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de lo nuestro Historias Heterodoxas

La verdad de "La aldea perdida"

Los informes sobre criminalidad de finales del siglo XIX dan la razón a Palacio Valdés, que recreó con sus personajes unos tiempos convulsos

Dibujo de Alfonso Zapico sobre la concurrencia a los "chigres" a finales del siglo XIX. Alfonso Zapico

En 1903 don Armando Palacio Valdés noveló en "La aldea perdida" el choque que se estaba produciendo en los pueblos de la Montaña Central asturiana entre las formas de comportamiento tradicionales y las que traían los recién llegados para trabajar en las minas de la zona, poniendo como ejemplo el territorio de Laviana: la felicidad inocente de las aldeas dejaba paso a la perdición moral de las ciudades; el dinero sustituía al honor en la escala de valores de las personas y la sangre de los navajazos que se derramaba en las fiestas convertía en infantiles a los chichones y moratones que siempre habían causado las tradicionales trifulcas a garrotazos.

Para saber qué hubo de cierto en las apreciaciones de nuestro escritor tenemos que dejar de lado la literatura y ceñirnos a otro tipo de publicaciones. Entre ellas "La criminalidad en Asturias" donde el entonces teniente fiscal de la Audiencia de Oviedo Manuel Jimeno Azcárate recogió y analizó la estadística de delitos cometidos en esta región entre 1883 y 1897.

La publicación salió de la imprenta del Hospicio de la capital en 1900 y por lo tanto es fácil suponer que Palacio Valdés la manejó para su novela. Asturias se dividía en aquel momento en quince juzgados. Entre ellos, el que estaba emplazado en Pola de Lena tenía jurisdicción sobre los 31.708 habitantes de los concejos de la Cuenca del Caudal y el de Pola de Laviana, se ocupaba de los 43.652 del Nalón.

El mayor índice de criminalidad de las quince zonas se recogía en Gijón, ciudad donde las industrias estaban reemplazando con rapidez a la actividad pesquera. El segundo juzgado con más conflictos era el de Pola de Lena, mientras que el de Pola de Laviana ocupaba el sexto puesto por detrás de Siero, Oviedo y Avilés.

Después de unas consideraciones generales sobre la teoría del delito y la historia de la Audiencia de Oviedo, antes de entrar en materia Manuel Jimeno Azcárate dio el dato de que en el año 1843 esta provincia había presentado el menor índice de criminalidad de toda España, con una proporción de un delito por cada 898 habitantes para una población total de 434.635 vecinos.

Según su opinión, esto era debido a la laboriosidad y el carácter sumiso de los asturianos a los que el aislamiento geográfico de otras regiones había permitido preservar sus costumbres patriarcales, pero con la llegada de la industrialización la población estaba variando y aumentaba constantemente en los distritos donde radicaban las minas y las fábricas mientras disminuía en las villas y aldeas que seguían vinculadas a la agricultura, la ganadería o la pesca, que además veían como mucha juventud marchaba a la emigración.

Esta circunstancia estaba operando un cambio radical determinando un aumento progresivo de la criminalidad. Lo que quiere decir que el jurista mantenía la misma opinión con la que Armando Palacio Valdés sustentó tres años más tarde el argumento del libro en el que retrató la agonía de nuestra sociedad tradicional.

En el estudio de Manuel Jimeno Azcárate leemos que entre 1883 y 1892 se habían anotado en Asturias un total de 235 muertes violentas sumando parricidios, homicidios, asesinatos, infanticidios e incluso un aborto, que seguramente era uno entre los muchos que se producían en esa época, pero fue denunciado y llevó a la infeliz que lo sufrió ante los tribunales. Sin embargo, solo en el quinquenio 1893-1897 el registro apuntaba un total de 174, lo que suponía un aumento muy considerable. Y lo mismo sucedía con los delitos menores.

En cuanto a los culpables, eran sobre todo varones mayores de 18 años. Y aquí empezaba un análisis sobre estos protagonistas que actualmente estaría vetado por la corrección política que protege los derechos de cualquier colectivo que pueda verse señalado por una estadística negativa. Para Jimeno Azcárate la mayor parte de los autores de hechos violentos eran maleantes o fugitivos de la justicia que habían llegado hasta aquí mezclados con quienes buscaban un trabajo honrado en la minería para encontrarse en la única provincia de España donde la embriaguez gozaba de impunidad.

Ese era el problema: la imitación de los malos hábitos y la proliferación de las tabernas, porque el alcoholismo ya era una plaga que convertía a los sábados y domingos en días nefastos para el crimen. Siguiendo su argumento, otras costumbres foráneas ayudaban a prostituir la bondad de los asturianos: "el indecoroso baile aflamencado" iba desterrando a la tradicional Danza Prima y la giraldilla; el vino y el alcohol de graduación sustituían a la inofensiva sidra; la navaja, el cuchillo y el revólver se imponían en las reyertas sobre el "clásico palo primorosamente dibujado…".

El peor instrumento para el crimen eran las navajas, ya que siempre se había enseñado a los niños a usarlas para las labores del campo, pero ahora se empleaban para producir daños mortales; sin embargo las armas cortas eran menos peligrosas, ya que aunque las llevaban encima muchos obreros, estos solo podían adquirir piezas baratas y defectuosas. Y sin embargo estaba mucho más penado exhibir una pistola que un arma blanca.

De cualquier forma sus propuestas para frenar este problema eran gravar la venta y fabricación de armas, aumentar los controles de la Guardia Civil en tabernas, bailes, romerías y lugares de mucha concurrencia y registrar a los productores antes de dejarlos entrar a minas, fábricas y talleres.

Los obreros eran más viciosos que los campesinos porque disponían de más dinero y ciertos hábitos no eran más que delitos en embrión. Así podía establecerse una relación entre los lugares con más consumo y el aumento del número de delitos; tristemente la situación política tampoco ayudaba mucho ya que en la década 1877-1887 había aumentado en Asturias el número de hombres y mujeres que no sabía ni leer ni escribir, pero al mismo tiempo subía el consumo de vino y alcohol por cabeza. Incluso de forma desmesurada en el caso de Lena, donde al crecimiento industrial se sumaba temporalmente el gran número de trabajadores empleados en la obra del ferrocarril por el Puerto de Pajares.

Y más tarde esta tendencia no perdió fuerza, de manera que entre 1893 y 1897 se habían producido en Asturias un total de 1.079 delitos de los cuales 498 tuvieron por escenario las tabernas, lo que quiere decir que casi la mitad fueron consecuencia del alcohol.

El informe de Manuel Jimeno Azcárate fue un verdadero alegato prohibicionista en el que se mostró partidario del cierre de la mayor parte de los establecimientos que expendían alcohol, de la reducción de horarios de apertura y del exhaustivo control policial. Algo en lo que iba a coincidir más tarde el líder minero Manuel Llaneza, también obsesionado por los efectos que tenía el alcoholismo en la vida de las familias obreras. El jurista y el sindicalista coincidieron al afirmar que de todas las explotaciones de que podían ser víctimas las clases trabajadoras no había ninguna que las sometiese a mayor esclavitud, ni produjese mayor degradación que la de la taberna.

Aquel mismo año 1900 el político conservador Salvador Canals Vilaró publicó en otro libro patrocinado por el todopoderoso Alejandro Pidal una serie de artículos sobre el estado material y moral de Asturias donde dio la razón a Jiménez Azcárate añadiendo algún dato más, como el empleo de la dinamita con fines violentos, que era relativamente frecuente en las cuencas mineras e industriales, pero salvo alguna "manifestación platónica de anarquismo" en Gijón, se daba siempre en venganzas personales cuidando de causar solo daños materiales.

Con los explosivos -algo que ahora nos queda muy lejos- se podía resolver un agravio real o supuesto, sin dejar el rastro tan visible del puñal o el trabuco: "Un cartucho de dinamita ¿quién no lo tiene y quién no lo pone, amparándose en las sombras de la noche, en aquellas barriadas dispersas en una gran extensión de terreno?".

Él también aseguraba que la criminalidad había aumentado en proporciones aterradoras debido al alcoholismo, pero no quiso quedarse en ese marco y aprovechó la oportunidad que le dio aquel libro de amplia tirada para incluir en su texto una predicción política que ya empezaba a quitarles el sueño a los conservadores: "Hace algunos años todo el mundo obrero era republicano en esos valles. Hoy, en Mieres sobre todo, el socialismo ensancha sus filas, y las hará más numerosas si algún republicano de prestigio no se decide a alzar franca, resuelta y prácticamente la bandera socialista. Cuando se acuerden de hacerlo, tal vez sea tarde, porque la levita, vístala quien la vista, tendrá por completo perdida la batalla que hoy podría aún reñir con la blusa aspirante a la exclusiva en la oratoria popular".

Después de leer estos apuntes parece que Armando Palacio Valdés no hizo más que recrear con sus personajes la realidad de los tiempos convulsos que cambiaron para siempre nuestra forma de vida.

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