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La emotiva carta de amor de un preso de la guerra antes de ser fusilado: "Feli, siento hacerte sufrir tanto, mi compañera"

El mierese Narciso Gil escribió una despedida para su esposa desde la cárcel

El testimonio de Felipa del Río, viuda de guerra a los 20 años de edad

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El testimonio de Felipa del Río, viuda de guerra a los 20 años de edad C. M. Basteiro

Sería el destino. Sería la química. Pero lo cierto es que Felipa no podía dejar de pensar en aquel minero que acababa de conocer en la manifestación del Primero de Mayo. En la calle había revolución, era el año 1934, pero a ella solo le retumbaba su nombre: Narciso Gil.

Esta es una historia de resistencia: la de Felipa del Río, que quedó viuda a los veinte años y con dos hijos por criar. Y también, y sobre todas las cosas, es una historia de amor. La de dos jóvenes a los que separó para siempre un pelotón de fusilamiento. Él le dedicó sus últimas letras desde la cárcel, en una carta que ahora recupera LA NUEVA ESPAÑA: “Feli, si encuentras un hombre que te guste puedes casarte con autorización mía. Para mí, lo único que te pido es respeto para mi recuerdo”.

Aquel 1 de mayo de 1934 llovía a mares. Pero Felipa del Río, dicen los que la conocieron, nunca perdía la sonrisa. Caminaba airosa a la cabeza de la columna que bajaba de Ujo, con una flor prendida al pecho. Tenía 17 años, la última de seis hermanos nacidos en Villagómez La Nueva (Valladolid). La familia se había trasladado a la comarca del Caudal buscando un porvenir mejor en la mina.

Frente a la Casa del Pueblo, estaba Narciso Gil. Hijo de leoneses, entonces trabajaba en la mina. En la manifestación se juntaron socialistas con comunistas, entonces en pie de guerra. Pero qué más le dará eso al amor. “Felipa y Narciso se encontraron aquel día, en el entorno de la Casa del Pueblo y no se volvieron a separar”, explica el historiador Ernesto Burgos, colaborador de este diario.

Vivieron el amor como se bebe un café bueno. A tragos largos, sin dejar que se enfríe. En 1936, ya estaban casados y con dos hijos. Pero otra vez el destino, esta vez para mal: justo el día en el que Narciso empezaba a trabajar en Fábrica de Mieres, estalló la Guerra Civil. Él se incorporó a un batallón de Colloto, donde obtuvo el grado de teniente. A ella, aquella pequeña casa de Mieres se le hizo inmensa.

Esperaba todos los días noticias. De Narciso o de la Guerra. Y, cuando cayó Asturias, él fue detenido y trasladado a la cárcel de Oviedo. Estuvo en prisión poco más de dos meses, antes de su “juicio farsa”. Cuando supo que iba a morir, encontró la forma de decirle adiós a Felipa: “Tenía prohibido tener lápiz o bolígrafo, pudo escribir gracias a un objeto punzante y con tinta artesanal, usando papel de liar”, explica Ernesto Burgos.

Que la carta llegara a las temblorosas manos de la joven viuda, fue un gesto amable entre tanto dolor. Alguien escondió aquel papel de liar entre la ropa sucia que iba a recoger la familia. A este escrito, dicen, Felipa se agarró toda la vida:

“Para Feli. Querida compañera: mis últimas letras quiero que te sirvan de consuelo, con esta intención las escribo, pues si fuera otro el resultado nunca lo haría. Serenidad y calma, querida compañera. Espero no tardarás en ver el triunfo de la causa por la cual doy la vida contento; no es de esta forma como yo la quisiera perder, pero, después de todo, muero cara al enemigo, indefenso, sí, pero altivo y orgulloso.

Mi muerte no es a causa de una u otra acusación, el motivo es que soy antifascista y enemigo de ellos (…) Feli, si encuentras un hombre que te guste puedes casarte con autorización mía. Para mí lo único que te pido es respeto para mi recuerdo. Por mal que te encuentres nunca vendas tu cuerpo, pues por mucho que sufras, más sufrirás después (…) Te besa y abraza tu compañero que siente mucho hacerte sufrir tanto”.

Una carta desconocida hasta el año 2011. Fue entonces cuando su nieto, Tony Fernández Gil, la incluyó como homenaje en el libro “La sombra del silencio es alargada”. La vida de Felipa del Río continuó, tras el fallecimiento de Narciso, con fuerza. Fue una mujer comprometida, repuesta a los golpes que le dio la vida. Ya en los años 70, impulsó y participó en actividades de la Asociación de Familiares y Amigos de la Fosa Común de Oviedo. También en la entidad Viudas de la República “Rosario Acuña”. Participó en el documental “21x12”, de la Fundación Trece Rosas.

Era una mujer valiente. Poco antes de fallecer, en 2013, pidió que depositaran sus cenizas en la fosa común de Oviedo. No podía ser de otra manera, porque allí descansa también la otra parte de su alma: Narciso Gil.

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