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El Colláu, el pueblo asturiano que adecentan sus cuatro vecinos para ganar habitantes: "Esperamos que quieran quedarse"

Dos parejas se asientan en la aldea de Lena, que llevaba dos años vacía

La vida vuelve al Collau: así se prepara está aldea de Lena para recibir a más vecinos Carmen Basteiro

“Se buscan vecinos para resucitar pueblo fantasma”. Bien podría ser el anuncio para devolver la vida al Colláu (conocido en la zona como el Col.leu), una aldea lenense que llevaba dos años vacía. Llevaba, en pasado, porque ahora dos matrimonios se han asentado en la localidad. Y tienen un plan ambicioso: adecentarlo, “ponerlo curioso”, para buscar nuevos vecinos. En la crisis del covid-19, ellos ven la oportunidad de repoblar la zona rural. Una iniciativa que llena de esperanza a unas Cuencas que se vacían.

Los protagonistas de esta historia son las hermanas Esperanza y Mari Carmen González. Y sus respectivos maridos, Pedro Gamarra y Carlos Fernández. Éste último muy involucrado en el proyecto, pero con aversión a las fotos. “Ponemos el pueblo guapo para que vengan a verlo y algunos, a lo mejor, se animan a buscar una casa y quedarse”, afirman.

Buena falta hace. La zona rural de las Cuencas –una media de los municipios menos urbanos: Caso, Sobrescobio, Aller, Lena, Riosa y Morcín– tiene actualmente una densidad de población de 24 habitantes por kilómetro cuadrado. Similar a la de Suecia o Finlandia. En Caso, esta tasa se reduce hasta 4 personas: como Islandia.

No siempre fue así. Hace unas ocho décadas, la plaza del Colláu se llenaba con los pasodobles que cantaba una gramola. Y los jóvenes se juntaban para el baile: “Esto nosotras ya no lo vivimos, nos lo contaron nuestros padres”, explica Esperanza González. Ella y su hermana, Mari Carmen, nacieron en El Colláu. “Luego nos casamos y nos fuimos a vivir fuera. Aquí quedó una tía nuestra, Maruja”, señalan.

Maruja fue la última vecina censada en El Colláu. Hace dos años, sufrió una fractura de cadera y se trasladó a una residencia. Silencio total en la aldea, hasta que llegó el confinamiento por el covid-19. “Nosotras veníamos a veces, pero cuando estalló la crisis sanitaria vinimos todos para aquí”, explican. Los dos matrimonios y la hija de Esperanza González y Pedro Gamarra.

El “contra” más difícil de salvar: la carretera es una pista forestal, solo accesible para todoterrenos

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Los paseos por el pueblo les sentaban bien, pero se dieron cuenta de que la bonita aldea no lucía todo lo posible. “Decidimos hacer la obra para recuperar la fuente. Pedimos material al Ayuntamiento y, al día siguiente, ya lo teníamos aquí”, explica Gamarra. Están muy agradecidos a toda la Corporación, especialmente a los ediles Gelos López (Desarrollo Rural) y Paco García (Obras). “Ahora está preciosa”, afirman, los cuatro, muy orgullosos. Es una fuente bonita y tradicional, con un lavadero. Y está rodeada de casas vacías: “Esas son las que queremos llenar”.

La ilusión es invencible, las cifras no les desmoralizan. Aunque los censos no están para fiestas: en los últimos diez años, las Cuencas perdieron cuatro vecinos por kilómetro cuadrado. Aún más impactante: si la isla de Manhattan tuviera la misma densidad de población que la zona rural de las Cuencas, solo habría 449 vecinos censados. El número de pueblos abandonados crece de año en año. En el último listado, aparecen un total de 734 aldeas que ya no tienen vecinos.

El Colláu resiste. Y estos dos matrimonios, que siempre tienen una cafetera al fuego por si acaso, se resisten a arriar la bandera: “¿Sabes que antes había un hórreo cerca de la fuente? Hombre, nos gustaría que fuera la siguiente obra, pero eso ya son palabras mayores”, señala Gamarra. Y matiza su mujer: “En la fuente trabajamos mucho, debajo del sol y mojándonos. Hemos hecho un buen trabajo”.

Si el hórreo se resiste, el siguiente paso será desbrozar caminos y zonas comunes para que luzcan como en los mejores tiempos de El Colláu. “Con el coronavirus creemos que la gente cambiará de mentalidad y cada vez habrá más personas que quieran vivir en pueblos. Es otra forma de vida, todo va más despacio y somos más libres”, señala Mari Carmen González. Los “pros” de la aldea: una tranquilidad absoluta y buena conexión móvil y de internet (a través de satélite). El “contra” más difícil de salvar: la carretera es una pista forestal, solo accesible para todoterrenos. Se ha recuperado un antiguo camino a pie, desde Tiós. “ Para los coches, a ver si nos ayuda el Ayuntamiento y la arregla. Así ganamos puntos”, dice Gabarra. Clava la vista en una casona cerrada, en el camino callado: “Ya si vienen guajes... esto sería la bomba”.

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