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Aumentan los juicios por maltrato en las Cuencas: 598 el año pasado, la cifra más alta de la década

Las expertas aseguran que las mujeres denuncian más por el apoyo social | El relato de una víctima: “Antes de pegarme, me hizo diminuta”

Maltrato.

“Tonta”, le escupía el lunes. El martes y el miércoles tocaba la música de que se estaba poniendo gorda. El jueves volvía a casa borracho, la despertaba y la forzaba. El viernes, cuando ella se quejaba, le daba una paliza que marcaba. El sábado no le hablaba, dejaba que ella empapara la cara morada. El domingo le regalaba flores. Le prometía que todo iba a cambiar.

“Y yo le creía, porque le quería creer”. Lo dice, aún con la voz rota, Ana (nombre figurado). Una mujer de la comarca del Nalón que sufrió durante un lustro maltrato físico, psicológico y abuso sexual del que entonces era su novio. Consiguió romper la cadena que la ataba, juicio de por medio, y ahora es una mujer nueva. Quiere empezar su vida, aunque la estrena con un pesar. El hijo que nació de esa relación que la ahogaba ya no está con ella: “Primero nos lo quitó Servicios Sociales, por los problemas que había en casa. Luego no reclamé la custodia, creo que se merece una familia mejor”.

Un caso difícil, pero no el único. Los procedimientos por violencia de género en los juzgados de las Cuencas –Lena, Laviana, Mieres y Langreo– se han incrementado en el último año: de 542 a 598 casos (un 8% más). Es la cifra más alta de la última década. Las expertas consultadas por este diario afirman que la violencia puede estar aumentando, pero es seguro que también se denuncia más: una suerte de efecto “hermana, yo si te creo”, reflejo de los casos mediáticos que reciben el apoyo popular.

“En consulta se ve de todo. Muchas mujeres se atreven a denunciar, pero aún son mayoría las que no lo consiguen”, explica Paula Marín, psicóloga especializada en violencia machista e igualdad. Y añade: “Las mujeres que sufren violencia machista están en una situación de dependencia y vulnerabilidad que no les permite, en un primer momento, afrontar un proceso judicial. Además, sigue existiendo el miedo a que no las crean, a no recibir apoyo social”.

Le pasó a Ana. “No quería creer que me estaba pasando a mí, no quería que nadie se enterara. Me daba vergüenza y delante de la gente yo fingía que estábamos muy bien”, explica. Veía su vida como espectadora de una película de terror. Él la llamaba “pequeñina”. Un apodo cargado de veneno: “Luego supe que era lo que él quería. Hacerme pequeña, quería que yo me sintiera diminuta frente a él”.

Un “modus operandi” que Marín ve, prácticamente a diario, en su consulta. “Un maltratador no pega una paliza a su víctima el primer día”, señala. Al contrario, primero todo son detalles: unas flores, un viaje. Hacer sentir a sus víctimas como “una princesa de cuento”. Luego empiezan los desprecios sutiles, el “quítate, que yo lo hago mejor que tú”. Una discusión fuerte, una bofetada. Y un “perdóname, cariño, que perdí los nervios”. Cuando llega la primera paliza, ellas ya están anuladas: “Sorprende la cantidad de veces que se escucha ‘¿por qué no deja a su maltratador?’. Sencillamente, porque no puede. Porque está anulada y, en muchos casos, depende psicológica y también económicamente de él”.

“No quería creer que me estaba pasando a mí, no quería que nadie se enterara. Me daba vergüenza y delante de la gente yo fingía que estábamos muy bien”

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“Yo sentía que no podía hablar con nadie, que solo él podía quererme y ayudarme. Él se convirtió en mi verdugo y en mi salvador al mismo tiempo”, explica Ana. Cuando se quedó embarazada, las palizas ya eran costumbre. “Cuando supe que íbamos a tener un bebé pensé que todo cambiaría para mejor, que él dejaría de pegarme y que seríamos una familia normal”.

Embarazo

Pero todo fue a peor. Porque hay un dato escalofriante sobre la violencia de género. Salió a la luz con el estudio “Violencia de pareja durante el embarazo en mujeres que dan a luz en hospitales públicos de Andalucía”, de la comadrona María Casilda Velasco. Entre las encuestadas, el 21 por ciento de las mujeres aseguraron haber padecido violencia emocional. Y tres de cada diez mujeres gestantes sufrió violencia física o sexual. Dentro de este grupo, el 36,1 por ciento respondió que la violencia sucedía “muy a menudo” o “diariamente”.

El bebé de Ana, afortunadamente, nació sano. Los Servicios Sociales fueron alertados de la situación de la pareja: “Nos venían a visitar y yo me tapaba los morados, no quería que los vieran para que no me quitaran al pequeño”. Pero la situación terminó siendo insostenible. “Se lo llevaron a un centro de acogida, yo intentaba ir a todas las visitas. Solo falté dos veces, también porque estaba marcada por las palizas que me daba él”.

“Salir del infierno del maltrato es muy difícil, solo puede entenderlo de verdad quien lo sufre. Se da entre todo tipo de mujeres, ninguna es inmune”, destacó Marín. Pero hay factores que ayudan. El principal: el entorno. “Estar rodeada de personas que te quieren, que te comprenden y que te creen es esencial para romper las rejas de esa cárcel que es la violencia machista”.

A Ana la salvó su familia, aunque luego tuvo que pelear sola. “Mi madre se enteró de lo que estaba pasando y me echó una mano, pero cuando volví con él me dio la espalda”, explica. Tras tantos años de violencia física y psicológica, Ana volvió a nacer una noche de marzo: “Llegó a casa borracho e intentó apuñalarme. Vino una patrulla de la Guardia Civil y se lo llevaron. Me salvé porque llevaba una bata y un pijama gordos, que evitaron que acertara con un cuchillo que iba directo a mi corazón”.

“Salir del infierno del maltrato es muy difícil, solo puede entenderlo de verdad quien lo sufre. Se da entre todo tipo de mujeres, ninguna es inmune”

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Encontró ayuda en los servicios públicos para las mujeres maltratadas. Aunque, tras tantos golpes, ya no tiene miedo y habla con claridad: “No fue así con las asociaciones feministas que me encontré. Creo que no todos estos colectivos están preparados para atender a víctimas de violencia machista, hay intereses”, afirma, rotunda. A las mujeres que ahora están pasando por ello, solo les da un consejo: “Que se separen y que se arropen en sus seres queridos. Que se imaginen una vida sin miedo, porque es posible”.

Durante el año 2019, los juzgados registraron 598 casos. El de Langreo es el que tuvo una mayor actividad, con 234 procedimientos. Le sigue Mieres, con 213. En Laviana hubo 130 procesos, mientras que el balance de Lena se queda en 17.

Detrás de cada número, hay una historia de sufrimiento. La de Ana termina con ella ahora, rehaciéndose. Quiere estudiar enfermería. Recuerda cada noche las últimas palabras que le dijo su hijo: “Te quiero mami, eres la mejor”.

LAS CIFRAS

Procesos. Los procesos judiciales en las salas de violencia de género de las Cuencas se incrementaron un 8% en un año. De 542 casos hasta 598.

Motivos. Las expertas consultadas por este diario aseguran que, sin descartar que la violencia aumente, hay más mujeres que denuncian el maltrato.

Casos. Detrás de cada cifra, hay una historia de sufrimiento. Según al psicóloga Paula Marín, las víctimas se ven sometidas y anuladas por los maltratadores.

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