De lo nuestro | Historias heterodoxas
Las observaciones de Gaspar Casal
El reconocido protomédico nacido en 1680 advirtió que Asturias era un paraje poco propicio para la conservación de la salud debido al clima

Las observaciones de Gaspar Casal / Ernesto BURGOS
Ernesto BURGOS
Don Gaspar Casal fue uno de los médicos más importantes en la historia de la sanidad española. Su prestigio le llevó a ser nombrado protomédico por la Corona, un cargo que pudieron ejercer muy pocos hasta que se suprimió en el siglo XIX y que suponía formar parte del selecto Tribunal ejerciendo la jefatura suprema de la policía médica, con derecho a nombrar a otros médicos y a fiscalizar la labor de todos los sanitarios del país, incluyendo a cirujanos y boticarios.
Nació en Gerona en diciembre de 1680 y los investigadores aún no han podido determinar en qué universidad se graduó, e incluso don Gregorio Marañón, quien estudió su figura, afirmaba que nunca llegó a obtener un título oficial. Aunque de la lectura de sus libros deducimos que sí lo tuvo y él mismo escribió que durante su estancia en Asturias, entre 1718 y 1758 en toda la región había solo cinco médicos: uno en Villaviciosa, otro en Gijón, otro en Avilés, y dos en Oviedo, contándose a sí mismo.
Llegó a nuestra región después de haber vivido en Madrid, pero según su testimonio no le sentaba bien el clima extremo de la capital, muy frío en el invierno y caliente en el verano, y de ahí su mudanza cuando ya contaba treinta y siete años cumplidos. En las cuatro décadas que pasó aquí tuvo primero una consulta particular, después fue médico de la ciudad de Oviedo y por último desde 1729 sirvió a su cabildo catedralicio. Luego volvió a Madrid solicitado por la Casa Real, hasta que falleció con 79 años.
En 1762 se publicó su obra póstuma “Historia natural y médica del Principado de Asturias”, todo un clásico de la medicina en el que se basaron después otros muchos trabajos, pero que para nosotros tiene el interés añadido de presentar un panorama muy completo de cómo era nuestro pequeño país en la primera mitad del siglo XVIII.
En sus capítulos abordó con rigor y amenidad cuestiones tan distintas como la descripción geográfica de Asturias; la calidad de sus fuentes y manantiales, deteniéndose en la fuente de Nava “que llaman Fuente Santa”, las piedras, minerales y metales; los árboles y las plantas de este territorio; las propiedades que tenían los vegetales y carnes que entonces se comían en nuestras aldeas. Hasta la atmósfera, el efecto de los vientos o el temperamento propio de nuestros ancestros, que él pudo estudiar, tuvieron sus correspondientes apartados en este libro.
Consideraba don Gaspar que en Asturias las alteraciones emocionales eran las hipocondrías, melancolías, manías y pasiones histéricas, mientras afectaban al cuerpo la sarna, lepra, escorbuto, destilaciones, erisipelas, llagas de piernas, fistulas, deformaciones en los huesos, cálculos de los riñones y vejiga, lombrices, flujos hemorroidales, tumores de glándulas y abcesos impropios. Un panorama que refleja la falta de higiene y mala alimentación generalizadas, acentuada en los concejos de Lena (que entonces incluía al de Mieres), Aller y Quirós.

Las observaciones de Gaspar Casal / Ernesto BURGOS
Aquí se registraban innumerables bocios, ya saben: el antiestético “papu” ocasionado por agrandamiento de la glándula tiroides debido a la carencia de yodo); caquexias, nombre con el que se conocía al lamentable estado físico producido por una desnutrición extrema; hidropesías, o lo que es lo mismo retención de líquidos; reumatismos y tisis. También abundaba la alferecía, una enfermedad nerviosa que provoca ataques, convulsiones y pérdida del conocimiento y que seguramente comprendía otros males que ahora conocemos más a fondo.
Pero seguramente la mayor aportación del protomédico fue su estudio de “el mal de la rosa”, la pelagra, que cursaba con costras en el dorso de las manos, el cuello y otras partes del cuerpo expuestas al sol, confundiéndose a veces con la lepra y que ahora sabemos que se origina por falta de vitamina B3.
Gaspar Casal afirmaba que todo el Principado de Asturias es un paraje muy poco a propósito para la conservación de una salud permanente y exenta de achaques crónicos, acaso por las perennes lluvias, las nieblas y el frecuente cambio del tiempo y en este sentido tengo que reseñar un párrafo de su libro que ya se ha recogido en otras ocasiones en el que manifiesta la opinión que tenía el mayordomo de la Casa de Camposagrado sobre el clima de Mieres. Lo hago sin alterar la manera en que fue escrito:
“Estando los Marqueses de Campo Sagrado en su Casa de Mieres por el Verano de el año de 1721 fui desde esta Ciudad de Oviedo, el mes de Julio, a visitar y asistir la señorita hija de dichos Señores, que se hallaba gravemente enferma de una de una peligros disentería febril: y hablando un día con Don Francisco Dahumel, Flamenco de nación, Mayordomo de Casa, y hombre muy advertido, juicioso, y de bella índole, me dixo: no sé qué motivo pueda tener mi Amo para vivir aquí este Verano con su familia; pudiendo estar en Oviedo, Avilés y otras Aldeas, donde tiene buenas casas y diversiones; siendo, como es este, un paraje de temple tan desigual, que por las mañanas, antes que el Sol la bañe, (cerca de las nueve), corre una brisa todo el valle abaxo, tan aguda, fría y húmeda, que traspasa los cuerpos, y desde las diez en adelante nos sufoca el calor excesivo”.
Mal dictamen sobre este lugar; sin embargo es curiosa la diferencia que estableció con la capital, donde él residía, ya que sin dejar de reconocer la consideración general de que tampoco era muy sitio muy saludable y era frecuente que quienes la visitaban cayesen enfermos, lo justificó echando la culpa a los malos hábitos de estos forasteros.
Así escribió que aunque había quien aseguraba que la ciudad de Oviedo era propicia a las enfermedades y era frecuente que quienes venían a pasar aquí unos días enfermasen “esto no se debe a sus características sino a que quienes vienen lo hacen para seguir pleitos o estudios y esto les ocasiona desvelos, pesares e inquietudes y otras pasiones de ánimo nada favorables, también hay quien viene a divertirse, cambia sus hábitos de reposo, comidas y vestido a lo que se debe la causa de sus indisposiciones”.
La “Historia natural y médica del Principado de Asturias” nos sirve para conocer datos tan interesantes como el de que en 1719 hubo una epidemia general de “disenterías, acompañadas de fiebres continuas y trabajosos accidentes” que incidió principalmente en el lugar de La Arena; que en 1720 se padeció otra calamidad en el concejo de Pravia de “fiebres continuo-periódicas” que mató a la cuarta parte de sus habitantes o que en 1727 se desató en el concejo de Piloña una epidemia de locura furiosa “pues por el estío, en menos de veinte días, incurrieron en ella once o doce personas de ambos sexos”. Yo no puedo identificar este mal con ninguno conocido y seguramente a la Inquisición le puso las orejas de punta.
Otra característica del protomédico Gaspar Casal fue la crudeza y el realismo a la hora de exponer sus casos. De esta forma describió los síntomas que llevaron a la tumba a una vecina de nuestros valles: “Pocos días hace que murió en La Felguera doña Clara Argüelles de un escorbuto tan maligno que le comió todas las encías con pestilentes úlceras hediondas y corrosivas”.
Y para cerrar no me resisto a transcribir otra de sus anotaciones, en este caso sobre los parásitos intestinales, tan frecuentes que incluso un personaje muy conocido con cargo en la Catedral tuvo que tratarse porque incluso andando por la calle le salían muchos gusanos vivos con figura de calabaza “y quedaban moviéndose en los calzoncillos sin hacer él la menor diligencia”.
Venían de la mala manipulación de los alimentos y en muchas ocasiones llevaban a la muerte. Fue lo que sucedió en 1730 con un joven afectado de lombrices, que estaba preso en la cárcel de Oviedo y al que no le hicieron efecto las correspondientes sangrías que entonces se aplicaban para casi todo.
Don Gaspar le hizo beber un específico, con tanto efecto que antes de dos horas arrojó ciento setenta y tres, tan limpias y sin la mínima porción de excrementos fecales, por lo que conociendo el enfermo que no podían ensuciar el suelo las echó sobre el suelo de la enfermería “y contándolas, una por una, con un palito con que las apartaba del crecido montón, halló el número referido y me avisó para que fuese a verlas”. Sin embargo, estos cuidados no sirvieron de nada ya que el desgraciado siguió expulsando montones de lombrices en los dos días siguientes y falleció al tercero.
Siento haberles recordado estas porquerías, pero lo he hecho para que nos demos cuenta de la suerte que a pesar de todo tenemos actualmente.
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