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DE LO NUESTRO | HISTORIAS HETERODOXAS

Consecuencias de la Gran Guerra

El inicio del conflicto en 1914 supuso para Asturias la potenciación de su minería, así como de la industria química y el transporte marítimo

Consecuencias de la Gran Guerra

Consecuencias de la Gran Guerra

Ernesto BURGOS | Historiador

En el Apocalipsis de San Juan puede leerse la profecía de los cuatro jinetes que en un momento no conocido van a recorrer el mundo trayendo la desolación. Millones de personas pensaron que uno de ellos al que siempre se ha identificado como la representación de la Guerra había elegido el 28 de julio de 1914 para comenzar su cabalgada: "Y como hubiese abierto el segundo sello, oí al segundo viviente que decía: 'ven y verás'. Y salió otro caballo rojo y al que lo montaba se le concedió el poder de desterrar la paz de la tierra y de hacer que los hombres se matasen unos a otros, y se le dio una grande espada".

Aquel día comenzó la I Guerra Mundial entre dos grupos de países a los que se añadieron poco después sus respectivos aliados. Por un lado estaba la Triple Alianza, formada inicialmente por el Imperio alemán, Austria-Hungría y poco después también Italia; por otro, la Triple Entente, con Reino Unido, Francia y la Rusia Imperial: más de 70 millones de combatientes entre los que afortunadamente ninguno representaba a España, que limitó su intervención a los debates de café entre los partidarios de uno u otro bloque.

Incluso los socialistas dividieron sus simpatías, aunque apostando siempre por la neutralidad; y lo mismo sucedió con la prensa. En Asturias los diarios más próximos a las izquierdas, como "El Noroeste", "La Voz de Avilés" y en un primer momento "El Correo de Asturias" respaldaron a la Triple Entente, mientras los conservadores "El Carbayón" y "El Pueblo Astur" se inclinaron por la Triple Alianza; y entre los dos bloques, "El Comercio" que procuró mantener su asepsia.

Con los primeros bombardeos se cerraron la mayor parte de las minas y las empresas, lo que produjo un éxodo de españoles emigrados que procuraron por todos los medios regresar a su tierra evitando que los alcanzase una posible movilización. La Montaña Central fue una de las zonas más afectadas por estos movimientos porque tras el fracaso de la "huelgona" de 1906 muchas familias mineras habían buscado trabajo en Francia, abriendo el camino a otras, que luego siguieron libremente sus pasos, atraídos por los sueldos y las condiciones que se ofrecían en los yacimientos europeos.

Aquellos cierres y la dedicación de otras fábricas a la producción de material bélico fueron la causa de que en Asturias se desarrollasen como nunca las industria química e hidroeléctrica; también todo lo relacionado con las finanzas y el transporte marítimo, pero sobre todo la minería del carbón, ya que desaparecieron las importaciones y hubo que aumentar la producción, aún a costa de la calidad, lo que hizo que por un tiempo tener una mina fuese igual a poseer un tesoro.

A mediados de septiembre el carbón había subido por encima de diez pesetas la tonelada, lo que motivó un decreto del Gobierno inglés prohibiendo exportar este combustible. La revista "Asturias", editada en Cuba cifraba la producción de nuestras cuencas en 1.750.000 toneladas anuales y los patronos mineros acordaron pedir al Gobierno que licenciase del servicio militar a los jóvenes que antes de ingresar en filas trabajaban en las minas, para poder llegar así a los dos millones de toneladas anuales.

Mientras tanto, el SOMA de Manuel Llaneza también exigía que los trabajadores de estos valles participasen en el beneficio resultante de la subida, al menos mientras durase esta circunstancia excepcional, para asegurar la normalidad de la producción e incluso forzarla para sacar el mayor provecho posible.

Pero la alegría duró muy poco: a finales del mismo septiembre los representantes de todas las empresas mineras tuvieron que reunirse en la sede de la Agremiación Patronal para unificar los precios y rebajarlos tres o cuatro pesetas por tonelada, en razón de su calidad, a cambio de que se restableciesen los derechos de Aduanas sobre los carbones y mantener de esta forma las ganancias. Acto seguido se convocó una comisión mixta de patronos y obreros para analizar la nueva situación y atendiendo a las razones expuestas se acordó rebajar el precio del carbón y retirar la petición de aumento de salarios.

De cualquier forma, a lo largo de toda la guerra continuó incrementándose la producción en la Montaña Central, convertida en un área estratégica para el conjunto de la economía nacional, con una consecuencia secundaria en la estética que transformó para siempre esta tierra, ya que a la multiplicación de escombreras que motearon de negro la uniformidad del verde de las montañas, se sumó la construcción de numerosos castilletes evidenciando que la profundización de pozos verticales estaba reemplazando para siempre a las explotaciones de montaña.

A la vez, los efectos de la conflagración continental provocaron un alza en el precio de las subsistencias que movió a las autoridades a negociar con los panaderos antes de que se produjesen protestas callejeras. Así se llegó al acuerdo de que no se alterase el precio del pan mientras fuese elaborado con la harina comprada antes de la subida.

En Gijón, donde ya estaban a punto de agotarse estas existencias, el Ayuntamiento se hizo cargo provisionalmente de las panaderías, para mantener los precios que estaban rigiendo. Y en Langreo, el Sindicato de la Unión de Fabricantes de Pan puso en conocimiento de la Alcaldía que, como el precio de las harinas ya oscilaba entre 44 y 45 pesetas los 100 kilos, se elevarían los precios hasta quedar establecidos de la siguiente forma: pamestas de tres kilos sin bregar, a 1,25 pesetas; pan bregado con harina de fuerza, de tres kilos, a 1,50; pan bregado de dos kilos, a 1 peseta; pan bregado de un kilo a 0,50; pan bregado de un kilo a 0,25 y el kilo de pan de bollos y bollas a 0,35 pesetas.

A ello había que sumar la lógica ganancia de los puestos y establecimientos de venta, aunque si el Ayuntamiento no estaba de acuerdo, los panaderos le ofrecían sus industrias sin cobrar alquiler, con la condición de que mantuviesen los precios sin alteración.

Entretanto, no cesaba la llegada de numerosos comprovincianos que huían de la guerra, destacando por su número los que tenían su origen en Mieres y Laviana, y para darles ocupación se anunció la inversión de diez mil pesetas en arreglos de carreteras, excepcionándose estas obras del trámite de subastas para poder comenzarlas cuanto antes. Y en este punto -perdónenme- no me resisto a comparar esta solución, que entonces fue bien vista por toda la sociedad, con lo que podría ocurrir si actualmente se propusiese lo mismo para poder dar ocupación a parados de larga duración o a los migrantes que están llegando a nuestro país.

Como puede suponerse, a causa de la movilización militar, la vida civil en Francia se paralizó absolutamente y todas las infraestructuras y los transportes se dedicaron a las necesidades bélicas, por lo que la repatriación no fue sencilla. El 12 de septiembre volvieron a Mieres varias familias de trabajadores que se hallaban establecidas en las regiones mineras del norte del país galo. A consecuencia de las dificultades del camino y la carestía de las subsistencias en el tránsito se movieron en tales condiciones de incomodidad y de miseria, que la prensa calificó su viaje como "una precaria odisea a través de los departamentos del sur de Francia y norte de España".

De hecho, los recién llegados venían sin ningún medio de subsistencia, como puede verse, por ejemplo, en este comentario del diario madrileño "La Correspondencia de España" fechado el 12 de agosto de 1914: "Han llegado muchos repatriados asturianos y se espera la llegada de muchos más procedentes de Irún. Han sido socorridos por el Gobernador. Se ha dispuesto que los indigentes sean socorridos por la Administración militar con rancho".

Era evidente que aquellos "indigentes" necesitaban de un presupuesto extraordinario y por ello los fondos previstos para festejos se destinaron a darles una ayuda económica y en Asturias se prohibió a las corporaciones subvencionar cualquier evento, de manera que quedaron suspendidas fiestas tan importantes como las de San Mateo, en Oviedo, que en 1914 se limitaron a la celebración de dos corridas de toros. También, siguiendo la costumbre que acompañaba a cualquier desgracia de alcance general, se abrió una suscripción y se creó una Junta de Socorros pro repatriados.

La Gran Guerra se prolongó hasta el 11 de noviembre de 1918 dejando tras de sí un número de muertos, heridos y mutilados como nunca se había conocido, y también un cambio en los hábitos sociales y el pensamiento que acabó con el antiguo concepto del honor y el respeto a los inocentes. Aún faltaban dos décadas para que España sufriese por ello.

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