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Los cinco años sin techo de la “okupa” Teresa: “No tengo nada, no tengo a nadie”

La mujer que vive bajo el hueco del alero del centro de salud Mieres Sur afirma que está ahí “porque no tengo a donde ir” y pide una vivienda

Teresa, la "okupa" del centro de salud Mieres Sur: "No tengo nada, no tengo a nadie"

Maldita la vida a veces. Como la de Teresa, una mujer que “okupa” un hueco techado del centro de salud Mieres Sur. Su presencia ha provocado críticas vecinales. Afirman que no es el lugar adecuado en plena pandemia del covid-19. Ella replica, sin ambages, que está ahí “porque no tengo a dónde ir”. Lleva cinco años viviendo en la calle de forma intermitente, en los últimos dos no ha tenido techo: “Estoy enferma, no puedo trabajar... necesito una vivienda”, dice, con una voz que se traba. Empapa la cara de lágrimas.

La historia de Teresa puede verse desde distintos ángulos. Desde todos, sin duda, la situación es dramática.

El de los vecinos: la asociación de la calle Covadonga-La Villa critica que el centro de salud Mieres Sur esté “okupado” en plena crisis sanitaria del covid-19. Afirman, además, que la mujer tiene actitudes poco higiénicas. Que no lleva mascarilla y que hay establecimientos hosteleros que se han quejado porque usa el baño. Piden al Ayuntamiento que interceda.

El del gobierno local (IU): el vicealcalde del concejo, Manuel Ángel Álvarez, afirmó ayer que la Policía Local y Servicios Sociales tienen bajo control la situación. “Está atendida, como todas las personas sin recursos del municipio”, aseguró rotundo. Apuntó, además, que se ha tendido una mano de ayuda a la mujer, y que ella no la ha aceptado.

El de Teresa: el que ocupará más espacio, porque es la protagonista de este relato. Esta mujer recibe en la que es “su casa” a LA NUEVA ESPAÑA. Un hueco bajo el alero del centro de salud Mieres Sur. Unas bolsas de basura. Un colchón con las sábanas sucias, sobre el que reposa la perrita “Kati”. “Estoy barriendo porque, te digo la verdad, intento tener esto lo más limpio posible”, afirma Teresa. Lleva una mascarilla FFP2 que parece nueva: “Me la dio una vecina esta mañana”, apunta, cuando percibe que la mirada de los visitantes se dirigen a su boca tapada.

Deja la escoba, pone la mano en la cadera, y se retuerce como si fuera a caer: “Estoy bastante mala”, explica. Desde niña, afirma, padece una enfermedad en los riñones: “Tengo infección de orina de repetición y un problema en la vejiga”. Retiene tantos líquidos que un día, en la calle de la que ha hecho hogar, se le hincharon los tobillos. Intentó caminar y se cayó: “Me rompí la cadera y dos costillas, ahora están astilladas”.

No tiene trabajo. Matiza: “No puedo trabajar”. No tiene familia. Matiza: “Como si no la tuviera”. Nadie la ayuda. Matiza: “Si llamo yo a Servicios Sociales me contestan, pero tengo que andar detrás de ellos. Nadie me ofrece nada para salir de esto”. Y abarca con las manos ese hueco lúgubre, al que ahora llama “casa”.

En estos cinco años, ha “okupado” varios puntos del casco urbano. Siempre termina igual: “Tengo que marcharme, porque la gente se queja, pero ya no sé dónde ir. Necesito una vivienda, una ayuda para poder empezar”. Tiene 51 años en el DNI. Algunos más en la cara, se los ha dibujado la mala vida. Vuelve a por la escoba y sigue barriendo, aunque sin un rumbo... La pasa dos veces por el mismo sitio, un hueco queda sin barrer.

–¿Y cómo se llama la perrita?

–“Kati”.

Se interrumpe llorando: “Pero mira que fea la tengo, pobrina”.

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