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De lo nuestro | Historias Heterodoxas

La ilusión del esperanto

Los valles del Nalón y del Caudal se sumaron a impartir clases de este idioma universal creado en 1885 por el polaco L. L. Zamenhof

L. L. Zamenhof fue un oftalmólogo polaco, apasionado de los idiomas, que dedicó gran parte de su vida a idear una lengua común para ayudar a mejorar la comunicación entre los pueblos y acabar con esa traba que históricamente ha dificultado la unión de toda la humanidad. Después de varios intentos, fue mejorando su idea hasta que en 1885 ya pudo fijar las normas de su proyecto, bautizado como esperanto, con su gramática y su primer diccionario. Su empeño fue bien acogido en una época ajena a la comunicación digital y en la que aún no podía imaginarse la preponderancia que iba a alcanzar el inglés. Por todo el mundo empezaron abrirse centros de estudio y editarse revistas esperantistas y la popularidad de su creador fue tal que llegó a estar nominado doce veces al Premio Nobel de la Paz.

El idioma universal no tardó en conocerse en nuestra tierra, pero hubo que esperar hasta el 4 de junio de 1909 para que se organizase la Asociación Asturiana de Esperanto en el seno del Centro Católico de Gijón, que lógicamente era muy conservador. Un año más tarde se hizo otro grupo en el Ateneo Obrero, donde se reunían los progresistas de la misma villa, lo que demuestra que la novedad llamaba la atención de todas las ideologías, aunque quienes llegaron más lejos fueron los internacionalistas que la acogieron como propia porque ayudaba a sustentar la utopía de un mundo igualitario y sin fronteras.

El anarquista Eleuterio Quintanilla, quien también dominaba varias lenguas y precisamente presidía la biblioteca popular de este Ateneo Obrero, llegó a presentar una ponencia en el Congreso Nacional de la CNT celebrado en diciembre de 1919 en el Teatro de la Comedia de Madrid, considerando que el esperanto debía ser el idioma internacional empleado en las relaciones de este sindicato y que en todas las escuelas racionalistas habría que establecer una clase para divulgarlo. También la UGT acogió la idea y en muchos Centros Obreros se crearon grupos que lo estudiaron con entusiasmo.

Pero su desarrollo no fue fácil: la Rusia zarista impidió la entrada de las revistas europeas que lo empleaban, Francia lo vetó en las escuelas en 1922 y tanto Hitler como Stalin se dieron cuenta de que amenazaba a sus intereses imperialistas y también lo prohibieron. En España, tras la Guerra Civil, el nacional-catolicismo, receloso de todo lo que sonase a fraternidad internacional, también persiguió su práctica y enseñanza y hasta bien avanzada la posguerra no volvió a tolerarlo.

En la Montaña Central durante el primer tercio del siglo XX el esperanto fue bien acogido por los anarquistas de La Felguera agrupados en el Centro Obrero “La Justicia”, que organizaron allí cursos y conferencias e incluyeron en su magnífica biblioteca libros y folletos escritos en el nuevo idioma, aunque ya durante el franquismo su mantenedor más destacado fue el socialista Alcibíades Pandiella, quien lo dio a conocer a muchos de sus vecinos gracias a las clases que impartió hasta los años 70.

Alcibíades, un hombre bueno y con gran sentido del humor, políglota y traductor de Duro Felguera, fue el padre del conocido diseñador gráfico Helios Pandiella, quien contó en una entrevista publicada en 2009 que cuando su padre y su tío Adonis fundaron la primera sociedad esperantista que hubo en el Valle del Nalón después de la guerra civil, se les impuso la condición de que dos guardias civiles debían asistir a las reuniones y uno de ellos acabó aficionándose al nuevo idioma.

En la cuenca del Caudal la historia del esperanto va unida al nombre de Cándido Cienfuegos Barberá, quien ya había organizado un grupo en Mieres en 1935 y volvió a hacerlo veinticinco años después. Cándido fue un hombre polifacético, interesado por la música y el teatro, que en su juventud había sido portero del Figaredo F. C. y con la llegada del franquismo fue nombrado delegado local de Deportes de Educación y Descanso de Mieres, lo que le dio la autoridad suficiente para no ser molestado aquí como estaba ocurriendo con los Pandiella en La Felguera.

La ilusión del esperanto

Al mismo tiempo su cargo le permitió relacionarse con la jefatura de Fábrica de Mieres, cuyo Grupo de Empresa le apoyó en octubre de 1960 para convocar el primer cursillo de esperanto de los nuevos tiempos. Aquel intento inicial fue un fracaso y le siguieron otros que tampoco cuajaron, pero Cienfuegos no se rindió y por fin el éxito llegó en la convocatoria del 15 de noviembre de 1962 a la que acudieron muchos jóvenes que transformaron su curiosidad en interés, con tal empeño que las clases se prolongaron hasta marzo y no se suspendieron ni el periodo de vacaciones navideñas.

Cienfuegos, que acudía con asiduidad a todas las convocatorias nacionales e incluso salía de España cuando le era posible para conocer otros grupos, proporcionó a sus alumnos contactos y direcciones para que estos se carteasen con esperantistas de otros lugares, lo que en aquella época, aún ajena a las redes sociales, era un aliciente notable para unos chicos y chicas ansiosos de novedades, que pusieron de moda sus clases.

En 1969, ya existían grupos en Gijón, Oviedo, Avilés, por supuesto también en La Felguera, e incluso en lugares más pequeños como Ciaño y Ujo, aunque el más importante siguió en Mieres donde se hizo en marzo un cursillo de cuarenta lecciones en seis meses al que acudieron muchos trabajadores de las minas y todos los alumnos de la Escuela de Aprendices de la Empresa Siderometalúrgica UNINSA, acompañados por sus profesores, lo que por fin permitió crear en mayo el Grupo Esperantista de Mieres, que ya no cesó sus actividades.

Las clases eran gratuitas y se impartieron primero en los locales del Casino y de la antigua Casa del Pueblo, que en ese tiempo se denominaba Casa Sindical. Más tarde se trasladaron a un piso que compartían varias asociaciones sobre la céntrica sucursal que Banesto tenía abierta en la actual calle de Manuel Llaneza y allí, siendo aún un adolescente, yo también pude acudir a uno de aquellos cursos de iniciación en los que nos sentábamos juntos gentes de todas las edades y que Cándido Cienfuegos, alejado de cualquier convencionalismo, impartía a veces en zapatillas.

El mejor momento para el esperanto mierense se produjo entre el 18 y el 23 de julio de 1970, cuando la villa acogió el XXX Congreso Nacional. En 1955 ya se había celebrado en Gijón el que hacía el número XVI, incluyendo varias actividades y la emisión de un sello de correos alegórico, pero esto se quedó pequeño ante la convocatoria de Mieres a la que acudieron trescientos cincuenta participantes de todo el país más alguna delegación extranjera e incluso unos aficionados japoneses que llamaron la atención de una población poco acostumbrada a este tipo de eventos.

Un comité que tuvo como presidente de honor al ministro de Información y Turismo Alfredo Sánchez-Bella fue capaz de llenar la agenda de aquellos días con distintas competiciones deportivas, exposiciones de fotografías y sellos, actuaciones musicales y teatrales, excursiones a los monumentos prerrománicos de Oviedo y visitas a Gijón, a Covadonga, la cueva de Tito Bustillo y la fábrica de sidra El Gaitero.

También hubo una edición de carteles y un librito con datos sobre el idioma de Zamenhof, comidas, una fiesta de hermandad y hasta una misa en Esperanto. Se organizó una suelta de palomas a cargo de la Sociedad Colombófila de Mieres y el activo grupo de aficionados locales a la filatelia supo guardar para siempre el recuerdo de las jornadas con un matasellos especial.

Es imposible no echar de menos aquel ambiente de asociacionismo que dio soporte cultural a unas cuencas en las que la actividad minera, las industrias de todo tipo y un comercio diverso y floreciente atraían al doble de familias que las habitan hoy.

Actualmente el esperanto sigue vivo aunque su estudio ha perdido fuerza, pero todavía pueden encontrarse por todo el mundo grupos de que lo mantienen y no cesa la publicación de revistas y libros ni las traducciones de textos de otros idiomas. En junio de 2017 Carlos Enrique Carleos, presidente de la Asociación Asturiana de Esperanto, dio una charla en Mieres sobre la vinculación de esta lengua con el mundo obrero; presentó el acto José Ángel Gayol, uno de los escritores en llingua asturiana con más premios en su mochila, que es a la vez estudioso del idioma universal de Zamenhof. Su caso no es único y en otros países también se repite esta afición entre quienes combinan su amor por lo más cercano con la idea de Fraternidad universal. Pocas cosas representan tan bien este espíritu como el esperanto.

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