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DE LO NUESTRO | HISTORIAS HETERODOXAS

El rebaño gris

Los veteranos de la guerra de Cuba residentes en las Cuencas lideraron el movimiento reivindicativo que exigía los atrasos de sus sueldos

El rebaño gris horizontal

El rebaño gris horizontal

El 9 de marzo de 1895, cuando se estaban iniciando los combates de la última guerra hispano-cubana, el republicano Vicente Blasco Ibáñez publicó en el diario valenciano "El Pueblo" un artículo titulado "El rebaño gris" que iba a resultar premonitorio. En él preveía ya el Desastre y el negro destino que iba a acompañar a los soldados españoles cuando regresasen vencidos a sus casas: "Si quedan inválidos, pueden aprender a tocar la guitarra para pedir una caridad a cualquiera de esas familias enriquecidas en Cuba y es posible que, desde sus carruajes, les arrojen dos céntimos".

Don Vicente acertó de pleno, y los lectores más fieles de estas historias recordarán el caso del veterano Valentín Villacorta, que en 1902 obtuvo cinco duros de manos del rey Alfonso XIII por haber interpretado ante él con su cornetín la Marcha Real durante una parada del tren regio en la estación de Ablaña.

Efectivamente, la isla se convirtió en un infierno para los reclutas que pertenecían a las familias más humildes y no podían pagar las 1.500 o 2.000 pesetas que se exigían para quedarse a salvo en la Península. Marcharon hacía allí 200.000 hombres, la mayoría menores de 22 años, y fallecieron cerca de 60.000, de ellos 10.000 cayeron en los combates y a 50.000 los mataron el hambre y las enfermedades, principalmente la fiebre amarilla y el vómito negro.

Es un hecho que estas cifras pudieron haber sido mucho menores si los soldados hubiesen recibido una alimentación adecuada y el equipamiento necesario para hacer frente a aquel clima extremo al que no estaban acostumbrados, pero ya sabemos que en torno a Cuba se tejió una red de corrupción en la que participaron políticos, militares, latifundistas y empresarios de la metrópoli que no tuvieron escrúpulos a la hora de desviar los fondos públicos para su provecho.

Entre los soldados que pudieron regresar, la mayoría lo hizo en unas condiciones tan lamentables que muchos hubiesen preferido contarse entre los muertos de la Isla para no prolongar su agonía en la Península.

En el transcurso de la guerra ya se produjeron 93 expediciones de repatriación y entre agosto de 1898 y marzo de 1899 otras 106 en las que viajaron tanto los soldados sanos como los mutilados y los enfermos, en unas condiciones tan deficientes que en ocasiones tuvieron que habilitarse hasta los baños y algunos retretes como dormitorios. Así se produjeron desastres como el acontecido en el "Isla de Panay", perteneciente a la Compañía Trasatlántica Española del marqués de Comillas, que en septiembre de 1897 arribó a La Coruña después de haber embarcado en La Habana 771 pasajeros: 58 de ellos quedaron agonizantes en Puerto Rico mientras 68 fallecieron en alta mar y otros 3 lo hicieron en la gabarra que debía llevarlos a puerto desde el buque.

Según consta en el Archivo Histórico Nacional, solamente entre febrero de 1896 y noviembre de 1898, volvieron 10.995 soldados inútiles y 33.808 enfermos a los que la prensa calificó como "La flota silenciosa", muchos de ellos tampoco sobrevivieron demasiado tiempo en sus casas, como se evidencia en el cementerio de Les Corts de Barcelona, donde se inauguró en 1904 un panteón con 728 nichos que acogen los restos de los soldados repatriados de la ciudad que acabaron falleciendo porque no pudieron recuperarse nunca.

Entre los que sí sobrevivieron, fueron muy pocos lo que pudieron reincorporarse al trabajo, de manera que las calles se llenaron de pedigüeños vestidos con su característico uniforme rayado, que comían de la caridad o los pequeños hurtos, ante la falta de ayudas oficiales de Gobierno incapaz para asumir el pago a los veteranos y a las familias de los fallecidos.

Para combatir esta situación se creó la Federación Española Protectora de Repatriados de Ultramar que en 1903, un lustro después de la pérdida de las colonias, cuyo portavoz se quejaba de que habían sacrificado sus vidas en una guerra absurda: "nos batimos con nuestros hermanos, ayunábamos a viva fuerza, sacrificábamos nuestras vidas debido a las enfermedades infecciosas propias de aquel clima tropical y dimos el golpe de gracia que tanto honor nos dio, porque así nos lo ordenaron" y exigía el pago de los alcances con inclusión de pluses y gratificaciones que se había establecido por Real Orden el 7 de marzo de 1900 y aún estaba pendiente. Luego pasó el tiempo, y otra ley, vino a sustituir a la anterior el 30 de julio de 1904, aunque de nuevo sin aplicación efectiva.

Más adelante se fundó la Unión General de Repatriados, representados aquí por la Asociación Asturiana de Repatriados de Ultramar, que comenzó a reunirse en el Centro Obrero de Gijón, aunque según fue transcurriendo el tiempo desplazó su actividad a las cuencas mineras, donde existía un numeroso colectivo de veteranos. Así el 27 de octubre de 1912 fueron convocados en el Centro Obrero de Sama los repatriados de Cuba, Puerto Rico y Filipinas residentes en Gijón, Oviedo, Mieres y Langreo, para ser informados de la contestación que el ministro de la Guerra había dado a una pregunta formulada por el alcalde de esta última localidad sobre el problema de Ultramar.

Luís Pérez y Antonio Arias, ambos de Ujo, pasaron a ser respectivamente presidente y secretario de la Asociación que abrió su sede en el Barrio de La Estación de la localidad minera, con una directiva de la que estaban representados otros vecinos de la Montaña Central: José Kuntz, también de Ujo; Antonio Espina y Julián Velasco, de Mieres; Pedro Crespo Díez, de La Felguera; y Santos Campomanes Díaz, de Villayana en Lena. Y este colectivo funcionó con tal energía que no tardó en abanderar las demandas de toda España, junto a los de las grandes capitales.

El 7 de febrero de 1913 el presidente dejaba claras sus intenciones: "Tan poca diligencia es la que nos obliga a unirnos todos los repatriados astures y los que tienen su residencia en esta para evocar al gran Pelayo y ser los primeros que con la razón que nos asiste levantarnos el grito, hasta conseguir el pronto cumplimiento de la Ley de 30 de julio de 1904 con la cual cumplirán los poderes públicos en corto plazo el compromiso que tiene contraído con nosotros".

Pocos días más tarde se convocó desde Madrid una asamblea nacional para coordinar los esfuerzos de todos y recabar conjuntamente el pago de los pluses de campaña que se adeudaban; al mismo tiempo en Asturias se iniciaron los preparativos para enviar a la correspondiente delegación regional. Se dejó preparado en el Centro Obrero de Mieres un boletín de suscripción para que aquellos que no pudiesen desplazarse pudiesen manifestar su adhesión y se organizó un mitin en el Centro de Sociedades Obreras de Oviedo al que los interesados de la Cuenca del Caudal acudieron en un tren del Vasco-Asturiano que partió desde la estación de Ujo-Taruelo recogiendo a los interesados en todas las paradas de su trayecto.

Entretanto, la profecía de Vicente Blasco Ibáñez seguía cumpliéndose y en marzo de 1913 la prensa dio cuenta de un caso muy parecido al del cornetín de Ablaña con Alfonso XIII. Esta vez se trataba de un langreano llamado Enrique Aragón Blanco, quien también había sido cornetín en Cuba a las órdenes del general Agustín Luque, un militar próximo al republicanismo a quien se debe la aprobación de la Ley del Servicio Militar Obligatorio en España. Después de haber dejado en la isla siete años y cinco meses de lo mejor de su vida, el desgraciado veterano de Langreo había regresado inútil para el trabajo y se veía obligado a mendigar por los pueblos de la provincia a pesar de que el Estado le había reconocido un año antes una deuda de 1.259 pesetas que no acababa de pagarle.

También hay que decir que hubo quien no tuvo ningún problema para cobrar. La Compañía Trasatlántica de don Claudio López Bru se encargaba de la mayor parte de estos transportes y estableció unas tarifas de treinta y dos duros de la época por cada hombre que llegaba sano a Cuba y otro tanto por repatriarlo, hasta que a finales de 1898 el señor marqués decidió que no le era rentable y anunció que sus barcos también se habían inutilizado en el Desastre, por lo que hubo que contratar a seis vapores franceses y otros seis alemanes para reemplazarlos.

Luego se produjo uno de los prodigios de don Claudio, porque en 1909 aquellos barcos reaparecieron milagrosamente para transportar a los reservistas catalanes a la Guerra de Marruecos donde, seguramente por casualidad, Comillas y su socio el conde de Romanones habían adquirido un año antes las minas de hierro del Rif.

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