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El extraño robo de los Mártires de Valdecuna

Las tallas fueron sustraídas hace 25 años y halladas en una escombrera

Manuel Roces y Carmelo Gómez (en primer término) devuelven las tallas de los santos a sus hornacinas.

Manuel Roces y Carmelo Gómez (en primer término) devuelven las tallas de los santos a sus hornacinas. / Carmen M. BASTEIRO

Cuna (Mieres)

Sonó el teléfono del despacho de Manuel Roces, el párroco de Cenera.

–Don Manuel, los Mártires no están. Alguien los llevó de noche.

Y Don Manuel, el cura de Cenera, sintió que el mundo se paraba: “Fue como si me hubieran dicho que un familiar se me había muerto”.

Esta es la historia de uno de los robos más surrealistas que ha vivido la comarca. Se cumplen veinticinco años de la sustracción de las figuras de San Cosme y San Damián, los mártires sanadores de Valdecuna. Al menos un hombre, nunca se descubrió si tuvo cómplices, entró en el santuario y se llevó las tallas. Las escondió en una escombrera, enterradas en un saco. Un dato que nunca, hasta ahora, había trascendido: a San Cosme le cortaron una mano, para poder guardarlo en la bolsa. Cuarenta horas más tarde, tras una minuciosa investigación de la Guardia Civil, los Mártires sanadores –con fama de “milagreros”– aparecieron. Ahora, hasta Don Manuel lo recuerda con cierta sorna. Pero lo cierto es que el episodio tuvo al municipio en vilo.

Manuel Roces lee el ejemplar de LA NUEVA ESPAÑA de 1996 en el que se recogió la noticia. | C. M. B.

Manuel Roces lee el ejemplar de LA NUEVA ESPAÑA de 1996 en el que se recogió la noticia. | C. M. B. / Carmen M. BASTEIRO

“Creyentes y no creyentes… en Mieres somos todos muy devotos de San Cosme y San Damián”, apunta el párroco, que lleva cincuenta y seis años en su casa de Cuna. A esa llamada de aviso, siguió una mañana muy dura. Era el 14 de agosto del año 1996: “Llamamos a la Guardia Civil, y la respuesta fue ejemplar”, apunta el sacerdote. Y añade: “Se pusieron a investigar como leones”. El entonces capitán, Carmelo Gómez Villaexcusa, se puso al frente de la operación. “Estuvieron horas y horas buscando alrededor del santuario, por si los habían tirado por allí. Revolvieron con palos, con todo lo que podían. Pero nada, no dieron con ellos”, explica Roces.

Los Mártires no estaban en Insierto. Hubo un llamamiento social, la tensión iba en aumento. Los esfuerzos de la Guardia Civil se centraron entonces en la reconstrucción de los hechos. Hablaron con el carpintero local, con la guardesa. Nadie había visto ni oído nada raro. Hasta que uno de los agentes alzó la vista y dio con la clave: una de las ventanas de la torre estaba abierta. “No había dudas, la persona o las personas que se habían llevado a los mártires habían entrado por la torre. Yo siempre creeré que había más de una persona, porque para uno solo esta operación es muy difícil”, señala el cura.

El ladrón había subido hasta lo alto del santuario y se había “colado” por una ventana. Ya en el interior, se hizo con las tallas y abandonó el templo por la puerta principal. “Esto fue así seguro, porque la puerta estaba abierta al día siguiente”, matiza el sacerdote. La investigación siguió su curso. “Interrogaron a varias personas. Yo creo recordar que fue un guardia civil de la secreta el que dio con la clave”, explica el párroco, buscando entre los archivos para encontrar las noticias de la época.

“La cobertura mediática también fue muy buena”, sonríe señalando un reportaje de LA NUEVA ESPAÑA. No en vano, este diario acababa de estrenar su edición de las Cuencas. De vuelta a aquel agente de la secreta: “Dio con un delincuente habitual, un confidente, que cantó como un lorito”. Y todo lo que dijo, era cierto.

Los santos sanadores aparecieron en una escombrera próxima al Padrún, dentro del saco. A San Cosme hubo que repararlo: “Lo hizo un vecino de aquí que ya no está entre nosotros, Valdés. Era un minero jubilado que se le daba bien todo, la verdad. Reparó la figura y quedó como nueva”. Para calmar a la sociedad mierense, el ya fallecido Misael Porrón –entonces alcalde del concejo– convocó una rueda de prensa: “Allí nos personamos el Alcalde, el capitán de la Guardia Civil y yo mismo, para calmar los ánimos”.

Unos días después de aquella rueda de prensa, la Guardia Civil dio con el principal autor de los hechos: “Yo creo que lo hizo por una apuesta, o por algo así… Hay que tener poca vergüenza”, apunta el párroco, ladeando la cabeza. “Como si los pobres Mártires no hubieran tenido bastante susto ya con el incendio…”, apunta. Y recuerda: “Un año antes quemó el santuario, pero las tallas quedaron intactas… Parece un milagru, ¿a qué sí?”.

Milagroso o no, lo cierto es que San Cosme y San Damián llevan ya un cuarto de siglo tranquilos. No hubo más sobresaltos después de aquel episodio. Unos hechos que bien podrían ocupar el guión de una película costumbrista. Un buen final para el filme, también ajustado a la realidad. Aquel año, para las fiestas de Los Mártires, el pregonero no podía ser otro: Carmelo Gómez Villaexcusa, capitán de la Guardia Civil de Mieres.

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