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Minas Llamas, bastión contra el franquismo

Jose Ramón García y Julio Bande rememoran el encierro que protagonizaron con otros nueve mineros en 1967: “No nos dejaban trabajar, había listas negras”

La plaza de Minas Llamas, atestada de gente apoyando a los once mineros encerrados en 1967. | Reproducción cedida por Adrián Vega y Lito García

La plaza de Minas Llamas, atestada de gente apoyando a los once mineros encerrados en 1967. | Reproducción cedida por Adrián Vega y Lito García

Considerada como una de las mayores movilizaciones obreras de la historia contemporánea, la “huelgona” minera de 1962 fue la más visible de las protestas del sector y del enfrentamiento a la dictadura franquista. Sin embargo, no fue la única. Y aunque el todo engulla muchas veces a las partes, hay quien no olvida y busca recuperar la memoria de otras protestas contra el Régimen.

Por ello, Lito García y Adrián Vega se han propuesto realizar un documental sobre el encierro de Minas Llamas, en el que, en 1967, once mineros protestaban contras las listas negras por las que se les impedía trabajar en los pozos. De aquellos once valientes –José Ramón García Páramo “Pin Pegarates”, Julio Bande de la Fuente, Francisco González García “El Cordobés”, José Manuel de la Fuente Martínez “Piru”, Manuel Rodríguez Rodríguez “Lito Casucu”, Manuel Álvarez Avín “El Melandru”, Herminio Sánchez Cantora, Oscar García Pérez “Oscarín”, Manuel García Solís, Manuel Suárez González “Pravia” y José Pérez Martínez–, solo los dos primeros viven. Son la memoria de lo ocurrido entonces. Unos hechos que, pese al paso de los años, siguen nítidos en su memoria.

Los recortes de prensa de la época que guarda Julio Bande y narranban el encierro. | Juan Plaza

Julio Bande tiene hoy 84 primaveras a sus espaldas. Vive en Gijón, pero es natural de Ujo. Recuerda que en aquel febrero del 67, “tomamos la decisión de encerrarnos porque ya no podíamos más, no nos dejaban trabajar”. A sus 89 años, José Ramón García Páramo, “Pin Pegarates”, que nació y creció en La Rebollá (Mieres), aunque hace años que vive en la capital del concejo, corrobora aquella situación: “Había trabajo en cualquier sitio, muchísimo, pero nosotros estábamos en una lista negra y no nos dejaban trabajar, estaban castigándonos a nosotros y a nuestras familias”.

Las mujeres de los mineros a la puerta del hospital de Oviedo.

“Éramos despedidos. Queríamos ir a pedir trabajo a otros sitios, pero tenían una lista con los nombres de gente que estábamos marcados por las luchas contra el franquismo”, asegura Bande. Algo que ninguno de los once iba a tolerar. Recuerdan ambos que de una asamblea clandestina salió la idea de “poner en marcha algo llamativo, algo importante”. Tomaron la decisión de encerrarse en Minas Llamas, “pero no dijimos nada para no levantar la liebre, porque no sabías dónde podía haber un chivato”. Y así, la noche del 18 de febrero, se colaron en la mina para iniciar un encierro que duraría seis días, pero que fue un nuevo desafío al régimen franquista. “Pegarates”, –apodo que le pusieron “los grises” porque decían que le gustaba el vino–, señala hacia la montaña: “Entramos por allí, por la Manigua”. Era una bocamina ubicada en la ladera contraria a Minas Llamas. Desde allí, recorriendo las galerías horadadas, bajo la tierra se llegaba hasta el pozo donde pasarían media docena de días.

“Pin Pegarates” junto a su hijo en la cárcel de Carabanchel”.

“Estaba muy frío, y quedamos en un recoveco cerca de la caña del pozo”, rememora Pin. Julio Bande aporta las dificultades que pasaron allí abajo: “Uno de los problemas era la luz, casi no teníamos, y las linternas aguantaban poco porque las pilas se fastidiaban con la humedad”. También los suministros de comida eran escasos: “Cada uno llevó lo que pudo, pero no había mucho ya que había mucha necesidad”, añade Pin, como todo el mundo le conoce. Las horas bajo tierra pasaban lentas. “Intentábamos acercarnos a la caña del pozo porque había algo de claridad, y hablábamos de lo que estaría pasando fuera, de como estarían las familias”, señala Julio Bande.

Aquellas duras condiciones empezaron a pasar factura a los mineros pasados unos días. Dos de ellos enfermaron. Y el régimen de Franco jugó sus cartas. El gobernador civil, Matéu de Ros, que ya había tenido un cara a cara con las mujeres de estos aguerridos mineros, se avino a atender a los enfermos, pero siempre que fuera en el exterior de la mina. Tenían que abandonar el encierro. “Los dos que taben malos decían que si nosotros no salíamos, ellos tampoco”, afirma “Pin Pegarates”.

Julio Bande, con una página de LA NUEVA ESPAÑA en la que se narraba el encierro. Juan Plaza

Tras varias conversaciones, al pozo bajaron los médicos, escoltados por una decena de guardias civiles. El diagnóstico era claro para los dos enfermos: debían abandonar la mina. “Al final decidimos salir por el bien de los compañeros. Sabíamos que no nos iba a pasar nada físico y que no nos iban a hacer nada”, agrega Julio Bande al relato.

Cuando subieron en la “jaula”, todos con los ojos tapados para prevenir daños en la vista a consecuencia del sol, se encontraron con un apoyo masivo por parte de los mineros de la zona, de sus mujeres y de sus vecinos. “Y eso que la policía se había encargado de despejar la zona”, recuerda Pin. Con memoria prodigiosa, desde el castillete de Minas Llamas señala con su bastón a lo que hoy es zarzal. “Allí estaba el botiquín, nos llevaron, nos hicieron un reconocimiento y nos dieron un caldo que nos preparó el del bar del pueblo”, recuerda.

Y del pozo, al hospital de Oviedo. Un trayecto que viviría su punto álgido en La Rebollá, donde vivía entonces Pin Pegarates. “Íbamos dos en cada coche, custodiados por los guardias, y una comitiva de agentes que parecía que escoltaban a Franco”, recuerda. Y al pasar por La Rebollá, sus mujeres y los vecinos hicieron desacelerar a la comitiva. “Oíamos su apoyo, sus gritos, fue impresionante, nos sentíamos como héroes”, recuerda Pin. De hecho, uno de ellos, “Lito Casucu”, logró sacar medio cuerpo por la ventanilla para saludar.

"Pin Pegarates" muestra donde estaba el botiquín en Llamas a Adrián Vega y Lito García. A. Velasco

Después de algunos días en el hospital, los mineros fueron trasladados a la cárcel. “Yo no fui uno de los maltratados, pero hubo compañeros a los que les dieron por todos los lados”, señala Julio Bande. Afirma, como “Pegarates”, que en la propia prisión estaban a salvo, pero que el problema llegaba cuando se les trasladaba a declarar. “Ahí nos daban como pal zorro”, recuerdan ambos. Unos meses encerrados en Oviedo, un juicio en Madrid, y un año en Carabanchel, fueron las penas que tuvieron que pasar. Y el hambre. “A algunas de nuestras familias, el Régimen les hacía la vida imposible”, rememoran.

Cuando salieron de prisión, cada uno tomó caminos diferentes. Julio Bande se fue a Francia, “donde pude trabajar en carpintería, hasta que unos años después volví a la mina después de que un hermano mío se matase en un accidente”.

“Pegarates” siguió en Asturias. “Estuve trabajando en chamizos, donde me dejaban, porque en Hunosa era imposible”, dice. Hasta la amnistía laboral de 1977, cuando los once pudieron volver a picar carbón en los pozos asturianos, “lo que mejor sabíamos hacer, y lo que queríamos hacer”.

La historia de Pin, Bande, y los otros nueve compañeros saldrá a la luz en octubre en el documental “La Mina en Llamas”. Sus promotores ven en esta obra una forma de reconocer la lucha obrera de estos mineros, eclipsada por otras grandes huelgas, pero igual de importante en la pelea por los derechos de los trabajadores.

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