de lo nuestro Historias Heterodoxas
El gran apuro de Fábrica de Mieres
La grave crisis que atravesaba la empresa en 1934, con deudas que no podía pagar y con los trabajadores que llevan sin cobrar meses

La subasta de bienes de Fábrica de Mieres, vista por Alfonso Zapico / Alfonso Zapico
Rolando Díez lleva años inmerso en una ímproba labor relacionando todos los registros de las explotaciones mineras que se abrieron en Asturias desde la industrialización hasta nuestros días. Anda ahora por 1938 y ya ha apuntado veinticinco mil. Sí, han leído bien: lo he escrito con palabras para que no piensen que me equivocado poniendo un cero de más. Rolando suele pasarme las curiosidades que se encuentra en su búsqueda y yo aprovecho para escribir con ellas alguna de estas historias, de modo que se lo agradezco públicamente.

El gran apuro de Fábrica de Mieres / Ernesto BURGOS
Ahora tengo delante un Boletín Oficial de la Provincia de Oviedo fechado el 3 de octubre de 1934, solo dos días antes de la Revolución, que es uno de estos casos. Se trata de un anuncio de subasta decretado por el juez de Primera Instancia de Mieres Ignacio Perillán sobre unos bienes embargados a la Sociedad Anónima "Fábrica de Mieres" para atender la reclamación de Ernesto Ordóñez Fernández, viudo, chófer y vecino de este concejo.
No sabemos los servicios que habría prestado este hombre ni cuántas facturas se le deberían, pero la lista de bienes embargados que estaban depositados en un local de Santullano nos da una idea: diez máquinas de escribir de diferentes marcas, por un valor total de 10.050 pesetas; un automóvil marca Buick valorado en 3.900 pesetas; otro marca Chevrolet valorado en 3.150 pesetas; otro marca Marquette también valorado en 3.150 pesetas y otro Erskine valorado en 2.100 pesetas. Finalmente quinientas toneladas de lingotes valoradas en 95.000 pesetas y diez mil ladrillos refractarios valorados en 9.000 pesetas. Todo ello suma una elevada cantidad que no está nada mal para la época y nos señala los problemas económicos por los que pasaba la empresa.
En 2012 ya les conté en otra de estas historias heterodoxas los detalles de la enorme crisis que estuvo a punto de llevar al cierre al gran complejo fabril y minero que había abierto cincuenta años antes el francés Numa Guilhou en la cuenca de Caudal. Lo hice basándome en los datos de un folleto titulado "El caso de Fábrica de Mieres" firmado por Pedro Pidal en julio de 1934. Don Pedro era marqués de Villaviciosa, estaba casado con una de las dos nietas del fundador y figura en la historia de Asturias como el primero en escalar junto a Gregorio Pérez "El Cainejo" el Naranjo de Bulnes en agosto de 1904, pero además fue abogado, senador vitalicio, periodista, escritor, comisario general de Parques Nacionales y -lo que ahora nos interesa- responsable de la empresa junto con su cuñado Manuel Loring, el primer conde de Mieres.
En la publicación que se hizo circular por la villa se explicaba que para evitar el desastre el ministro de Industria había tenido que mediar ante el Banco de Crédito Industrial en la concesión de un crédito a los administradores judiciales que se habían hecho cargo de sus explotaciones. Pero estaba claro que aquello era solo un paño caliente y la solución del problema pasaba por una transformación total de la estructura empresarial que dirigían el conde y el marqués.
Según Pedro Pidal, en octubre de 1920, el momento del fallecimiento del director de la entidad Alejandro Van Straalen, la Sociedad tenía en sus cuentas un saldo favorable de más de dos millones de pesetas, contando con otro crédito de tres millones y medio que Fábrica de Mieres había firmado con el Banco de España de Oviedo hacía muchos años garantizado con 12.400 acciones de la familia Guilhou, pero poco más de un año más tarde las pérdidas ascendían ya a los catorce millones y seguían creciendo hasta hacer imposible el pago de las materias primas a los proveedores, los intereses a los bancos, el cupón a los obligacionistas y los salarios a los trabajadores.
Para él la culpa era del régimen republicano que había traído por un lado una interminable sucesión de huelgas y por otro nuevos gastos como el pago de las vacaciones, indemnizaciones por accidentes de trabajo o carbón gratis para obreros y empleados, que debían sumarse a los ya previstos del retiro obrero, la Caja de Socorros, el Orfanato minero, escuelas y otros desembolsos para beneficencia. Pero además, en aquel momento la Fábrica estaba metida en dos pleitos con los obligacionistas hipotecarios, encabezados por el vicepresidente del Consejo de Fábrica Francisco Jara que pretendía sacar 940.000 pesetas de los salarios de los trabajadores y de sus ahorros en la Caja de Ahorros de la empresa.
La causa de las pérdidas estaba en una cláusula de una hipoteca que se había firmado en 1925 sobre los bienes que entonces tenía la empresa para hacer frente a la misma cantidad que había solicitado en créditos y que los abogados habían dejado pasar por un despiste. Ahora se interpretaba que la hipoteca debía extenderse no solo a lo que tenía en aquel momento, sino también a todo lo que se había comprado desde entonces, e incluso a lo que pudiera adquirirse en un futuro.
Así se lo conté a ustedes en esta página, añadiendo que la hipoteca incluía a los ferrocarriles mineros de Mariana y Baltasara y dejaba en el aire el proyecto de abrir dos pozos en Barredo y Riquela, pero ahora he encontrado un documento que no conocía y que nos ayuda mucho a comprender lo que pasaba realmente y las circunstancias que don Pedro Pidal se calló intencionadamente.
Es otro folleto, también titulado "El caso de Fábrica de Mieres" y publicado muy poco después con la intención de corregir al del marqués. Está firmado por Sandalio Suárez, un picador que residía en Turón donde había sido uno de los fundadores del Ateneo Obrero y a la vez colaboraba habitualmente con la prensa. En aquel momento era corresponsal del diario socialista "Avance" en Mieres y quiso relatar las tensiones que se vivieron en las reuniones de los obligacionistas que se celebraron los días 28 de julio y 10 de agosto de aquel 1934.
Por él nos enteramos de que en la segunda de estas juntas el líder sindical Amadorín Fernández representó a las cinco mil familias de trabajadores y empleados de la empresa aclarando que la cantidad necesaria para reflotar la Fábrica estaba en los seis millones de pesetas "cuya cifra se sale de las posibilidades de este Sindicato del que nada puede esperarse a este aspecto". Una nota sorprendente que demuestra que en algún momento se llegó a barajar la posibilidad de que el SOMA se hiciese con el complejo industrial de Fábrica de Mieres.
También habló el administrador Francisco Jara, quien presentó su dimisión "por dignidad y por cuanto descubro en mi derredor" y tras él lo hizo Félix Miranda quien lo acusó de haber tenido una actuación desastrosa. Por último José María Fernández-Ladreda pidió calma censurando que se llevasen las cosas al terreno personal.
En el resumen que hizo de todo esto Sandalio Suárez criticó al conde de Mieres, pero sobre todo al pidalismo y a su administración funesta que se ocupaba más de los intereses de los obligacionistas que de los trabajadores quienes llevaban ya cuatro meses sin cobrar y contó que los representantes enviados hasta Mieres por el Banco Pastor de La Coruña le habían espetado en la calle a Amadorín: "A usted, señor Amador Fernández, le importarán mucho Mieres y sus obreros; a nosotros nos importa más que todo eso nuestros cuartos".
También deben ustedes conocer Fábrica contaba con su propia Caja de Ahorros en la que los trabajadores y empleados ya habían depositado un millón ochocientas mil pesetas que en aquel momento estaban en el aire porque se consideraban fondos de la empresa.
La insurrección de Asturias estalló pocas semanas más tarde; sin embargo nunca he leído ninguna referencia a esta situación que sin duda debe contarse entre las causas que empujaron a los obreros a tomar las armas.
Sabemos que el juzgado de Mieres volvió a anunciar una nueva subasta el 17 de abril de 1935, esta vez por denuncia de don Cesar Gómez Morán sobre otras ocho máquinas de escribir valoradas en 3.700 pesetas; tres coches más -un Chevrolet y un Ersk de 2.000 pesetas cada uno y un Marquette de 4.000- y hasta tres cajas de caudales de 500 pesetas cada una. Después, guerra civil por medio, se hizo borrón y cuenta nueva y las cosas volvieron a su cauce por las bravas.
Por su parte, Sandalio Suárez, quien había llegado a Turón tras ser despedido de Minas de Teverga por publicar en "El Noroeste" un artículo contra esa empresa iba seguir la misma suerte en Mieres por haber dado a la luz su escrito sobre Fábrica. Falleció en 1971 dejando dos interesantes novelas "Mineros de España: reportajes novelizados de los dramas del subsuelo", en 1958 y "Muerto antes de morir: novela biográfica de personas y acontecimientos" en 1965. Es un personaje que precisa un estudio más detallado.
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