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De lo nuestro | Historias Heterodoxas

Una oveja para la historia

Una nueva versión del asedio al cuartel de Simancas en Gijón, en el verano de 1936, aportado por el novelista morciniego Fernando Solano

Una oveja para la historia

Una oveja para la historia

El morciniego Fernando Solano Palacio ya ha sido citado en otras ocasiones en esta página. Se trata de un personaje olvidado en su tierra tal vez por su incómoda ideología libertaria, pero una vez más pido que se le reconozca de alguna forma, porque fue buen poeta y novelista, y

Aunque “La tragedia del Norte” lleve por subtítulo “Asturias mártir” se ocupó también de la actividad bélica en Euzkadi y Cantabria, exponiendo además las opiniones de su autor que incluyen críticas sobre algún aspecto de la organización militar en el lado republicano, lo que le trajo a Solano los lógicos problemas.

Pero ahora no vamos a profundizar en este asunto, porque lo que quiero comentar es un párrafo muy concreto de “La tragedia del Norte”, incluido en el relato de la toma del cuartel gijonés de Simancas, que no encaja con lo que siempre hemos aceptado y deja abiertas dos posibilidades contradictorias: o Solano se dejó llevar por su fantasía y contó lo que no fue, o si por el contrario escribió la verdad debemos pensar que en el Simancas no se pasó tanto hambre como siempre habíamos pensado.

Antes les pongo en antecedentes recordándoles que la sublevación franquista fue apoyada en Asturias por el coronel Aranda que se hizo fuerte en Oviedo y por el coronel Antonio Pinilla Barceló en Gijón, pero este tuvo menos suerte y debido tanto a su vacilación inicial como a la rápida respuesta de las organizaciones obreras de esta ciudad se vio obligado a refugiarse con sus partidarios y algunos civiles en el cuartel del Regimiento de Infantería de Montaña Simancas nº 40.

Se trata de un edificio construido por la Compañía de Jesús en 1889 para establecer un colegio que llegó a tener mucho prestigio; más tarde fue incautado a los jesuitas durante la segunda República y se ubicó allí el Instituto Jovellanos, hasta que tras la revolución de octubre en 1934 se habilitó como cárcel y por fin como cuartel para el regimiento heredero del glorioso “Tercio Viejo de la Armada del Mar Océano de Infantería Napolitana”, que había participado en la batalla de Lepanto. Actualmente, la historia ha hecho un bucle, y en él vuelve a estar el Colegio de la Inmaculada regido por la Compañía de Jesús.

También en el momento de la sublevación militar se alzaron en Gijón la guarnición del cerro de Santa Catalina, que era una sección destacada del Parque de Artillería de Valladolid mandada por un teniente que se rindió muy pronto, y el batallón de Zapadores n.º 8, refugiado en el cercano cuartel de El Coto, que tampoco pudo resistir mucho, aunque cuando cayó algunos supervivientes lograron sumarse a los del Simancas.

En la década de los 80, ya se puntualizó un hecho divulgado por la propaganda franquista para hacer crecer el heroísmo de los defensores de este cuartel: en el último día del asedio, un crucero del bando nacional, el “Cervera”, disparaba contra los sitiadores y dos obuses dieron en la zona de los sitiados. Se contaba que el telegrafista les había enviado un mensaje llamando al martirio: “El enemigo está dentro, ¡Disparad sobre nosotros!”.

Pero en 1988 el propio telegrafista, Adolfo Montaña Gancedo, publicó en su libro “Memorias de un perdedor” que los mensajes enviados desde el cuartel al crucero habían sido los de “alargad el tiro porque disparan sobre nosotros”. Una versión que corroboró en un reportaje de LA NUEVA ESPAÑA publicado, en febrero de 2013, María José Díaz Gutiérrez, cuñada del telegrafista e hija de los cantineros del cuartel gijonés, la única familia que permaneció en el Simancas junto a los militares y que además denunció una conspiración de suboficiales dentro del Regimiento.

Lo que cuenta Solano Palacio se refiere también a ese último día. La conquista del lugar había comenzado gracias a un tiro de mortero que prendió fuego a la biblioteca y se extendió por la techumbre de madera del edificio y entonces: “Cuando los trabajadores vieron envuelto en llamas el edificio, se lanzaron al ataque con tal furia, que los sitiados, aterrados ante la situación en que se encontraban, apenas intentaron defenderse. En el asalto a este cuartel, cuando ya estaba envuelto en llamas, Carrocera fue el primero en entrar en el recinto, pero esta vez, en lugar de sacar una ametralladora, apareció, portando una oveja en hombros, volviendo a entrar de nuevo, una vez que la hubo depositado en lugar seguro”.

No nos sorprende que Higinio Carrocera fuese el primero en entrar en el recinto. Hablamos de un miliciano heroico que siempre estuvo al frente de sus hombres en lo más duro de los combates, se negó a huir con la camarilla de Belarmino Tomás cuando el “Gobiernín” dejó Asturias a su suerte, y una vez capturado prefirió ser fusilado a pasarse de bando con la categoría de oficial, como se le propuso. Pero esa escena casi bíblica que relata Solano, imaginándole victorioso con la oveja sobre los hombros, entre el fuego y las llamas, llama la atención no por Carrocera sino por la presencia del animal en el interior del cuartel.

Y esto es así porque todos los supervivientes de aquellos días estuvieron de acuerdo en narrar que los abastecimientos eran escasos y el hambre llegó a ser un problema.

María José Díaz Gutiérrez, que cuando sucedieron los hechos tenía 7 años, recordaba en aquella entrevista como en los primeros días “salían compañías, o un pelotón, y de las tiendas que había en los alrededores traían comida. Había también un almacén, de Rodero me parece que se llamaba, y de allí trajeron las patatas que pudimos comer. Al principio, el asedio no era muy intenso; sabíamos que estaban afuera, les oíamos cantar y gritar, y había tiroteos”.

Y efectivamente se sabe que, en la noche del 23 de julio, un comando mandado por el Teniente González-Aller logró introducir comestibles, vino y tres vacas

María José siguió contando que según fue pasando el tiempo “había que ir a la cola para la comida, que era siempre patatas con algo de carne que no sé de dónde la traían; al final, la carne era de los mulos del regimiento”.

Otra contradicción con lo expuesto con Solano Palacio que citó como en el momento del asalto “a las imprecaciones y gritos de los asaltantes se unían los lamentos de los heridos y los relinchos de los caballos, todo ello mezclado con las continuas explosiones de la dinamita y las detonaciones de la fusilería”.

La testigo le recordó al periodista más anécdotas sobre la alimentación, como que su madre tuvo que atender al teniente coronel Inocencio Suárez, herido grave por un cañonazo y le daba de comer una papilla que ella hacía o que “antes del día de Begoña, 15 de agosto, nos cortaron la luz y el agua; mi papá ya sabía que las cosas se habían puesto muy mal y sacaba de una cesta botellines de sidra “El Gaitero” y nos daba algún sorbín, porque agua ya no teníamos”.

Sin embargo, otros testimonios aseguran que tras el corte del agua, el día 9 se pudo localizar y rescatar un antiguo pozo y hasta se llegaron a tirar calderos de agua por las ventanas para impresionar a los sitiadores

El asedio del cuartel del Simancas se mantuvo desde 20 de julio al 21 de agosto de 1936 y, según Solano Palacio, en la confusión del ataque se produjo la salida de los encerrados, en la que los jefes trataron de confundirse disfrazados de soldados rasos e Higinio Carrocera volvió a imponerse evitando que fuesen ejecutados en el acto. Lo cierto es que muchos fueron muertos allí mismo o fusilados en la playa de San Lorenzo, mientras otros se sumaron a sus atacantes e incluso lograron ascensos en el Ejército Popular, aunque más tarde entre estos algunos volvieron a cambiar de bando.

La caída del Simancas fue silenciada por la prensa franquista hasta que al final de la guerra se unió a gestas similares como las del santuario de Santa María de La Cabeza o el Alcázar de Toledo, pero nos consta que aún queda mucha documentación sobre este asedio en manos de particulares. Hasta que salga a la luz no podremos conocer la verdad sobre la oveja de Higinio Carrocera.

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