fallecieron con un año de diferencia, el primero en 1919 y el segundo en 1920. Los dos desarrollaron un extenso currículo en el mundo de la ingeniería minera, fueron profesores de la Escuela de Ayudantes Facultativos de Minas de Mieres y -como acabamos de ver- compartieron la misma preocupación por el progreso industrial de Asturias, aunque Gascue retornó a Euzkadi, donde al final de su vida dirigió una fábrica de plomo y plata en Rentería, mientras que Suárez se quedó en Oviedo, mejorándolo con obras como el abastecimiento de agua potable a través del canal del Aramo o la creación del cementerio de San Salvador, por lo que es hijo adoptivo de esta capital.

"El problema social minero en Asturias" es también una recopilación de los artículos que se habían publicado en prensa entre junio y julio de 1895. Se inicia con unos comentarios sobre las noticias que venían del movimiento obrero internacional, donde ya estaban extendiéndose las ideas socialistas y comunistas entre los obreros de las principales naciones productoras, quienes una vez convencidos de que por su número, su fuerza y sus medios de acción podían imponerse a los burgueses, secundaban a los "visionarios" que pululaban por las comarcas industriales y se preparaban para secundar la colosal empresa de reformar los fundamentos sociales.

Hasta aquel momento, en Inglaterra, Bélgica, Francia y Alemania las reivindicaciones habían sido pacíficas y casi siempre teóricas, pero en los mítines cada vez se escuchaba más hablar de revolución e incluso de insurrección armada. Por el contrario en Asturias las huelgas y las movilizaciones aún eran escasas y las que se registraban eran siempre por motivos exclusivamente laborales, como la disminución de las horas de trabajo, el aumento de los jornales o la pretensión de arañar alguna participación en los beneficios de las empresas.

José Suárez estimó que no existían razones para que en esta región arraigasen las ideas de emancipación, ya que para él los conflictos vividos hasta entonces habían sido provocados por individuos venidos de fuera o se debían a la simple imitación, lo que explicaría situaciones absurdas como el paro registrado en Langreo en mayo de 1890 demandando el máximo de ocho horas diarias de trabajo, cuando en realidad en ninguna mina se pasaba de seis.

El ingeniero distinguía entre los obreros que vivían en los centros de población o agrupados en barriadas económicas cerca de las fábricas y las minas, y aquellos que se repartían por caseríos aislados y completaban su actividad con el cultivo de huertas, pero en los dos grupos encontraba algunos problemas comunes como las malas condiciones de las casas, el alcoholismo, la mala alimentación y la usura.

Según sus palabras la profusión enorme y hasta aterradora de tantas tabernas constituía una verdadera plaga que traía la inmoralidad y la ruina a las familias, tanto más que los alimentos y bebidas que allí se vendían estaban adulterados y hasta el aguardiente con el que solían desayunar los mineros se formaba de agua, alcohol amílico y esencia de anís, lo que acababa deteriorando seriamente la salud de los consumidores.

También la alimentación era lamentable, y aquí sí recogía lo escrito por Gascue: "una pequeña ración de alubias con escaso tocino, un pedazo de pan de maíz, acaso un poco de queso o leche constituyen, con ligeras variantes, la comida fuerte del medio día; por la mañana y por la noche menos aún. Los mejor remunerados comen pan".

Para evitar la usura de los comerciantes, José Suárez apoyaba la experiencia que estaba poniendo en marcha el marqués de Comillas en la Sociedad Hullera Española y también las Sociedades Cooperativas, de las que en aquel momento solo marchaban tres en Asturias, una de ellas sostenida por los operarios de Fábrica de Mieres.

En el poblado de Bustiello funcionaba desde 1891 el economato montado por don Félix Parent, en el que la propia empresa se encargaba de adquirir directamente todos los géneros de uso común para vendérselos a sus trabajadores sin más recargo que un 2 o 3 por ciento para hacer frente a las pérdidas y en las cooperativas sus Juntas Directivas administraban los almacenes de víveres y ropas para venderlos también sin recargos.

Al mismo tiempo la Sociedad Unión Hullera y Metalúrgica de Asturias, dirigida por don Luis Adaro era un modelo a la hora de pagar la asistencia médica y las pensiones de sus trabajadores gracias a un fondo constituido por un 2 por ciento que se retenía en los jornales y una subvención de la empresa igual a la suma de todos los descuentos.

El ingeniero veía así las cosas. Para él las huelgas que se repetían en el extranjero no tenían razón en Asturias y las que pudieran producirse serían culpa de una minoría revoltosa que con coacciones y amenazas iba a intentar imponer las órdenes de los comités de resistencia constituidos fuera de la provincia, por el afán de imitar a los de fuera, dedicándose a armar barullos y camorras durante unos días y también por la facilidad que tenían los mineros asturianos para estar en las tabernas o "perder lastimosamente el tiempo arrimados a una pared o a un árbol".

Partiendo de estas ideas, proponía crear laboratorios municipales para controlar el estado de los alimentos y bebidas, abrir economatos y construir casas higiénicas, pero para ello era preciso aumentar las ganancias de las empresas, de modo que los obreros debían estar dispuestos a trabajar más horas diarias sin que aumentasen sus salarios y disminuir los descansos y festivos hasta sumar los 300 días laborables, que en aquel momento, según sus cálculos y sumando los domingos, quedaban reducidos a 250 anuales.

También era necesario aumentar el número de escuelas para educar a los hijos de los trabajadores y a ellos mismos, con clases dominicales en las que se expusiesen normas de higiene y prácticas religiosas y morales alejándolos así de las ideas perniciosas. En sentido era un ejemplo la Escuela de Capataces de Minas, cuyos titulados, además de las materias propias de su profesión, aprendían a ser obedientes y a respetar la autoridad del ingeniero, reconociendo su superioridad y sus más profundos conocimientos.

Pero si todo fallaba, don José tenía la solución definitiva en la fuerza represiva. La convocatoria del 1 de mayo de 1891 había fracasado en las cuencas mineras gracias a la distribución estratégica de 300 números de la fuerza pública entre los diferentes grupos mineros, de modo que lo lógico era hacer siempre lo mismo y ante el menor rumor de huelga se debía traer hasta la Montaña Central un contingente de 300 o 400 hombres del Ejército.

Todos sabemos lo que ocurrió después: en Asturias no cesaron las huelgas y hubo una revolución, Y es que por mucho que algunos se empeñen en frenar los cambios y mantener las cosas como están, el progreso de la Humanidad es imparable y, desde las costumbres hasta las instituciones que parecen más arraigadas, todo tiene su fecha de caducidad.

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