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Velando el fuego

Elitismos y localismos

Sobre el traslado de la Escuela de Minas al campus de Mieres y las oportunidades desaprovechadas

El campus de Mieres.

Hay recuerdos que permanecen vivos en la memoria a pesar del natural desgaste del tiempo, lo mismo que otros desaparecen pronto tragados por las cloacas del olvido. De los primeros me resulta fácil imaginar al joven que era entonces, con 18 años más o menos recién cumplidos, atareado en encontrar una vía rápida que me trasladara hasta Madrid. Se trataba de acceder al difícil ingreso en Periodismo, elección para la que no tenía ningún tipo de dudas. Para ello, contaba con dos apoyos fundamentales. De una parte Jesús, mi padre, que todos los días, tijera en mano, recortaba las noticias más sobresalientes de los periódicos que leía en el Casino de La Felguera, su habitual cita al atardecer (en el examen era muy importante estar bien documentado sobre los sucesos que acaecían a diario), y de otra con los expertos consejos de Fernando Granda, felguerino que trabajaba de periodista en El País. (El ingreso en Periodismo y en Ingeniería eran los más dificultosos de todas las carreras).

Diversas circunstancias no hicieron posible que llegara siquiera a examinarme, pero entre algunas semblanzas de aquella época rememoro la frase capitular con la que se adornaban los que estudiaban Ingeniero de Minas en Oviedo. Más o menos: "En lo más alto está Dios; por debajo de este los hombres (las mujeres aún continuaban en su Tártaro subterráneo) y, entre unos y otros, los Ingenieros de Minas".

Era natural, por tanto, a pesar de la inevitable mudanza de los tiempos, que estos ecos me alcanzaran desde que sigo en este diario la trifulca entre Oviedo y Mieres por la ubicación de la Escuela de Minas. A fuerza de ser sincero creo que dicho litigio guarda al menos una cierta relación con la frase a la que me acabo de referir. Un aroma exclusivista, más o menos tenue, que resulta fácil de adivinar al leer los comentarios de quienes se han erigido en defensores a ultranza del amurallamiento ovetense. Sin que falte en este desaguisado la natural ración de localismos que acostumbra a hacer su aparición cuando los cambios de lugar afectan a su parcela particular.

Una vez más, nada nuevo se mueve en el territorio donde velamos nuestras armas a diario. Si bien, en este caso, ha aumentado la mezcla explosiva, pues a los que se consideran la sal de la tierra se unen los perniciosos defensores del solar propio. De modo que no resultan extrañas las detonaciones que se escuchan sobre este asunto.

Basta con echar la vista un tanto más cerca, a nuestra Cuenca, para darnos cuenta de que proyectos importantes han naufragado por el ese vicio endémico de los localismos. Pensemos en la Mancomunidad del Valle del Nalón, auspiciada con tantas esperanzas en su momento (actué como fedatario el día de su inauguración en Campo de Caso y puedo dar fe de que todos los partidos, sin excepción, mostraban su total acuerdo con la idea), o el intento, del que ya apenas se tienen noticias, de un ayuntamiento único. Sabido es que uno y otro se han ido por el desagüe de las rencillas políticas.

No sé bien qué suerte deparará el traslado de Minas a Oviedo. En todo caso, estaremos una vez más ante una nueva oportunidad desaprovechada. Es cierto que el verbo unir no tiene una declinación fácil, pero no es menos verdad que las fricciones entre cercanos agravan aún más las heridas, para regocijo de quienes se aprovechan siempre de los peces que nada en ríos revueltos. Como dije antes, nada nuevo sucede. Si acaso, la constatación, una vez más, de nuestra incapacidad como especie.

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