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de lo nuestro Historias Heterodoxas

Una escena en la huelga de 1917

El “tren de la muerte” recorrió la zona entre Mieres y Pola de Lena y desde él se disparó indiscriminadamente a quien estuviera en la zona

Dibujo de Alfonso Zapico sobre la huelga de 1917 Alfonso Zappico

La huelga que se convocó a nivel estatal en agosto de 1917 pretendía ser general y revolucionaria. Lo primero quiere decir que debía extenderse a todos los sectores productivos, lo segundo que, según explicó Largo Caballero, su objetivo final era “una transformación completa de la estructura política y económica del país”. La pensaron la Unión General de Trabajadores y el Partido Socialista Obrero Español, con el apoyo de los republicanos Alejandro Lerroux y Melquiades Álvarez, y hasta la Confederación Nacional del Trabajo se sumó en algunas zonas. Sin embargo, la impaciencia del sindicato ferroviario de UGT de Valencia adelantó los acontecimientos e hizo que los obreros saliesen a las calles sin tener un plan de acción, lo que hizo que la revuelta tuviese poco recorrido.

Siguiendo una tónica común a todo el siglo XX Asturias fue la región más afectada por los paros y la represión posterior. Aquí, tanto el Sindicato Norte de Ferroviarios como el SOMA alargaron el conflicto más que el resto del Estado, dándose la circunstancia de que cuando la cosa se puso mal para los convocantes, el republicano Melquiades Álvarez escondió en su casa de Oviedo al socialista Manuel Llaneza. Entonces las autoridades chantajearon a los mineros impidiendo que regresaran al trabajo, aunque solo fuera para el mantenimiento de las explotaciones, hasta que el líder minero no se entregase. De manera que aunque en una reunión celebrada en Sama el 3 de septiembre se acordó la incorporación de los equipos de conservación, estas labores no pudieron reanudarse hasta el 17 de septiembre.

En la cuenca del Caudal la huelga fue total a partir del 13 de agosto y los bares y establecimientos públicos se mantuvieron cerrados hasta el 24, mientras los comercios tuvieron que mantenerse abiertos por orden expresa de la autoridad militar, pero lo que hizo que estos acontecimientos revistiesen aquí mayor gravedad fue el llamado “tren de la muerte”, que recorrió en varias ocasiones el trayecto ferroviario a lo largo de los concejos de Mieres y Lena sembrando el terror con sus disparos indiscriminados a todo lo que se movía a su alrededor, sin distinguir entre animales o personas. Unos meses más tarde -los días 24 y 25 de mayo de 1918- el socialista Andrés Saborit presentó en el Parlamento una extensa denuncia acusando de ser el responsable de aquel desafuero a un teniente apellidado Azcona, entonces en el regimiento de América que nunca tuvo que responder por aquellos hechos.

Sabemos que las balas que salieron del tren mataron a un hombre en Pola de Lena mientras sujetaba un niño en sus brazos y a otro en Ablaña, que estaba descansando de espaldas a la vía a la sombra de un castaño, y que también en Villallana hubo más muertos y heridos. A estos debemos sumar al menos otros dos que no tuvieron relación con el tren: en Ujo un capitán de la Guardia Civil ordenó una descarga rodilla en tierra contra un grupo de ciudadanos que desobedeció la orden de permanecer sin salir de las casas, matando a un obrero de edad avanzada y en Turón otra descarga cerca de un paso a nivel provocó otro muerto y un herido grave.

Sin embargo, en el Nalón la huelga tuvo menor seguimiento y no hubo víctimas e incluso en Laviana según recogió el diario “El Noroeste” se recibió al Ejército con cariño y la juventud obrera pidió permiso para organizar un baile en su honor, aunque “fue denegado sin que a nadie le supiese mal la negativa”.

Si tenemos en cuenta que las cifras oficiales reconocieron como balance de la represión para todo el Estado entre 52 y 80 víctimas civiles, además de 156 heridos y unos 2.000 detenidos y lo ponemos en relación con las víctimas del Caudal, parece claro que el cálculo se hizo muy a la baja.

La verdad es que a día de hoy aún no se ha presentado ningún trabajo que aborde este asunto con seriedad y todo indica que el número de fallecidos tuvo que haber sido bastante más elevado. Por ejemplo, sabemos que solamente en Bilbao hubo catorce muertos y el prestigioso maestro de historiadores Manuel Tuñón de Lara registró en Sabadell otros treinta y dos fallecidos. Además hay otros casos conocidos de represión como el del general Echagüe quien tras sofocar un motín que se declaró en la cárcel de Madrid el 16 de agosto, realizó por su cuenta una “selección” de culpables y mandó a sus soldados fusilar allí mismo a cinco presos.

Hoy les recuerdo otro suceso contado por el socialista Alberto Fernández en su novela “Procès à Madrid”. Se trata de una especie de memorias donde el mierense, cuyo nombre real era Eliseo Fernández Bayón, mezcló sus propios recuerdos con otros que le pudieron narrar personas muy próximas y que asumió como suyos.

Alberto Fernández, combatiente en 1934 y la guerra civil, se exilió en Francia donde participó activamente en la política del PSOE y estuvo entre los impulsores del FRAP que había organizado su gran amigo Álvarez del Vayo, pero se le conoce sobre todo como colaborador habitual en revistas dedicadas a la divulgación histórica y por los libros que fue publicando a partir de 1960: “La España de los maquis”, “Emigración republicana española”, “Españoles en la Resistencia” “El socialismo en Israel: ¿Mito o realidad?” o “El exilio español de 1939”.

Había nacido el 14 de enero de 1914 y por lo tanto no pudo tener memoria de lo acaecido en Mieres durante la huelga de 1917, pero quiero traerles hoy, porque creo que merece la pena, el episodio que dejó escrito en “Procès à Madrid”, un libro que inexplicablemente aún no se ha traducido al español:

“El día caía. Una brisa cálida invadía la villa. La tensión no disminuía, más bien al contrario. Las persianas y las cortinas continuaban su va y viene nervioso. La atmósfera se cargaba de electricidad, la tragedia se aproximaba, aunque aparentemente nada había cambiado. La danza macabra de cascos y de tricornios con reflejos agresivos, de bayonetas desnudas, proseguía.

Los guardias civiles y los soldados iban siempre desde el barrio obrero de Bazuelo, al de La Pasera, habitado por los más pudientes, helando a su paso la sangre en las venas de las mujeres que se aventuraban, caldero en mano, hasta la fuente en el medio de la plaza desierta, dulcemente, sin ruido, como los fantasmas. Un grano de arena en el engranaje de la máquina infernal desencadenaría prontamente el desbordamiento trágico e irreversible, anunciado confusamente por las manos nerviosas enganchadas a las culatas de los mosquetones. Los movimientos discretos, pero visibles, de los oficiales de enlace aumentaban la inquietud. Y la inquietud subió poco a poco hasta el paroxismo. ¿De qué órdenes eran portadores? ¿Prudencia? ¿Provocación? La espera parecía ya la antecámara del drama.

El drama se produjo, rápido como un relámpago. Una muchacha cerca de la fuente, un soldado que la aborda con gestos groseros. Un movimiento hecho de desprecio y de defensa de la mujer ultrajada, dos mineros que vienen en su ayuda desde una casa vecina. Y la pareja de guardias civiles que levantan su mosquetón, apuntan y tiran sin preaviso

(…) Fuertes disparos dan la bienvenida a los habitantes, sobre todo a las mujeres, que intentan aproximarse a los heridos. Tiros de fusil al aire que van derechos en dirección a los pechos. Una vez más la tierra caliente de esta región eternamente sacrificada se riega con la sangre de los trabajadores. La Villa, barrio popular, pacífico y alegre vive momentos de terror salvajemente impuesto por la pólvora.

Pero una vez pasados los momentos de estupor, los mineros se organizan. Los primeros cartuchos de dinamita lamen las botas de los guardias civiles. Las fuerzas armadas se repliegan temiendo, a pesar de su potencia de tiro, la reacción desesperada de los mineros. La dinamita manda, restablece el equilibrio roto. Los hombres de la mina vuelven a ser los amos de la calle”.

Alberto Fernández cerró este episodio con la muerte de un hombre, el padre de Roberto, uno de sus tres amigos de niñez; los otros dos eran Fernando “Nandín” y Máximo “el Tiernu”, de quien consta que sí vivió en Mieres, lo que nos da pie a pensar que el relato está basado en un hecho real.

La huelga revolucionaria fue un fracaso y el general Ricardo Burguete, máximo responsable de la fuerte represión que siguió a estos hechos, fue condecorado y ascendido. Mientras tanto, las críticas internas en el PSOE a nivel estatal por el desastre organizativo de 1917 pusieron en evidencia una división que pocos años más tarde se iba a materializar en la escisión que dio origen al Partido Comunista. También entre los obreros de la Montaña Central estos hechos dejaron un poso de resentimiento contra el Estado y las autoridades militares que facilitó el camino hacia la revolución de 1934.

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