Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Una lenense cumple un año de encierro voluntario por el covid y hace los recados con una cuerda por la ventana

Mari García, lectora empedernida, decidió quedarse en casa por el covid y recibe sus libros a domicilio

Así recibe una lenense aislada por el covid los libros de la biblioteca: por la ventana y con una cuerda Carmen M. Basteiro

–Auri, ¿Qué libros me traes?

Y entre tanta pena, tantas pérdidas y tanto dolor… De vez en cuando, en plena pandemia del covid-19, aparece una historia bonita. Esta tiene nombre y una sonrisa incansable: la de María Flor García González “Mari”. Una mujer ingeniosa y decidida que prefirió quedarse en casa para cuidarse ella y cuidar de los demás. Eso sí: sin renunciar a nada. Ha diseñado un método para tener de todo en casa, y sin pisar la calle: con una cuerda, baja desde su piso de Villlallana una bolsa en la que le dejan el pan o el pedido de la carnicería. También los préstamos semanales de la biblioteca. Porque, para ser una veterana de mente lúcida y sonrisa incansable, Mari García parece tener la receta: leer, leer mucho. Más de cien libros al año.

“Hace quince años que me quedé viuda y, aunque tengo una familia maravillosa que me cuida y se preocupa mucho por mí, decidí quedarme aquí sola para no correr riesgos durante la pandemia”, explica ella, desde la ventana de su casa. El primer día del confinamiento, puso a cargar su “e-book” (libro electrónico) para que no le faltara batería: “Yo preferir, prefiero el papel. De todo, de LA NUEVA ESPAÑA y de todo. Pero sé manejarme bien con internet”, explica. Además del “e-book”, animaron sus tardes del confinamiento aplicaciones para jugar al parchís, para hacer crucigramas, la edición digital de este diario y también la red social Facebook, que repasa de vez en cuando para estar al día.

Si había un momento que le gustaba, era cuando sonaba el tono de videollamada en el “WhatsApp”. “Todos estuvieron muy pendientes de mí”, señala. Tiene dos hijos, Jorge y Yolanda Sánchez. También un nieto, que le ilumina la cara solo de nombrarlo: “Con Pablo hablé mucho, me llamó mucho… Tengo unas ganas de poder abrazarlo…”.

Ya le queda poco. La semana pasada, le pusieron la primera dosis de la vacuna. Tacha en el calendario los días para el segundo “pinchazo”. “Cuando pase esto tienen que venir todos a comer a casa”, sonríe. Mientras tanto, sigue cuidándose con su método. “Estoy muy agradecida al personal de la biblioteca, que me traen todas las semanas libros de los que me gustan. Casi siempre aciertan”, añade.

Como si la oyera, aparece por la carretera general de Villallana el coche de Auri Villar. Es una de las bibliotecarias de la red de Lena: “A Mari la queremos muchísimo. Porque es una gran persona y también una gran lectora. De hecho, hace dos años, recibió el premio de la Biblioteca por ser la vecina del concejo con más préstamos”, explica Villar. Superó, con holgura, el centenar de títulos leídos.

Porque, cuando empieza, no para. Aunque no la enganchen del todo. “Los de esta semana no me gustaron mucho, la verdad, Auri”, le dice Mari García mientras descuelga la bolsa de los libros. A pesar de que eran de uno de sus géneros favoritos: novela histórica. También le gusta el misterio, pero con una condición. “Los asesinatos que no sean muy gordos”, matiza, Mari García, con gracia.

Auri Villar recoge la bolsa y deposita otros dos tomos. Otra vez, la cuerda arriba: “A ver qué tal los de esta semana”, dice Mari García desde la ventana.

Una responsabilidad que merece premio. Según Auri Villar, otros vecinos mayores del municipio “copiaron” el método de Mari García. “Llevamos a domicilio libros a varios lectores aunque, en la mayoría de los casos, los entregamos en mano”. “Mari es un ejemplo a seguir porque se ha cuidado mucho, ha cuidado de los demás, y ha conseguido no renunciar a las pequeñas cosas que le dan alegría”.

Mirar al frente, seguir hacia adelante. Antes de la vacuna, Mari García llevaba meses sin salir de casa. Ahora ha aflojado un poco las medidas de autocuidado y, alguna tarde, sale a dar un paseo. “Me hace falta”, afirma. Sonríe, y derrocha un poco más de esa gracia que parece infinita: “Es que me duele una rodilla. Las dos tienen los mismos años, pero una quéjase”.

Compartir el artículo

stats