de lo nuestro Historias Heterodoxas
La noche de los pañuelos blancos
El accidente en el puerto de Pajares de un autobús con niñas madrileñas, el 7 de febrero de 1969, en el que fallecieron cuatro personas

autobus1 / Alfonso Zapico
En septiembre de 2018 un autobús del grupo Alsa se empotró contra una de las pilastras del enlace de la Autovía AI-81 al Parque Empresarial Principado de Asturias, que entonces estaba en obras. Cinco personas perdieron la vida y otras catorce resultaron heridas.
La prensa regional se ocupó detenidamente del accidente y aprovechó para recordar otros dos ocurridos en Asturias. El más grave fue la colisión de un autobús de la misma empresa en el que viajaban alumnos del IES Alfonso IX de Llanes con un camión en la N-634, a la altura de Buelna, el 17 de noviembre de 1998. Allí murieron siete estudiantes y el conductor del camión.
El segundo ocurrió el 16 de abril de 2006 al volcar otro autobús en el punto kilométrico 55,15 de la A-66 entre Pola de Lena y Mieres. En el vehículo viajaba un grupo de scouts gijoneses que volvía a casa después de haber pasado el fin de semana en La Vecilla. Entonces perdieron la vida dos monitores y dos jóvenes y otros resultaron con terribles secuelas. Recuerdo perfectamente ese drama porque yo trabajaba en aquel momento en el Instituto Mata Jove, en el barrio de La Calzada, y era el tutor de uno de los heridos.
Sin embargo, en su artículo, el periodista olvidó referirse a otro accidente muy similar a este de los scouts, que le había precedido con cuarenta años exactos de diferencia, y que por sus características conmocionó a la sociedad de aquel momento. No es agradable volver a despertar lo que muchos y muchas ya teníamos desterrado de la memoria, pero todo forma parte de nuestra pequeña historia, y por eso hoy lo traigo a esta página.
Fue el 7 de febrero de 1969, Lunes de Pascua, por lo tanto en plenas vacaciones escolares de Semana Santa, y precisamente en el día que eligen cada año los médicos mierenses para celebrar la fiesta con sus patronos los mártires Cosme y Damián. Y en ello se encontraban, empezando una espicha en el Llagar La Viña después de haber asistido a la misa de la Hermandad, cuando les llegó la noticia de que un autobús escolar se había despeñado bajando el puerto de Pajares.
En efecto, se trataba del autocar SE 92133, en el que venía un grupo de alumnas acompañadas de cinco religiosas del Colegio Cristo Rey de Madrid en un viaje de estudios por el norte de España, con objeto de pasar una jornada en Gijón y seguir la ruta hacia Galicia. Aquellos días reinaba el mal tiempo, con lluvias que provocaban incidencias por toda la red viaria española e incluso cortes de carretera e inundaciones de importancia en Cataluña.
En la cordillera Cantábrica las precipitaciones habían sido de nieve, que ya se estaba deshaciendo, y las placas de hielo hacían el firme muy peligroso, convirtiéndolo en una pista de patinaje. Seguramente ese fue el motivo de que el vehículo volase por la mano contraria a la bajada en el kilómetro 36 de la carretera nacional Gijón-Sevilla, a la altura de la curva de El Casetón, en un tramo con un 14% de desnivel, para acabar estrellándose 175 metros más abajo, donde quedó destrozado contra un peñasco en el fondo de un barranco.
Eran un total de treinta y cuatro personas, y fallecieron en el acto el conductor, un hombre de treinta y cinco años natural de Teruel y vecino de Madrid, y una de las alumnas, mientras el resto de las accidentadas quedaron atrapadas en aquel lugar de difícil acceso desde la carretera. Más tarde iban a morir otras dos niñas.
Inmediatamente, los conductores que habían sido testigos de la escena buscaron un teléfono y dieron aviso en el propio Pajares a la Guardia Civil de aquel puesto que puso en marcha el operativo de rescate, trasladando los cuerpos de las víctimas hasta Pola de Lena. Pero ante la tardanza en la llegada de ambulancias, que tuvieron que pedirse a Oviedo y Gijón, los ciudadanos de Mieres se decidieron a iniciar por sí mismos el rescate de las heridas.
Tengo el recuerdo infantil de estar esperando frente al edificio en el que entonces se ubicaba la Cruz Roja a la llegada de los coches particulares, que no dudaron en partir hasta el lugar del suceso para trasladar desde allí a las niñas del colegio madrileño, y nunca he olvidado ni la cola espontánea de donantes de sangre que se formó en pocos momentos, ni el sonido de las bocinas y los pañuelos blancos que recorrían la villa asomando por las ventanillas de los vehículos que pedían paso, siguiendo la costumbre de entonces en los casos de urgencia.
Veinticinco accidentadas, con fracturas, contusiones y heridas de todo tipo. Fueron trasladadas de esta forma por las infames carreteras que cruzaban en la década de 1960 el sur de Asturias hasta la residencia sanatorial del Seguro de Enfermedad “Enrique Cangas”, como se denominaba desde su apertura en 1954 el antiguo Hospital de Murias, y el resto se quedaron en residencia de la Cruz Roja, donde fue operada la más grave.
Por su parte, los médicos dejaron apresuradamente su celebración en Cenera, y mientras unos se desplazaban al punto del accidente para realizar las primeras curas, otros se repartieron entre los dos establecimientos sanitarios, donde los quirófanos estuvieron trabajando toda la noche, pero aun así no se pudo evitar que el balance final de víctimas se cerrase con cuatro muertes.
Aquel puente vacacional, entre el Jueves Santo día 3 y el lunes 7 de febrero, en el que se produjo el accidente del Pajares, fallecieron en las carreteras españolas treinta y siete personas, pero esta última jornada fue especialmente negra, con otros sucesos que llenaron las páginas de los periódicos: en San Sebastián, dos avionetas de su Aeroclub chocaron el aire pereciendo sus ocho ocupantes al caer al mar.
También en Navarra dos jóvenes perdieron la vida al estallarles el explosivo que manejaban en el interior de un coche “Morris”, que quedó destrozado. A pesar de que en pocas horas se registraron otras explosiones por el País Vasco reivindicadas por ETA, que había intensificado su campaña de bombas, la censura silenció este extremo: “Los muertos, según parece, eran miembros de una organización clandestina terrorista, desconociéndose los propósitos que perseguían con el transporte de los artefactos”.
Sin embargo, el caso del autobús escolar, por las características y la edad de las afectadas, ocupó un lugar especial en el interés de los lectores, y los mierenses lo sintieron como algo suyo, de manera que hasta que la última niña dejó el hospital de Murias, las visitas y las muestras de afecto fueron constantes.
Una semana más tarde, cuando ya todo había vuelto a la normalidad, el presidente de la Asociación de Padres de Alumnas del Colegio Cristo Rey, dos de cuyas hijas habían viajado en el autobús de la muerte, dirigió una carta al diario LA NUEVA ESPAÑA manifestando la gratitud de su comunidad educativa a aquellos mierenses que no habían dudado en utilizar sus coches particulares para el traslado de las heridas y también a quienes habían formado una cola interminable para donar su sangre.
El Colegio se había fundado en 1922 en la zona sur de la capital, en el distrito de La Latina, y desde entonces las monjas que lo regían, las Hijas de Cristo Rey, lo habían convertido en uno de los más elitistas de Madrid, con una educación caracterizada por su orientación religiosa. Las niñas de Mieres sin duda pertenecían a otra clase social, pero se acercaron hasta la Cruz Roja y el hospital “Enrique Cangas” llevando revistas, dulces y flores a las hospitalizadas para que se sintiesen acompañadas en todo momento.
A ellas se refirió también el presidente de la Asociación de Padres, y tampoco se olvidó de nombrar a los doctores que aquel año habían rendido el mejor de los homenajes a los Mártires de Cuna con su trabajo voluntario: don Balbino, Ojanguren, Portilla, Villanueva, Fueyo… También citó a la Comunidad de Monjas Dominicas del Colegio local, a los capellanes y, como era de rigor, a las autoridades que, aunque con retraso, se habían personado en Mieres para conocer de cerca el suceso o habían llamado desde Madrid interesándose por sus consecuencias.
La lección que sacamos de esta historia nos la dan aquellos vecinos que no dudaron en donar su sangre y pusieron lo que tenían a disposición de unas niñas que no conocían, a sabiendas de que nadie iba a ayudarles más tarde a reparar los desperfectos que iban a producirse en sus vehículos. Nada me gustaría más que equivocarme al escribir esta opinión, pero no creo que actualmente reaccionásemos con la misma solidaridad ante una circunstancia similar.
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