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Así era Tono, el guardia civil arrollado mortalmente en Mieres: “Siempre ponía por delante a los demás”

El baloncesto era una de las grandes pasiones de Ángel Antonio Ambrosio

Ambrosio, en su paso por el Líbano.

Ángel Antonio Ambrosio jugaba de “cuatro” al baloncesto. Tenía cerca el aro y disponía de la corpulencia y las cualidades necesarias para destacar como anotador. Nunca lo hizo. Fue un ala-pívot con alma de base porque, como en la vida, siempre prefirió quedarse en un segundo plano y asistir al compañero. No es extraño que su equipo fuera los Detroit Pistons, un conjunto que, a finales de los ochenta, ganó dos anillos de la NBA anteponiendo el espíritu aguerrido y el juego coral al virtuosismo individual de estrellas como Jordan o Magic Johnson. Tono quería ganar, y lo dejaba todo en la cancha para hacerlo, pero siempre poniendo al equipo por delante. Meter las canastas era secundario.

Ambrosio –el agente mierense de la Guardia Civil de 47 años fallecido el pasado lunes tras ser arrollado por una furgoneta en un control de movilidad en la Autovía Minera– empezó a jugar al basket con sus amigos del colegio Santiago Apóstol. Después siguió haciéndolo en el Hunosa, también en Mieres. Alrededor de la canasta se forjó una pandilla que mantuvo su amistad desde entonces.

Entre ellos está Arturo Álvarez, hoy entrenador del Palencia Baloncesto, que milita en la liga LEB. “Yo soy algo más joven y Tono jugaba una categoría por encima. Pero luego todos hacíamos la vida en común Éramos una pandilla muy unida. Jugábamos torneos, pachangas o tres contra tres”, relata Álvarez, para añadir a continuación: “Él aparentaba una imagen de tío fuerte y rudo, pero tenía un corazón increíble. Se ganó que hablaran bien de él con cada acto. Todo lo que dejó en el baloncesto y en otros ámbitos de la vida fueron amigos”.

Muchas veces, después del partido oficial o de la pachanga, tocaba salir a tomar algo. A los bares de la calle Jerónimo Ibrán, un hervidero de gente por aquella época, o al establecimiento regentado por la familia de Álvarez en el barrio sidrero de Requejo. Un local que se convirtió en la “sede social de la pandilla”. A pesar de pequeños contratiempos. “Recuerdo que una vez, para montar un karaoke, desenchufaron sin saberlo un arcón congelador y se perdió toda la comida de Navidad. Allí quedábamos a cenar y después salíamos todos juntos”.

Ambrosio, segundo por la derecha en la fila superior, en la boda de un amigo en 1997.

Arturo Álvarez saca el entrenador que lleva dentro cuando analiza el juego de Tono. “Tenía altura de cuatro y cuerpo de cinco. Ponía bloqueos, iba al rebote... se pegaba en la zona con quien hiciera falta . En todas las pachangas queríamos ir con él porque era muy bueno. Pero, como hizo en la vida, nunca quiso el protagonismo de ser el anotador. Si tuviera que compararlo con algún jugador sería con Felipe Reyes. Él reboteaba o bloqueaba y luego te decía: ‘métela tú’. Siempre ponía por delante a los demás y pienso que eso lo trasladó también a su vida”.

Otros de sus amigos, compañeros también de equipo en aquella época, coinciden en que “nunca se dio importancia ni quiso destacar por encima del resto. Tenía un profundo sentimiento de compañerismo y le gustaba el juego aguerrido y directo”. Quizá por eso adoptó a los “Bad Boys” de Detroit como equipo. Al igual que Laimbeer o Mahorn “era muy fuerte y rocoso en la defensa. Pero muy listo en la cancha y entendía muy bien el baloncesto. Aportaba todo ese juego de fondo que un equipo necesita”. El actor Alberto Rodríguez, que coincidió con Ambrosio en el Hunosa, resalta que era “un atleta, un tío fortísimo” que se había respetar en la pintura.

Tras abandonar la práctica habitual del baloncesto, Tono siguió ligado al deporte de la canasta como aficionado. “A cada equipo al que iba me llegaba un mensaje suyo de apoyo y fue seguidor del Baloncesto Villa de Mieres. Era muy cercano a los jugadores ya apadrinaba sobre todo a los extranjeros, para echar un cable y que conocieran esto. Uno de ellos, Jack Isembarger , se llevó un jarro de agua fría cuando le dimos la noticia. Da igual que sean americano o de Mieres. Todo el que conocía a Tono va a decir lo mismo”.

Los amigos del agente fallecido relatan que le molestaba la incomprensión de una parte de la sociedad ante la labor que desarrollan las fuerzas de seguridad del Estado y que siempre se mostró muy afectado por la pérdida de otros agentes, ya fuera en atentados o accidentes en el desempeño de su labor.

Algo similar les ocurre ahora a los compañeros de Ambrosio. Según indicaron fuentes de la Guardia Civil, los dos agentes heridos en el control –que están de baja y deben someterse a nuevas revisiones por sus heridas, en la cara y en un brazo, respectivamente– se encuentran “destrozados y hechos polvo” por la pérdida del agente mierense, al igual que todos los compañeros de su unidad.

Ángel Antonio Ambrosio deja, en la cancha y en la vida, un hueco que será muy difícil de llenar.

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