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De lo nuestro | Historias heterodoxas

La fuga de Bustiello

La odisea de los dos religiosos que huyeron del poblado al estallar la Revolución y lograron llegar a Palencia haciéndose pasar por obreros

La fuga de Bustiello

La fuga de Bustiello / Ernesto BURGOS

Ernesto BURGOS

Cuando don Claudio López Bru imaginó su poblado ideal en Bustiello tuvo claro que la educación religiosa era fundamental para fomentar en las familias obreras el catolicismo que debía impregnarlo todo. Consultó a sus asesores jesuitas sobre cuál debía ser la Orden elegida entre el amplio abanico de las que se dedicaban a esta actividad en nuestro país y estos le encaminaron hacia los Hermanos de las Escuelas Cristianas.

Entonces se puso en contacto personalmente con su Visitador General, quien le envió los estatutos desde la Casa Principal que tenían abierta en Madrid, y decidió rápido: el día de Santa Bárbara de 1906 se inauguró en Bustiello el colegio de La Inmaculada, al que iban a seguir en el territorio de la Sociedad Hullera Española (SHE) los de Caborana y Ujo. Lógicamente se trataba de establecimientos solo para niños, mientras que en las tres localidades, y también en Boo, las niñas tuvieron sus propias aulas, que dirigían las monjas Dominicas y las Hermanas de La Caridad, encargándose estas últimas a la vez del magnífico sanatorio de la empresa.

Cuando se cumplió el centenario de esta fundación, el profesor César Armengol, quién entonces impartía clases en el colegio de La Salle de Ujo, publicó un trabajo en el que expuso que en aquellos primeros años se encargaban de la enseñanza masculina veinte frailes y de la femenina treinta monjas, los cuales, gracias a un convenio con la SHE, recibían su correspondiente retribución en metálico, establecida para cada uno de los hermanos en 1.500 pesetas anuales.

El colegio de Bustiello cerró sus puertas en 1968, dejando muy buen recuerdo entre sus antiguos alumnos, lo que viene a ser una constante en todos los que los Hermanos mantuvieron abiertos por las cuencas mineras, de los que únicamente permanece en activo el de La Felguera.

Pero el paso de estos religiosos por la Montaña Central no siempre fue un camino de rosas y tuvo dos capítulos trágicos: uno, durante la persecución religiosa generalizada en la Guerra Civil, y otro anterior, tras el episodio que había obligado al cierre de su colegio en Mieres el 20 de junio de 1933, después de que veinte niños hubiesen sufrido abusos de carácter sexual por parte de uno de los hermanos de La Salle que nunca fue detenido y se refugió tranquilamente en su casa familiar de Barakaldo.

El resto de los frailes fueron reubicados en otros colegios, pero la impunidad del culpable dejó abierta una herida que pagó un año después la comunidad lasaliana de Turón cuando en el curso de la Revolución de Octubre fueron fusilados ocho frailes, entre los que se encontraban algunos de los trasladados desde Mieres, junto a otros civiles y un Pasionista que estaba allí para decir misa, ya que el reglamento de la Doctrina Cristiana estipula que ellos no pueden hacerlo.

Con respecto a los cuatro hermanos de Bustiello, en la conocida recopilación de casos publicada por el sacerdote Ángel Garralda en 1978, no figura ninguno ni entre los religiosos muertos por la violencia de aquel 1934, ni entre aquellos que fueron detenidos o tuvieron que esconderse o huir.

Sin embargo sabemos que esto fue lo que tuvieron que hacer dos de ellos ocultándose en domicilios particulares que les abrieron sus puertas en el muy católico territorio de la Sociedad Hullera Española y otros dos escapando hacia Castilla, tal como lo contaron en una entrevista que se publicó el lunes 22 de octubre de 1934 en “El Día de Palencia”, un periódico que dependía de la Federación de Sindicatos Católico-Agrarios de esta provincia.

Con el titular “Huyendo de los bárbaros” se anunció “la odisea de dos religiosos que escaparon de Bustiello (Asturias) y consiguieron llegar hasta Palencia”. Se trataba de Jacinto Lesmes, natural de Villarramiel, que cuando llegó el periodista ya se había desplazado hasta Valladolid, y Antonio Fernández, quien tuvo que responder en solitario a sus preguntas.

Por el relato del fraile sabemos que el jueves todo había sido normal en Bustiello, pero el viernes por la mañana los obreros ya no entraron a trabajar. Un dato interesante que demuestra cómo el plan revolucionario fue asumido en el poblado a pesar del aislamiento y la férrea censura informativa que imponía la SHE.

Allí, los primeros viernes de cada mes, se celebraba una misa a la que acudían los niños del colegio, pero aquel día algunos de los pequeños, de manera inocente y sin saber lo que estaban anunciando, comenzaron a gritar alborozados que había estallado la revolución, poniendo en guardia a los frailes aislados en el pequeño mundo diseñado por el marqués de Comillas, que desconocían el alcance de lo que estaba sucediendo.

Por ello supusieron que podía tratarse de una huelga más, de las muchas que se habían repetido durante los meses precedentes, hasta que al salir de la iglesia para regresar al colegio vieron con asombro cómo los mineros estaban armados y un grupo numeroso llevaba atados a los guardias jurados de la empresa para encerrarlos en un lugar seguro; después supieron que en aquel momento ya habían matado a uno de ellos que les había hecho frente.

Transcurridas unas horas empezaron a llegar más noticias alarmantes: el puesto de la Guardia Civil de Santa Cruz había sido volado con dinamita y los números resistían junto a sus familias en la Central Eléctrica de Viesgo; a la vez, en Moreda, unos 70 afiliados al Sindicato Católico encabezados por Vicente Madera se habían parapetado en sus locales, mientras el capellán había perdido la vida en el tiroteo. De manera que los cuatro hermanos que entonces estaban en Bustiello vieron conveniente abandonar su residencia y fueron a refugiarse al sanatorio de la empresa, donde las monjas ejercían su trabajo con total libertad y fueron respetadas, como sucedió con el resto de las religiosas mientras duró la revolución en Asturias.

Allí pasaron la noche en un pequeño cuarto, sentados en torno a una mesa, tapados con mantas e intentando dormir un poco. Ya con las primeras luces del día, dos de los frailes fueron detenidos y sufrieron un simulacro de fusilamiento; en cambio, el hermano Antonio pudo llegar hasta una casa particular; después, con la autorización del director de su comunidad, él y el hermano Lesmes se echaron monte arriba, sin comida, deteniéndose a rezar ante el monumento a la Virgen que aún preside el poblado desde lo alto.

Al amanecer del domingo vieron pasar sobre ellos a la aviación enviada para bombardear las posiciones rebeldes y tuvieron que esconderse por miedo a que disparasen sobre ellos. Después volvieron a salvarse por poco de caer en manos de un grupo encabezado por siete jinetes armados y por fin divisaron Campomanes, donde los combates eran durísimos.

De nuevo monte a través pudieron llegar hasta Navidiello haciéndose pasar por obreros que se dirigían a León para atender a la madre enferma de uno de ellos, y con este engaño consiguieron que les proporcionasen dos chorizos, el primer alimento que pudieron ingerir desde su salida de Bustiello.

Ya fuera de Asturias, pararon en una cantina de Arbas llena de mineros que escucharon con recelo su historia y les reprocharon que no estuviesen combatiendo, pero aún así pudieron cenar unas patatas y les permitieron quedarse a dormir en un pajar.

Al amanecer prosiguieron su marcha en dirección a Villamanín sin conocer cuáles eran los límites del territorio rebelde, hasta que se dieron de frente con una patrulla de la Guardia Civil. Tras identificarse como religiosos huidos, recibieron toda clase de atenciones y fueron conducidos hasta Santa Lucía. Allí se les proporcionó un salvoconducto, con la advertencia de que si se encontraban con algún grupo de insurrectos debían hacerlo desaparecer.

Todavía les faltaba pasar la noche en una posada situada entre La Robla y León, que seguramente era “La Venta de la Tuerta”, y mostrar su pase ante una patrulla a la que infundieron sospechas y que les ordenó levantar las manos a punta de fusil. Por fin, ya en la capital, se repusieron en el convento de Agustinos y desde allí se trasladaron en tren hasta Palencia, donde tardaron en tener noticias de lo que había sucedido con sus compañeros de colegio.

Los dos religiosos tuvieron la suerte de que su odisea finalizó bien y, al contrario que otros, pudieron contarlo. Actualmente la única huella que se conserva de estos hechos en Bustiello es la muesca de un hachazo en el altar mayor de su iglesia, que acompaña como un recuerdo amenazante a los tres relieves que don Claudio mandó colocar allí con representaciones de sus principales negocios: la mina, el ferrocarril y el transporte marítimo. Todo es historia.

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